Viernes, 27 de Noviembre de 2020

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La COVID aumenta la pobreza extrema, que viene para quedarse

El índice de personas en pobreza extrema en el mundo ha aumentado por primera vez en 20 años con consecuencias a largo plazo por las barreras a la educación. En África Subsahariana muchos niños y niñas se han ido a buscar oro, trabajar en los mercados o han caído en matrimonios forzosos

Los estragos económicos causados por la pandemia de coronavirus se traducen en datos muy concretos. Según el Banco Mundial, por primera vez desde 1998, ha crecido el índice de personas en pobreza extrema en el mundo. Se trata de personas que viven con menos de dos dólares al día. Una situación que se explica por la crisis derivada de la situación sanitaria pero que tiene consecuencias a largo plazo, ya que la pandemia también ha afectado a la educación de los niños.


En los programas educativos en los que trabaja el Servicio Jesuita a los Refugiados (JRS) la pandemia ha obligado a adaptar la ayuda en cada contexto diferente en el que desarrollan su labor. Irene Galera, oficial de comunicación, explica que la región del África subsahariana, con muchas situaciones de vulnerabilidad, pobreza o conflictos armados, la tasa de exclusión del mundo educativo es de las más altas del mundo.


Según el Banco Mundial, la pobreza de aprendizaje afecta en esa región al 80% de niñas y niños a los que “se priva de competencias esenciales para enfrentarse a un futuro digno”, lamenta Galera. África subsahariana ya partía de una situación en la que más de 9 millones de niños de entre 6 y 11 años no pueden ir a la escuela. “Con la pandemia y el cierre de las escuelas, no solo se privó a los niños de poder ir a clase y continuar su aprendizaje, sino que también se les privó del refugio que es la escuela” fundamental en contextos de violencia.


En el caso de República Centroafricana, donde trabajan los equipos de JRS, durante el cierre de los centros no pudieron asegurar que no se produjeran casos de violencia o explotación doméstica como matrimonios o embarazos forzados entre las niñas.


“El COVID se ha convertido ya en una parte transversal de nuestros proyectos”, asegura Galera. Tras el cierre obligado de las escuelas empezaron a ofrecer clases por WhatsApp, radio o a domicilio, pero la brecha digital e incluso de televisión y radio fue un hándicap importante. “Trabajamos en 12 campos en el este de Chad y pocos niños tienen acceso a una radio”, recuerda. 


Las niñas tienen la tasa de absentismo escolar más alta la pandemia ha tenido graves consecuencias para muchos niños y niñas que no han regresado a las aulas por cuestiones laborales. “Se han ido a buscar oro, trabajar en los mercados o se han ido a otros pueblos”, cuenta Irene Galera. Además, “muchas niñas han caído en matrimonios forzados, sus familias no les dejan volver a clase o se han quedado embarazadas”. Otros muchos, dice, tienen muchas ganas de volver a la escuela.

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