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Jueves, 14 de Noviembre de 2019

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Malick desentraña las raíces de la extrema derecha en Cannes

El director estadounidense Terrence Malick se acerca a la Palma de Oro con 'A hidden life', una bella y poética descripción del horror que provoca el odio basada en la historia real de un desertor austriaco de la 2ª Guerra Mundial

Decía Iñárritu, presidente del Jurado de Cannes, el primer día del festival, que hay algo en el aire que resuena a 1939. Esa sensación de un mundo en descomposición no ha dejado este Festival de Cannes. Es casi más persistente que la lluvia que amenaza cada tarde la alfombra roja. El trabajo precario denunciado por Ken Loach en Sorry we miss you, la exclusión reflejada en Les Misérables, la inmigración y el machismo en Atlantique, la violencia de Diao Yinan en su Le Lac aux oies savages, el bien de la ciencia en Little Joe, la corrupción de La Gomera o Bacurau, la libertad sexual que pide a gritos Dolor y Gloria, o el retrato de una sociedad alienada que muestra Jim Jarmusch. Todas las películas presentadas en el certamen muestran un mundo decadente y con serios problemas.

Terrence Malick, el cineasta menos narrativo y político de cuantos están citados en esta competición, no ha sido menos. Tres horas ha necesitado el norteamericano para contar cómo una sociedad se repliega ante el bien o ante el mal, según le convenga. Lo hace a su manera. Con escenas poéticas que podrían formar parte de El árbol de a vida, película con la que ganó la Palma de Oro. Cuentan los periodistas veteranos que, aquel año, cuando se proyectó la cinta, todo el mundo supo al momento que era la ganadora. Quizá no con tanta rotundidad, pero de todas las películas proyectadas hasta la fecha, A Hidden Life es la que más cerca podría estar de ganar aquí.

Malick crea una película bella y luminosa en medio de una de las historias más horrendas de la Segunda Guerra Mundial. Una historia real, por desgracia, de hombres que hacen el bien sin ser importantes, como reza al final la cita de George Elliot. Un granjero austriaco, perdidamente enamorado de su mujer y sus hijas, decide no colaborar con el régimen nazi. No se alista y no hace el saludo nazi a los soldados que pasean por la pequeña aldea montañosa en la que viven. Eso le genera el rechazo y el odio de todos los vecinos. Nadie quiere verse señalado. Su valentía y su rechazo al mal, es una traición para los vecinos.

El director de La delgada línea roja o Malas tierras es experto en utilizar la cámara, sus movimientos y la pantalla para expresar sus dudas filosóficas y morales. Malick estudió filosofía y publicó varios ensayos sobre Heidegger, el filósofo alemán que empatizó con el nazismo y aclamó a Hitler. Sin embargo, su película parece más kantiana, en el sentido de que defiende la idea de pensar por uno mismo, de modo independiente y sin prejuicios, y ponerse en el lugar de los demás. No hay juicio al estoicismo y el empeño de un personaje obcecado con hacer el bien, con la duda sobre dios y la religión siempre presente. A hidden life es una película bella y su director se recrea en los trabajos de los granjeros y campesinos, en la historia de amor, en los juegos de los niños y en los rostros de los vecinos de ese pueblo.

Son las escenas en esa especie de microcosmos, que representa a la Alemania de aquel periodo, las más interesantes. En ellas, Malick descubre cómo la extrema derecha y el discurso del odio logra imponerse. Hay algo de la banalidad del mal, que describía la alumna de Heidegger, Hannah Arendt, durante el juicio al funcionario nazi Eichmann. Tanto Arendt como los filósofos clásicos, Platón y Sócrates, defendían que es mejor sufrir una injusticia que padecerla y, que además, es preferible ser castigado por cometer una mala acción que salir impune de ella. Ese es el protagonista que presenta Malik, un socrático dispuesto a todo por no cometer un crimen. 

Mientras todos esos vecinos y vecinas que escupen al pasar o miran mal a la familia protagonista, no se consideran culpables del mal colectivo que fue el holocausto, aunque con su apoyo y su silencio contribuyeran a él. Obedecer es un acto político. Malick lo sabe y abre aquí una reflexión sobre las consecuencias de los mandatos, muy en la línea de otras películas mostradas en Cannes donde la rebelión ha sido la norma. Para Malick también lo es. Una rebelión pacífica o estática si se quiere, pero rebelión al fin y al cabo, a las órdenes de Hitler. La obra es redonda, bella y muy inteligente, toda una lección para aquellos que en los tiempos de Le Pen, Vox, Trump, Bolsonaro, siguen mirando para otro lado.

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