Miércoles, 27 de Enero de 2021

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Terrorismo islamista

África, el nuevo espacio del terrorismo yihadista

Con más de 4.000 ataques terroristas, 2020 está siendo el año más violento en la última década. Preocupa, sobre todo, la zona del Sahel

Los últimos datos hablan de 4.161 actos extremistas en los primeros seis meses de 2020, que han dejado 12.507 muertos, sobre todo civiles. Unas cifras que suponen un incremento de casi el 30%, aunque en algunos territorios es aún mayor. Es el caso del Sahel, un territorio situado al sur de países como Marruecos y Argelia, en pleno corazón del desierto del Sáhara.

Con más de 3.000 kilómetros cuadrados de extensión, el Sahel abarca países como Mali, Mauritania, Níger, Nigeria, el Chad o Sudán. Las bandas yihadistas están presentes en la mayor parte de ellos, pero preocupa la llamada “triple frontera”, entre Mali, Burkina Faso y Níger. Según la experta en yihadismo Pilar Rangel, “es la zona donde se produce el mayor número de ataques y atentados terroristas”.

Captaciones sencillas

Los países del Sahel incluyen algunos de los más pobres del mundo. Y a la crisis económica, indica Rangel, se añaden “el cambio climático, la existencia de gobiernos débiles y que no controlan la mayor parte de su territorio, y que en estos países se concentra la mayoría de bandas de crimen organizado”. Es decir, existe un conjunto de factores que facilitan la expansión de los grupos yihadistas.

Y es que la falta de oportunidades y la escasez de recursos que caracterizan al Sahel se traducen en una captación más sencilla. En palabras de Rangel, “cuando llega un grupo terrorista, lo que buscan las personas es vivir día a día”. De hecho, habla de que hay gente que se une a estos grupos “como medio de subsistencia”. Pero, además, los yihadistas usan la política como un arma arrojadiza.

“Cuando llegan a un pueblo y matan al líder, están lanzando un mensaje muy claro. Y es que el estado no puede proteger a la población”, afirma Juan Mora, coronel en reserva y analista durante cinco años en el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). “Es decir, la población al final los apoya”. Y esto, según el coronel Mora, podría explicar qué está fallando en un territorio que cuenta con más de 25.000 militares, desplegados en operaciones internacionales.

Impulsados por el coronavirus

Además de factores estructurales relacionados con la situación política, social y económica del Sahel, el COVID-19 se ha convertido en una bomba de oxígeno para los grupos yihadistas. Porque África es el continente que menor incidencia tiene del virus, pero también es una de las zonas del mundo con peores sistemas sanitarios. “El estado tiene ahora otras prioridades. En este caso, frenar la pandemia”, sostiene el coronel Mora.

Este argumento lo comparte el investigador del Centro Africano de Estudios Estratégicos (ACSS, por sus siglas en inglés), aunque añade que el coronavirus es solo otro de los factores no estructurales que ayudan al yihadismo: “siempre que los gobiernos regionales tienen que concentrar sus esfuerzos en elementos que no son las operaciones contra el terrorismo, estos grupos salen beneficiados”.

Precisamente otro de esos elementos es el golpe de estado en Mali del pasado martes. Un grupo de militares decidió tomar el poder y encarceló a varios cargos del gobierno, incluido el presidente, que dimitió esa misma tarde. La comunidad internacional ya ha condenado el golpe, mientras los militares proclamaban su intención de convocar unas elecciones de las que no se ha vuelto a hablar.

Pero más allá de las circunstancias, esto puede ser otro impulso para los grupos yihadistas. Porque, recordemos, la frontera de Mali, Burkina Faso y Níger es el epicentro del terrorismo yihadista. “Es una nueva debilidad que van a aprovechar estas bandas. Porque, como dijo el representante de la Unión Europea en el Sahel, Ángel Losada, no habrá paz en el Sahel si no hay paz en Mali”.

Consecuencias a largo plazo

Si el epicentro de los ataques es esa “triple frontera”, el foco está puesto en la población civil. Para hacerse una idea, solo en Mozambique, uno de los países que empiezan a verse afectados por el yihadismo, el 78% de los ataques se ha dirigido a la población civil.

“Durante los dos últimos años, el objetivo eran los militares. Pero sí estamos viendo un cambio de estrategia, porque ahora los ataques están centrados en población civil”, explica José Luengo-Cabrera, investigador del Sahel para el think tank Crisis Group, que alerta de la vinculación de los atentados contra escuelas con la guerra cultural.

Según Luengo-Cabrera, “al menos el 95% de los ataques, o incluso más, contra las escuelas siempre son atribuidos a grupos yihadistas. Es una forma de protesta contra esa educación que se percibe occidental o, al menos, francesa”. La consecuencia más inmediata es que 5.400 escuelas están cerradas, lo que se traduce en que unos 700.000 estudiantes no pueden ir a escuela.

Sin un acceso a la educación, esa falta de oportunidades y recursos que caracterizan al Sahel puede derivar en que esos niños acaben captados por grupos yihadistas. Para solucionar la situación, como concluye Rangel, “mayor implicación de la comunidad internacional. Pero esa respuesta tiene que ser coordinada y siempre con el apoyo de la población”.

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