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Viernes, 20 de Septiembre de 2019

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Hacinados y sin perspectivas de futuro en Malakal

El centro de protección de civiles de Malakal, en Sudán del Sur, en el que trabaja Médicos Sin Fronteras, mantiene a 3.000 personas "como en una cárcel" y con malas condiciones higiénicas seis años después pese a haber sido pensado como un centro temporal

Uno de los peores ejemplos de desplazamientos internos masivos y por violencia extrema está en Sudán del Sur. Desde que estalló la guerra en 2013, más de 4 millones de personas huyeron. Muchas de ellas buscaron refugio en las bases provisionales que la ONU instaló en varios puntos del país. Esos centros estaban pensados para dar seguridad por unos días, pero llevan funcionando ininterrumpidamente desde hace 6 años, se han reconvertido en centros de protección.

En dos de ellos, en Bentiu y Malakal, trabaja Médicos Sin Fronteras. Esta ONG ha hecho un llamamiento de alerta por las malas condiciones en las que malviven casi 30.000 personas en Malakal. Desde allí, Muriel Boursier explica que esos centros se crearon en un momento de violencia extrema con idea de dar una respuesta rápida y temporal, pero la situación se ha mantenido y las condiciones de vida “son muy difíciles, con un gran hacinamiento y sin perspectivas de futuro”. La superficie con la que cuenta cada persona está por debajo de los estándares humanitarios.

Son parecidos a los campos de refugiados, pero se encuentran en una base militar con un dispositivo militar alrededor. En total, unas 180.000 personas continúan en seis de esos campamentos en Sudán del Sur. Médicos Sin Fronteras urge a la ONU a mejorar las condiciones de los Centros de Protección de civiles en los que “se exponen a enfermedades por las precarias condiciones”. Necesitan especialmente mejorar las condiciones de agua y saneamiento.

Una mujer se sienta junto a su marido, un paciente del hospital de MSF en el centro de protección civil de Malakal, en Sudán del Sur. Marzo 2019 / MSF/IGOR BARBERO

Las precarias condiciones llevan a algunas personas a intentar quitarse la vida. En 2018 Médicos Sin Fronteras atendió a 51 personas que intentaron suicidarse en Malakal, además de múltiples casos de depresión y psicosis. “Todas estas personas han experimentado durante el conflicto situaciones de violencia muy extremas, y ahora están ahí desterradas y esto genera trastornos de salud mental”, explica la portavoz.

La ciudad de Malakal en concreto quedó arrasada tras el conflicto y su población ha perdido su hogar y a sus seres queridos. El lugar en el que se encuentran ahora les ha proporcionado seguridad, cuenta Boursier, “pero ahora se encuentran como en una cárcel porque no tienen perspectivas ni solución para salir”.

MSF está observando movimientos diarios de la población, pero todavía no reubicaciones ni retornos. “No ha habido movimientos masivos. La mayoría vuelven al centro”, asegura Bouvier. Pese a todo, muchos prefieren quedarse porque la vida fuera es aún peor. Los combates continúan de forma esporádica desde la firma del último acuerdo de paz en septiembre y están surgiendo conversaciones sobre el regreso de las personas desplazadas y el futuro de los centros de protección de civiles.

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