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Miércoles, 19 de Febrero de 2020

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Antonio Scurati: "La esencia del fascismo es la violencia"

El escritor italiano presenta "M. El hijo del siglo" una biografía escrita en forma de novela que trata de explicar el ascenso al poder y el sometimiento de Italia al fascismo de Benito Mussolini

Que un libro de 800 páginas, estrictamente basado en hechos y en documentos históricos se haya convertido en un fenómeno editorial en Italia es noticia. Y, si además, está traducido a más de cuarenta idiomas, definitivamente, merece la pena sentarse con el autor, Antonio Scurati.

¿Le ha sorprendido el éxito de su libro?

Pues sí. Nadie podía imaginarse un éxito así.

Quizás es el momento político adecuado para publicar este libro...

Yo no me hago ilusiones. No creo que los cientos de miles de lectores que han leído el libro lo hayan hecho porque esté bien escrito, aunque espero que sí, que esté bien escrito. Pero me doy cuenta de que se ha publicado en un momento en el que había una fuerte necesidad de conocer, de comprender. Muchos lectores se han dirigido al conocimiento, a conocer a través de esta primera novela, la primera escrita sobre Mussolini y los fascistas, ocurrido todo hace 100 años, para comprender lo que sucede hoy, o sea, comprender para comprenderse.

Es consciente de que muchos de los lectores van a intentar entender el fascismo actual a través de su libro

Yo no hablaría de un fascismo actual. La verdad yo creo que la cuestión es más compleja, es más sutil pero más amplia. Es más grave en el sentido de que estamos asistiendo en Italia, en España y en otros países de Europa a un resurgimiento de comportamientos, de fenómenos explícitamente nostálgicos del fascismo. Pero yo creo que eso es preocupante, es terrible, pero no es la auténtica cuestión. El quid de la cuestión se refiere no a pequeñas formaciones neofascistas o neonazis que hacen el saludo romano o que ostentan signos o practican la violencia, sino que se refiere a grandes masas de electores que son gentes de bien, son padres de familia, son trabajadores, son gente normal. Se dejan seducir por una propaganda de tipo populista cuyo inventor fue, precisamente, Benito Mussolini y están dispuestos de nuevo a cambiar las libertades, las conquistas democráticas que les costaron caro a nuestros abuelos… sacrificios. Sangre. A veces, la vida. Todo a cambio de una fácil promesa de protección, de simplificación de la realidad. La democracia está en peligro, pero no es porque pequeños grupos de neofascistas hagan el saludo romano, sino porque grandes masas de personas de bien piensan hoy, como hace cien años, que la democracia es ineficaz, está corrompida y es incapaz de gestionar y manejar las dificultades del presente. De nuevo surgen líderes que prometen a los electores, como hizo en primer lugar Mussolini, una brutal simplificación de la realidad que les proporcionan un enemigo que tienen que odiar al que reducir todos los problemas contemporáneos. Ese es el problema.

"Los líderes y movimientos fascistas intentan, dentro de las reglas del juego democrático y sin violencia, entrar en el Parlamento y arrebatar el poder"

 

Usted mantiene que el fascismo no intenta destruir la democracia, sino que trabaja desde dentro

Esta es una diferencia significativa entre el fascismo y los movimientos populistas de hoy. El fascismo histórico, el de Mussolini, juega en dos mesas. Por una parte, manifiesta de forma muy clara un total desprecio por la democracia, por las instituciones de la democracia, empezando por el Parlamento. También por los hombres que la representan y anuncia de forma explícita que su intención es abatir la democracia. Por otra parte, Mussolini, con este doble juego que la ha caracterizado desde siempre, hace alianzas con esos hombres, con los exponentes de la antigua clase liberal. Hasta el punto de que propone como candidatos a sus escuadrillas, a sus milicias, a los que antes practicaban la violencia armada y los pone en las listas electorales de los viejos, de los antiguos liberales y entran en el Parlamento con la intención explícita de aniquilarlo. Esto es casi un bipensamiento, un pensamiento doble, dos principios en contradicción entre sí que volvemos a encontrar hoy en las paradojas de la nueva política populista. Esta política desde hace años propone una propaganda que subraya con desprecio el fracaso de la democracia y el fracaso del Parlamento para dar un gobierno al país. Por otra parte, estos mismos líderes o movimientos buscan e intentan dentro de las reglas del juego democrático, sin violencia, entrar en el Parlamento y arrebatar el poder.

Algunas de esas consecuencias las vemos hoy en día… ¿fue Mussolini el primer gran líder de comunicación de masas de la historia política? ¿podemos deducir de su comportamiento cuál es la relación del fascismo actual con los medios de comunicación?

Musolini fue un innovador brillante. Primero, en el lenguaje del periodismo, porque Mussolini era periodista, era el director del Avanti!, un periódico que era la bandera del socialismo italiano. Cuando él viene de un pequeño pueblo de provincias y se le llama a Milán, la ciudad más rica, industrial y próspera de Italia para dirigir el Avanti!, opera rápidamente una revolución en el lenguaje del periodismo. El que había dirigido el Avanti! antes que él era un importante líder del partido que hablaba en nombre del pueblo pero pertenecía a la burguesía y tenía una prosa muy culta, muy erudita, muy compleja y el pueblo no podía seguramente leerla ni comprenderla. En el Avanti Mussolini hace dos cosas. En primer lugar se reduce el sueldo a la mitad, cosa que hacen muchos de los parlamentarios que hacen ese tipo de operación hoy. Pero, además, simplifica el lenguaje periodístico de forma brutal. Empieza a escribir con frases breves sujeto, verbo, predicado: cada frase un eslogan

Siempre diciendo yo, yo afirmo, yo prometo, yo me comprometo… sin ningún tipo de preocupación por la relación entre estas frases para tratar de que formen un discurso coherente. Esta revolución en el lenguaje periodístico, que lleva a cuadruplicar las ventas del periódico, pues todo esto lo lleva al lenguaje de la política porque comprende que las grandes masas no son intelectuales. Habla de forma directa con una prosa martilleante, hecha de promesas que a lo mejor no va a mantener, pero que se dirige a suscitar el sustrato, a alimentar el sustrato emocional de las personas. No habla su cabeza sino a sus tripas por así decir. Esto es el arquetipo de todos los líderes populistas.

"Lo que nos parece ridículo de Mussolini entonces y también de personajes como Trump hoy, en realidad, es una forma muy eficaz de comunicación"

 

Todo esto que usted cuenta a muchos de nosotros nos trae a la cabeza figuras como las de Trump o cualquier otro elemento fascista en Europa. Esa simplificación somo medio de hacer llegar el mensaje…

Sí, en efecto, pero más que simplificación, yo hablaría de brutalidad con brutalización, en el sentido de que va más allá de la simplificación porque esta podría ser una virtud también, algo positivo. Sin embargo aquí hay una voluntad declarada de brutalizar el mensaje y de hacerlo vulgar para llegar al pueblo en su parte, por así decir, más irracional, más emotiva, que pone en el centro de la comunicación el cuerpo. Mussolini, por ejemplo, en esto es un innovador. Cuando nosotros hoy vemos las películas de hace 100 años nos parece ridícula esta gestualidad tan enfática, pero somos nosotros los que no vemos que él, en primer lugar, comprende que en la era de la política de las masas tiene que comunicarse con ellas a través del cuerpo, una comunicación racional que pasa por el cuerpo, no todos tienen carrera universitaria. Él lo hace enfatizando la gestualidad. Y, lo que nos parece ridículo de Mussolini entonces y también de personajes como Trump hoy, en realidad, es una forma muy eficaz de comunicación corpórea que no habla al intelecto, sino a las vibraciones del cuerpo. Habla las tripas, como digo yo.

Nosotros que hemos estudiado, que hemos leído mucho, que nos consideramos superiores, nos parece ridículo. Sin embargo, el hombre de la calle que es mediocre porque no sabe muchas cosas, que se siente vulgar, le hace sentirse legitimado en esa condición. Esto yo lo digo evidentemente no para justificar o para encomiar a Mussolini, sino para subrayar hasta qué punto es peligrosa esta seducción de las masas en esta aparente ridiculización.

Cada crítica al fascismo alimenta ese fascismo. Es una crítica que se contempla como que proviene de una intelectualidad...

Sí, sí, por supuesto. Hemos asistido a este fenómeno desconcertante recientemente en Italia en los últimos años. Uno de los líderes más populares de nuestro país, Matteo Salvini, líder de la Lega Nord, desde hace un par de años ha empezado a citar en público frases que son notoriamente de Mussolini. Hasta hace cinco años esto habría sido impensable. Lo ha hecho porque sabía que con esas frases habría había atraído simpatías y consenso. ¿Por qué? ¿sus electores son nostálgicos del fascismo? pues no, no. Sabe que sus electores no soportan, que desprecian a todos esos intelectuales de izquierdas que hacen y qué han hecho, durante demasiado tiempo, del antifascismo una bandera, a menudo hipócrita. Él usa las frases de Mussolini para atraer simpatía, para atraer consenso a través del antifascismo de sus electores.

"Los italianos no han ajustado cuentas en este sentido con el hecho de haber sido fascistas"

 

Nuestro período dictatorial es mucho más extenso que el suyo en Italia. Ha mencionado la palabra nostalgia…¿cuál es el recuerdo que tiene Italia de la figura de Mussolini?

Esto es algo crucial también para explicar el gran éxito de mi novela. En verdad, Mussolini fue una figura que evidentemente estuvo en el centro del Estado, en el centro del debate político e ideológico durante muchos decenios. Pero, justamente por ese motivo, es una figura que en buena medida se ha eliminado o se ha retirado de la conciencia de Italia y de los italianos. Italia no ha ajustado cuentas no solamente con Mussolini y con el fascismo sino con el hecho de haber sido la cuna del fascismo. Los italianos no han ajustado cuentas en este sentido con el hecho de haber sido fascistas. No todos, pero muchos y ¿por qué? Porque Mussolini y el fascismo siempre eran como rehenes de una controversia política e ideológica. Y con esta novela, quiero subrayar que se trata de una novela, que tiene la capacidad creo y espero de implicar y apasionar a los lectores, de sumergirlos en la narración como sólo las novelas saben hacer. Pues bien, he querido hacer una narración que no tuviera, por así decir, ningún filtro ideológico ni ningún filtro político, en el sentido de posiciones políticas preconstituidas. Yo soy hijo de una cultura antifascista pero he pensado que para dar a conocer, para dar a comprender, para ajustar cuentas, por fin, con esta figura teníamos que contarla sin filtros, como solamente el arte y la literatura deben hacer y pueden hacer. Esta ha sido la clave del enorme interés que ha suscitado en Italia el libro porque la gente, las nuevas y las antiguas generaciones también, han tenido la posibilidad de entrar en una narración y de conocer

¿No tiene ningún remordimiento por enfrentarte de esa manera aséptica?

No, no, no. No es una manera aséptica. no es neutral. Es literaria. Hay una verdad literaria pero la verdad literaria viene al final no el principio. Yo soy antifascista y creo que esto es una contribución al antifascismo, una nueva forma de antifascismo post ideológico pero profunda y sinceramente democrático. El lector es una forma honesta intelectualmente no neutral, cuidado, de contar las cosas. El lector cuando entra en la narrativa no encuentra un cartel al principio que diga: “el fascismo ha sido el mal del siglo”. Se encuentra con un hombre, con Benito Mussolini que no era ni un monstruo ni una broma y, poco a poco, a medida que lo va acompañando en su conquista del poder aprende a conocerlo y cuando sale del libro el lector ya se ha formado un juicio, un juicio de condena de Mussolini sin paliativos. No es una posición neutral

"La propaganda fascista los pintaba como extranjeros invasores porque se inspiraban en la Revolución Rusa"

 

De la figura de Mussolini se deducen muchas cuestiones… ¿cuál es la esencia del fascismo?

Evidentemente no es fácil responder a esta pregunta, pero, la esencia del fascismo, una de ellas, es la violencia. No sólo la violencia sino también el culto a la violencia. La violencia es esencial para el fascismo, pero era un instrumento de lucha también del socialismo en la revolución, tenía que ser una ruptura violenta de la historia. Para los fascistas, la violencia era objeto de culto, de rito. Hay un culto a la violencia y a la muerte. Sin embargo, sí que comparten otro aspecto del fascismo… a saber. El hecho de apostar sobre lo peor, de pasar de la esperanza al miedo, como fuerza política. Mussolini procede del socialismo, fue un líder socialista, y fue el partido de la gran esperanza, de la gran idea del siglo anterior que esperaba que el futuro fuera mejor que el presente: justicia social, renovación etcétera. Y, cuando se le expulsa del Partido Socialista comprende que hay otra fuerza política más poderosa todavía que la esperanza y el miedo. O sea, a saber, el miedo que había experimentado esta población que había estado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. La burguesía temía que la revolución socialista se llevase lo poco que tenía. Ese sentimiento de desilusión, de traición de abandono por parte de la antigua vieja clase política. Es de bajar de clase social. Entonces se apuesta sobre o por las fuerzas oscuras.

Usted define el fascismo como un movimiento político que busca enemigos ¿quién es el enemigo actualmente”

Hay otra analogía muy fuerte, pero más difícil de descubrir. Musolini, en ese momento, conquista el poder gracias a esa fuerte propaganda que hace palanca sobre el miedo a la revolución socialista. La parte de la pequeña burguesía, como digo, la gran burguesía, el gran capital le sigue después. Al principio es el pequeño burgués, el que tiene poco, pero que está dispuesto a pasar por encima de la legalidad, la dignidad y la democracia para defender lo que tiene. Ese es el que sigue en primer lugar a Mussolini. Entre el miedo a los socialistas y a los inmigrantes parece que no hay ningún vínculo y sin embargo no es así porque, si uno lee la novela, se aprecia como yo, cuando lo descubrí por primera vez, me quedé sorprendido de que la propaganda de la época pintara a los socialistas italianos como extranjeros, pero eran italianos muy italianos, por supuesto habían nacido y crecido contigo, iba a la escuela contigo. Sin embargo, la propaganda fascista los pintaba como extranjeros invasores porque se inspiraban en la Revolución Rusa y, por consiguiente, decía “estos traen la peste”, no son italianos son anti italianos y, como anti italianos, son invasores extranjeros que han acampado dentro de los límites nacionales. Como son extranjeros se les puede matar. Esta es la otra característica terrible del fascismo.

Primero suscita el miedo, pero el miedo es un sentimiento pasivo, reactivo y, a continuación, opera este cambio, esa transmutación alquímica del miedo en odio. Debes tener miedo, el invasor no está a las puertas, está ya dentro de nuestro territorio nacional y luego dice: “pero no tengas miedo”, ódiale. Así pasa de un sentimiento pasivo a sentimiento activo, agresivo. Por otra parte, está la simplificación, la brutalidad del lenguaje. Reduce los problemas, la complejidad política y social a un único problema y dice: “no, la realidad no es compleja, la realidad es mucho más sencilla”. Hitler dirá es culpa de los judíos verdad Mussolini dice. Los únicos peligrosos son los socialistas hay un único enemigo está delante de ti no tengas miedo odiarle y yo te acompañaré.

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