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Pessoa, el de los mil nombres

Pessoa escribió parte de su obra bajo su propio nombre, pero una parte muy importante de ella se ocultó bajo heterónimos, nombres en clave que daban cuerpo a personalidades completamente diferentes y con estilos reconocibles entre sí

Fernando Pessoa. / DOMINIO PÚBLICO

Para un escritor siempre es divertido leer una crítica ácida contra un rival, sobre todo si es inteligente y punzante, y destroza a alguien con un talento evidente pero incómodo. Algunos poetas portugueses babeaban de gusto cuando Alberto Caerio, un poeta brillante, de origen humilde, complejo en su directa sencillez, era descuartizado por Ricardo Reis, cultísimo y cultista, heredero de la tradición clásica europea.

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Ambos eran Fernando Pessoa; ellos dos, y otros setenta más personajes y narradores de la vida real, escritores y críticos y leyenda. Pessoa escribió parte de su obra bajo su propio nombre, como suele ser habitual: pero una parte muy importante de ella se ocultó y reptó bajo heterónimos, es decir, nombres en clave que daban cuerpo a personalidades completamente diferentes, y con estilos reconocibles entre sí.

Setenta y dos, más su propio nombre. Pero ¿tenía Pessoa un nombre, una personalidad? A menudo se presentaba ante sus amigos afirmando que era, en ese momento, uno de sus heterónimos. Se asomaba, con un valor casi suicida, a la extrema complejidad del ser. ¿Quién somos? ¿Quiénes somos? ¿Cómo voy a saber lo que voy a ser, yo que no sé lo que soy? dice, en un momento dado, en palabras de Álvaro de Campos. Frente al miedo habitual a perder la identidad, frente al aferrarse cotidiano a las pequeñas cosas, incluso las que nos molestan, pero que nos dicen quiénes somos, él se deja caer en ese remolino.

El poeta, se justifica, es un fingidor. Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / aquel que de verdad siente. No olvidemos que nos encontramos en el primer tercio del siglo XX, en plena fiebre del estudio de las personalidades, en un Portugal que él deja pronto para viajar a Sudáfrica con su madre y su padrastro, y que recibe una esmerada educación en inglés que le permitirá luego ser traductor, e incluso escribir obra en inglés. No olvidemos que es el momento de esplendor del ocultismo que invoca muertos y deidades, y que el propio Pessoa se permitió corregirle algunos errores a Aleister Crowley, a quien leía en idioma original y con quien podía competir en conocimientos astrológicos.

¿Qué Pessoa es Pessoa, el que regresa de Durban o el que desea quedarse allí con su madre, el que cuida de su abuela loca o el que desea huir de ella, el que ama a Ofelia Queiroz, (una Ofelia, como Hamlet), o el que la hace rabiar dirigiéndole cartas escritas por Álvaro de Campos, el exaltado y exageradísimo heterónimo que ella no soportaba? ¿El que bebe con calma y sin pausa su aguardiente predilecto, que le llevará a la muerte por cirrosis a los cuarenta y siete años, o el oficinista tranquilo que traduce correspondencia comercial, como un eco de un Kafka contemporáneo y ajeno?

El misterio de Pessoa no se resuelve con su lectura: que no busquen los lectores respuestas, sino más preguntas. Cuestiones inmisericordes dirigidas a los miedos más profundos, un juego de espejos en que hay que adentrarse y perderse, sin ninguna garantía de encontrarse. Pessoa nos lleva hasta allí, y quizás ya no le encontremos. Puede que aparezca bajo otro nombre, o que, sencillamente, se deslice en el agua, de disuelva y fluya con el lenguaje.

Ofelia, cuando se amaban, le asignó un nuevo heterónimo; Ferdinand Personne, Fernando la persona, o Fernando Nadie. Todos fueron, al final, ese nadie. Casi nadie leyó su único libro publicado como Pessoa, todos le admiraron tras su muerte, nadie puede haberlo leído sin sentir su influencia, todos ellos, todos él. Un juego infinito nombre tras nombre, muerte tras muerte, en un poema que se entremezclaba con la vida.