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Viernes, 15 de Noviembre de 2019

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Decía Avellaneda

Decía Avellaneda en su Quijote que el Caballero de la Triste figura había perdido el amor por Dulcinea, entre otras muchas licencias de esa versión que se atrevió a escribir, a la sombra del éxito que el de Cervantes había disfrutado. Y aunque las traiciones al espíritu de la obra eran muchas, esa pareció dolerle particularmente al autor y al personaje, porque en varias ocasiones de la segunda parte se quejan de que alguien pueda dudar del amor eterno que la del Toboso le inspiraba, y el desprecio también eterno que merecía ese detestable impostor.

De Avellaneda, quizás Alonso, quizás de Tordesillas, no se sabe casi nada, se especula incansablemente y se le niega un reconocimiento que parece evidente: sin él y sin el monumental cabreo que se agarró Cervantes, no existiría una segunda parte del Quijote, ni veríamos su regreso a la cordura, y esa frase desgarrada y lúdica: Ay, Sancho, en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Avellaneda, o quien fuera el que se escondiera tras ese seudónimo, y versiones hay para todos los gustos, no fue el único plagiador de Cervantes: las hubo en francés, firmadas y anónimas, y en castellano.

De hecho, no fue tampoco la peor. Se reeditó hasta el siglo XIX y algunos le reconocieron méritos propios. Si Cervantes fue un autor moderno y hasta vanguardista, no podemos negar que Avellaneda lo fue también: un pionero del plagio y del enriquecimiento a través de una idea ajena, algo que basta con prestar un mínimo de atención para comprobar que nos es tan propio y está tan arraigado como el ahorrarse un piquito en negro o discutir por los ingredientes de las recetas populares.

Del estudiante de secundaria al político más encumbrado, el plagio se ha convertido en una costumbre de la que solo se habla cuando se sorprende al plagiador. Aún así, resulta sorprendentemente sencillo recuperarse de una acusación de plagio, incluso cuando lo presunto ha resultado probado: basta con que el tiempo pase para que próceres del país, escritores laureados o periodistas que prueban suerte con los libros olviden el fugaz bochorno que les produjo el que compararan textos. Y hasta aquí hablamos de obras literarias: no hurguemos, por favor, en artículos, discursos, tesis o argumentos. Ya hablamos en otra ocasión de los negros literarios, hábiles en zurcir los desgarros del talento ajeno: cuando no son ellos los que escriben, siempre está la posibilidad de cortar y coser de viejas telas. Nuevos trajes, antiguos remiendos.

¿Cómo vamos a quejarnos de ello, si es una muestra de admiración, de afecto, incluso? Si en otros países una reputación se arruina si se demuestra una apropiación indebida, una cita sin citar, un verso ajeno sin entrecomillado, ¿cómo podemos aquí ofendernos si le ocurrió a Cervantes? La versión contraria también se da: autores furiosos con otros autores porque han coincidido en tratar una época, un tema o un personaje histórico de manera simultánea. Investigadores que consideran suya una materia. Ego, conocimiento y casualidades.

Ah, Avellaneda, qué mal entendido fue tu talento, que no se trató tanto de copiar como de reinterpretar. Un spin off. Una versión libre, en un momento en el que los personajes carecían de copyright y la autoría se tambaleaba ante la difusión libre de las historias. Algunas versiones centran la intención del misterioso Avellaneda en rifirrafes con Cervantes, piques de orgullo o historias pasadas: qué poderoso debió ser ese odio, si eso es cierto, como para dar origen a toda una novela.

Quisiera decir que aquí acababa por hoy mi espacio. Pero dado el tema, quién sabe quién lo retomará, quién lo interpretará, quién hará suyas mis últimas palabras. Sus últimas palabras.

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