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Petrarca: cuando ella sus ojos a tierra inclina

El amor de los románticos se recreaba en la muerte de su amada. Sin embargo, para Petrarca esa separación era una de las causas que alimentaba su esperanza

Pintura original. / ANDREA DEL CASTAGNO

Viernes santo, 1327. La primavera, aún fresca en Aviñón, (es 6 de abril) lo parece más cuando se madruga para la primera misa de la mañana. Laura de Noves, una dama joven pero no ya una niña, casada con el señor de Sade, se dirige a la iglesia de Santa Clara. Lleva el cabello cubierto, y no se baja el velo hasta entrar en el recinto sagrado. Un hombre, unos pocos años mayor que ella, la mira, arrobado. Es un clérigo, un poeta italiano, Francesco Petrarca, y lo que para ella no será sino una misa de Semana Santa más cambiará la vida de ese joven, y transformará para siempre la poesía y el concepto de amor.

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Durante algún tiempo, el poeta frecuentará a la señora Laura y a su marido. Vagará por tres años por las calles de Aviñón, mientras compone, uno detrás de otro, poemas en su honor. Salvo por una breve estancia en Lombez, sus pensamientos y sus pasos giran en torno a esta mujer bellísima e inalcanzable. Llegará incluso a comprar una finca en las proximidades para sentirla siempre cerca.

Después, alertada por la mirada fija de su adorador, ella pondrá fin, de manera delicada, a esa fantasía que no solo podría acarrearle a ella la deshonra sino a él la persecución y la desgracia. Petrarca, desgarrado, se aleja de ella, su donna angelicata; ya solo la recuperará cuando la peste de 1348 se la lleve, como a tantos otros, ricos, pobres, amados, despreciados. El baile de la muerte. La justicia inapelable de la muerte. Vanidad de vanidades.

Entonces Petrarca, ya dueño por completo de Laura, le dedicará sus poemas más bellos. Rime in vita e morta di Madonna Laura convertirá el endecasílabo en el verso por excelencia. Los sentimientos del poeta, que siempre habían luchado por mantener la pasión más elevada, desprovista de celos, envidia o posesión, adquieren una altura que otros, tan geniales como él, imitarán. Petrarca se sabe un hombre débil. Cada uno de los once hijos que Laura tuvo con Hugo de Sade debió dolerle como un puñal. La distancia, el amor no correspondido, la belleza física y moral de una dama que se comportó siempre de manera intachable podrían haber amargado a cualquiera. En el siglo XIX se hubiera vuelto contra el poeta, en ese giro autodestructivo que el romanticismo dará a esta primera exploración del amor sin barreras, sin límites, exquisito y doloroso.

Algunos le reprocharán a Petrarca el que el amor por Laura le alejara del amor divino, el que emana de Dios; otros considerarán que el nombre de la amada será, en realidad, una manera de enmascarar la otra obsesión del poeta, la gloria, la inmortalidad, porque Laura significa laurel, triunfo. En la actualidad, por mucho que Petrarca aparezca en la iconografía popular coronado con laurel, la existencia de Laura no se pone en duda, como tampoco la solidez de un amor cantado en latín y en lengua vulgar, en bellísimos sonetos en los que el poeta recrea cómo la dama inclina a tierra los ojos, y entrelaza las manos, y suspira, y él se siente morir y vivir. El amor, siente Petrarca, no le aleja de Dios, de esa fuente extraordinaria de vida y luz, sino que le acerca aún más a él. A diferencia del amor de los románticos, que se recrea en la muerte de la amada, Petrarca encuentra en esa separación una causa para alimentar la esperanza.

Pero Laura no es solo Laura: camina sobre las huellas de otra dama hermosa, imposible y amada, la dona Beatrix de Dante. Laura es, y será, aquello que convierte a otro ser humano en dichoso, la pasión y los profundos duelos del amor, la generosidad de quien ama sin esperar nada y l’aura, el espíritu que recorrerá Europa para transformarse en más poemas, más canciones, más novelas, más películas, más sueños, más romances.