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Lunes, 14 de Octubre de 2019

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Belchite, un viaje a nuestro pasado

La memoria de los niños de la guerra es el hilo conductor del viaje que hace 'A vivir...' a este pueblo de Zaragoza que vivió 14 largos meses de guerra. Franco decidió conservar las ruinas del antiguo pueblo como prueba de la "barbarie de los rojos" y levantar uno nuevo justo al lado

Una puerta de madera que cierra el Arco de la Villa es hoy la frontera entre el Pueblo Viejo y el Pueblo Nuevo de Belchite. Atravesar esa puerta es como hacer un viaje en el tiempo y el que hace 'A vivir...' comienza en el año 36, cuando en España, comienza una Guerra Civil que va a convertir a esta pequeña localidad de Zaragoza en un campo de batalla donde cada día la población es bombardeada desde el cielo, desde las montañas más cercanas y desde las ventanas del pueblo donde estratégicamente se instalan los francotiradores. Aquí se enfrentan nacionales y republicanos.

La memoria de quienes eran entonces solo unos niños en medio de aquel escenario bélico es el hilo conductor de ese viaje. Sus recuerdos nos permiten reconstruir la crónica de los 14 interminables meses que la población civil de Belchite sufrió el conflicto. Las familias se refugian donde pueden. En cuevas, en bodegas que poco a poco se irán comunicando entre sí. Allí los niños tiemblan de miedo. Escasean la comida y el agua. Los hombres deben salir a hacer frente al enemigo. Las mujeres cuidan de los más débiles. Algunas, dan a luz en las peores condiciones. Es la guerra y, en pleno asedio, durante 14 días, entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937, la ciudad contiene el aliento. En un hospital improvisado, se apilan cada día más cadáveres.

Cuando los cañones, los aviones y los disparos cesan el fuego cruzado queda un paisaje desolador. Las heridas físicas se conservarán durante décadas. Hasta hoy es posible ver las huellas de esa destrucción en el pueblo que el dictador que ganó la guerra quiso dejar como testigo de la devastación del “ejército rojo”. El resto lo ha hecho el abandono y el paso del tiempo. Las heridas que deja el miedo y la pérdida son distintas. Para descubrirlas, hay que sentarse largo rato a hablar con quienes temblaron de miedo en un bombardeo, con quienes fueron evacuados, con quienes perdieron a un padre o presenciaron ejecuciones. Quizá, como dicen los vecinos de Belchite, este pueblo sea un buen lugar para invitar a pasear a quienes quieren iniciar una guerra en algún lugar del mundo.

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