Viernes, 30 de Octubre de 2020

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Festival San Sebastián | Crítica

'Patria', el doloroso camino hacia la paz (sin equidistancia)

La cuidada adaptación de la novela de Fernando Aramburu creada por Aitor Gabilondo es un impresionante melodrama político sobre el odio, el duelo y la reconciliación de una sociedad rota por la violencia

Fotograma de 'Patria'

Fotograma de 'Patria' / HBO

*Este artículo se ha hecho tras el visionado de los cuatro primeros capítulos de la serie.

Nos quejamos de que en España no hay cine político y razones no nos faltan. Desde la Transición se dejó de hacer ficción que hablara de las dinámicas de la política y hasta hoy. El cine de Saura, Gutiérrez Aragón, Suárez, Eloy de la Iglesia, Cecilia Bartolomé, Patiño... no tuvieron sucesores. Sin embargo, sobre ETA sí ha habido un cine constante, del que destaca la figura de Imanol Uribe, que retrató a la banda terrorista desde distintas perspectivas. Aunque con la polémica de La pelota vasca, de Julio Medem, aquel se aparcó, hasta la actualidad, con Borja Cobeaga y Diego San José usando la comedia para hablar del conflicto vasco.

La mayoría lo hicieron con la banda terrorista en activo y en un ambiente contaminado por las luchas partidistas. El cese de la actividad armada abrió una nueva dimensión para empezar a construir un relato poliedrico de más de cuatro décadas de asesinatos. Han surgido documentales, alguna serie y muchos libros, pero la sociedad española acogió con fervor una novela que, desde el núcleo familiar, se acercaba con humanidad a las dos partes.

Sin ser España un país de consensos, el texto de Fernando Aramburu se convirtió en un fenómeno editorial con el beneplácito de gran parte del público y los medios de comunicación. Por aquella época Aitor Gabilondo, con amplia trayectoria en televisión, andaba buscando la manera de llevar a pantalla una historia que reflejase las cicatrices de tantos años de violencia. En cuanto supo de 'Patria', compró los derechos. Su adaptación se ha hecho esperar, cuatro años de idas y venidas sabiendo que tenía entre manos el gran relato de masas sobre Euskadi en tiempos de ETA.

Gabilondo, que ha firmado algunas de las series más vistas de la televisión generalista, como El príncipe, apuesta por el realismo para mostrar cómo la existencia de ETA partió en dos a familias enteras, a grupos de amigos y a una sociedad que aún hoy sigue herida. Al beber de la novela, la serie adolece de aquellos problemas narrativos que tenía el libro, ya bestseller, del escritor vasco. Un retrato de la sociedad vasca en los años de plomo, pero sobre todo de dos madres coraje enfrentadas, dos familias, una pobre y una rica. La pobre, sumida en el mundo abertzale, y la rica, víctima de ETA. El éxito de unir las dos historias, lo sentimental, con el retrato sucio del terrorismo, hizo que conectara con muchísimos lectores, tan dispares como Rajoy, Belén Esteban o Rosa Díez. Los mismos elementos que Gabilondo ha sabido explotar en el relato audiovisual: tensión, retrato social de una época y la emoción de encuentros y desencuentros entre ambas familias. Sin embargo, hay excesos, como las desgracias subrayadas, además del asesinato, de ambas familias. Está la homosexualidad, el cáncer, un ictus. Demasiado.

Como producto audiovisual, la serie confía toda la narración al desarrollo de sus personajes en una profunda disección del odio, el dolor y los afectos que fluyen en un círculo vicioso entre esas dos familias. De un lado, las víctimas de terrorismo. La mujer y los dos hijos de un empresario extorsionado y asesinado por ETA. Tres formas de afrontar el duelo, la pérdida y el camino a la reconciliación. Del otro, la familia víctima de un hijo etarra. El sufrimiento de una madre furiosa, la negación de los hermanos y la desolación de un padre silente. El abanico es amplio y el dolor es humano. Sobre esa base, la relación entre nueve personajes unidos y separados en varias líneas temporales, se cimenta este colosal melodrama político de una carga emocional desbordante.

Lo íntimo atravesado por lo político en cada plano. La historia parte de un acercamiento a esos años de plomo en un pequeño pueblo, al silencio cómplice, las miradas, las pintadas y la convivencia cotidiana con el miedo. El acosado era el apestado y la víctima, la señalada, mientras algunos chavales asistían a manifestaciones, causaban disturbios y entraban, sin grandes inquietudes ideológicas, en la lucha armada. El valor de la serie es poner en imágenes ese diálogo entre el pasado y el presente, el paso del tiempo experimentado por una sociedad que avanzaba y estaba harta de bombas. Gabilondo usa con precisión los saltos temporales para fluir entre épocas y personajes gracias, en parte, al gran trabajo de caracterización de los intérpretes.

Un reparto sobresaliente, de actores y actrices vascos encabezado por Elena Irureta y Ane Gabarin, que aporta credibilidad y realismo en cada escena sin dar descanso en un recital de intensidad dramática. Al trabajo de casting, se suma un excelente diseño de producción con la recreación, por ejemplo, de los disturbios en el Boulevard de Donosti en el primer capítulo. No hay alardes visuales, pero sí una cuidada factura. La cámara está al servicio de envolver en una atmósfera de grises y lluvia a los personajes y transmitir esa oscuridad que solo deja camino a la luz en las escenas del presente en la playa de la Concha. La luz que anticipa la asunción de la paz y de una nuevo camino para la reconciliación.

Para los obsesionados con la equidistancia, más aún después del cartel promocional de la plataforma, ni Aramburu, ni Gabilondo lo son. Muestran ambas familias y el círculo vicioso de odio, rencor y dolor que genera el terrorismo. Pero el retrato de la familia pro etarra no es tan natural como el de la familia de la víctima. Los intentos por entender esas dinámicas y la entrada en ETA se ven mucho más forzados. No es un retrato de Euskadi, es uno de los muchos retratos que debe haber de Euskadi. El gran acierto de 'Patria', en un tema marcado en la memoria colectiva de la sociedad española y vasca, es confiarlo todo a la emoción y estructurar el relato político a través de dos matriarcas que, desde su relación, muestran las heridas del conflicto.

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