, 26 de de 2020

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Sexo, nefasto espectáculo.

A dos días de las elecciones, La Tana analiza cómo se trata el sexo en nuestra sociedad.

Sexo con tu jefa.

Sexo con tu jefa. / Getty (Getty)

Hoy toca hablar de escandaleras sexuales de esas que se convierten en el tema de conversación preferido. Cuando esto sucede, el juicio mediático se transforma en un juicio moral y las cadenas de televisión lo propagan. Basta con que hablemos de algún asunto sexual para que centremos la atención en la víctima y no en los agresores: cómo iba vestida, con quién se fue, de quién se encandiló. Tertulios analizando y analizando hasta el último movimiento de ellas, mientras se pasea a todos los amigos y familiares del agresor. La perversión del periodismo y del lenguaje llega al prime time cuando una abogada alardea de haber accedido al secreto del sumario de una instrucción y no se abre una investigación judicial inmediatamente. Pero lo peor es que esa misma abogada, a la semana siguiente, vuelve a cobrar por sembrar el pánico haciendo creer que, con contactos, puedes saberlo todo de una instrucción policial. Y de esto es responsable hasta el director del medio que lo cuenta.

Hasta el último norteamericano se ha enterado de que la congresista demócrata Katie Hill mantuvo una relación sexual con una de sus empleadas de campaña y con un subordinado en el Congreso. Por ley, la Cámara de representantes de EEUU prohíbe las relaciones sexuales entre legisladores y miembros de su equipo. El trío le ha costado el puesto a la congresista. La medida fue planteada desde el bando republicano, los más conservadores de la cámara. La ley no persigue el acoso, motivo por el que se creó, sino la relación en sí. De hecho, el nombre del congresista, supuestamente acosador, nunca tendría por qué saberse. Pero ambos, acosador y acosada, son despedidos fulminantemente. Así son las leyes. Así son los que las eligen. Y así son los ciudadanos que los votaron.

Este domingo nos jugamos mucho en las urnas. Toca defender que sea solo el código penal el que juzgue nuestros asuntos de cama. Toca defender que las víctimas no sean consideradas culpables de sus propios ultrajes. Toca defender que la libertad sexual solo sea una cuestión de diversidad, pero no de poder entre los participantes. Y ojalá también seamos capaces de apagar la televisión cada vez que alguien la utilice para hacer del sexo un nefasto espectáculo.

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