Viernes, 25 de Septiembre de 2020

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'Las aventuras de Pinocho', entre el cuento de hadas y la novela de aprendizaje

Una historia de castigo y conformidad, un relato sobre una marioneta que, sin cuerdas, está atada a la coacción social

Carlo Collodi, seudónimo de Carlo Lorenzini, nació en Florencia en 1826, donde sus padres eran sirvientes de una familia aristocrática. Fundó un semanario satírico, Il Lampione, y se hizo famoso en Italia como autor de cuentos y obras teatrales. En 1881 publicó, en Il giornale per i bambini, 'Storia di un burattino', que apareció dos años más tarde, en 1883, con el título de 'Las aventuras de Pinocho'.

A pesar de que el volumen fue todo un éxito, y que cuando Collodi murió en 1890 ya había alcanzado la cuarta edición, el autor nunca obtuvo beneficios de su comercialización ya que no existían leyes de derechos de autor que ampararan a los escritores, ni supo el inmenso éxito que cosecharía su obra en todo el mundo.

El libro fue traducido por primera vez al inglés en 1892 por Mary Alice Murray, y a mediados del siglo XX ya se había publicado en cien lenguas diferentes, y se había abreviado, censurado, parodiado y adaptado al teatro, al cine y a la televisión.

'Las aventuras de Pinocho' es una historia de castigo y conformidad, un relato sobre una marioneta que, sin cuerdas, está atada a la coacción social de tal forma que no puede seguir su propio camino, sino que lo manejan fuerzas superiores, simbolizadas por el Hada y por Geppetto.

Desde el principio, los orígenes de Pinocho están marcados por el hecho de que Geppetto talle la marioneta en forma de niño porque quiere ganarse la vida con él. Por decirlo de forma simple, su padre lo 'pare' porque quiere usarlo para embolsarse dinero. Geppetto no tiene ningún interés en averiguar quién es su hijo ni qué deseos tiene. Es una inversión de futuro.

Esto no implica que Geppetto sea un padre insensible, pero su relación con Pinocho es ambivalente a causa de su deseo inicial de crear una marioneta que sepa bailar, hacer esgrima y dar saltos mortales para ganarse un mendrugo de pan y un vaso de vino. En otras palabras, se supone que Pinocho tendrá que complacerle, y Geppetto, literalmente, tiene en sus manos los hilos de su destino.

Es gracias a esta tensión tragicómica que el personaje de Pinocho vive y atrae a todos los públicos. Y aún más relevante resulta la estructura de cuento, que reviste los episodios de optimismo y nos permite olvidar hasta qué punto la infancia puede llegar a ser dura y traumática, sobre todo la infancia en la Italia del siglo XIX.

Collodi creó un mundo de cuento de hadas patas arriba

Que gozara de tanta popularidad se debe seguramente al hecho de que Pinocho es una historia simbólica sobre la infancia que trasciende su origen italiano y habla tanto a los jóvenes como a los ancianos de la formación de un gandul.

Collodi concibió cada capítulo para el periódico de tal forma que se mantuviera el interés de los lectores por el extraño destino de un trozo 'vivo' de madera que se convierte en una marioneta. Y lo consiguió a través de la ironía y el suspense.

Sin caer en lo predecible, casi cada episodio empieza con una situación extraña que lo arrastra hacia la tragedia y que roza el ridículo al mismo tiempo. Sin embargo, Collodi creó un mundo de cuento de hadas patas arriba que recordaba en cierto modo a la Toscana, pero que cambiaba la forma sin cesar, en el que cualquier cosa era posible, y jugaba con picardía con los lectores, dejándolos en suspenso al final de cada capítulo. Cada episodio es un embrollo, y un embrollo lleva a otro. Nunca terminaba ningún capítulo.

Collodi no tenía planeado dejar que Pinocho creciera. De hecho, había intentado terminar la serie donde el protagonista acaba colgado de la rama de un roble, visiblemente muerto. Incluso llevaba impresa la palabra "finale" al final del episodio cuando apareció en la entrega del 10 de noviembre de 1881, pero al recibir tal alud de quejas por parte de los lectores, tanto jóvenes como adultos, Collodi se vio forzado a retomar las aventuras de Pinocho.

En otras palabras, se obligó al autor a "educar" a su protagonista de madera a pesar de la perspectiva pesimista inicial. De un modo irónico, el autor puso en duda desde el principio el tema principal de la obra, la evolución de un trozo de madera en niño, de la misma forma que cuestionó la estructura optimista de los cuentos de hadas.

El psicoanalista Willard Gaylin usa la novela como paradigma para explicar cómo, a partir del lado narcisista de un niño, se crea un ser humano vivo y sensible. Se centra en temas como la dependencia, el trabajo, la conciencia y el amor para demostrar cómo Pinocho adquiere la dignidad humana a través de diferentes experiencias de aprendizaje que lo capacitan para entender de qué modo sus actos afectan a la gente que lo rodea y, al mismo tiempo, a su entorno.

Hacia el final de la novela, es decir, hacia el final del proceso de formación de Pinocho, este comprende que el amor no significa autocomplacencia narcisista, sino el placer profundo de darse a los demás que contribuye a la fuerza de la cohesión, de la moral y la civilización en la vida humana.

Los tópicos de la nariz de Pinocho o su transformación en asno

Los tópicos de la nariz extraordinaria o de la transformación en asno, atraían a Collodi, pero no son solo ellos los que hacen tan especial la historia de Pinocho. Como Hans Christian Andersen, que había empezado a escribir sus inusuales relatos en 1835, Collodi fusionó géneros basados tanto en el cuento oral popular como en el literario para crear su propio mundo mágico habitado por criaturas estrambóticas.

Dar la vuelta a los géneros y al mundo real le sirvió para cuestionar las normas sociales de su época y poner en duda las nociones sobre la infancia. Collodi nunca escribió tan solo para lectores jóvenes. Su obra pretendía llegar también a los adultos, con la intención de sugerir una forma de educar a los niños, en especial a los que parecían tener más dificultades.

Dado el carácter inacabado de la evolución de Pinocho, el mayor y más persistente interrogante que surge a lo largo de este cuento de hadas trasformado en novela de aprendizaje es si merece la pena volverse 'civilizado'. Es lo que Mark Twain se preguntaba en la misma época, cuando escribió 'Las aventuras de Huckleberry Finn' (1884), pues de algún modo su protagonista es la versión americana de Pinocho, porque los dos chicos se ven expuestos con brutalidad a la hipocresía de la sociedad, y además les obligan a adaptarse a los valores y normas que en un principio les llevarán a triunfar. Huck acaba rechazando la civilización, mientras que Pinocho hace las paces con la ley y el orden.

El público de hoy se sorprenderá al descubrir que la novela no es como la película de Disney. Se dará cuenta de que el autor dio rienda suelta a su imaginación con mayor vigor que Disney y que hizo evolucionar la marioneta a muchos niveles, con el firme propósito de entender y preguntarse qué significa 'civilizar' a un niño.

En realidad, gracias a la imaginación desbordante de Collodi, tenemos un ejemplo completo de lo que implicaba para un niño pobre crecer en la sociedad italiana del siglo XIX. Pero es quizá más importante que este cuento de hadas novelado trascienda de preguntas sobre la identidad y la historia nacional hasta lograr que nos cuestionemos cómo 'civilizamos' a los niños en estos tiempos incivilizados.

 

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