Sábado, 28 de Noviembre de 2020

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Ignacio María Doñoro: "Me dijeron que una vida humana costaba 26 dólares"

Ignacio María Doñoro está siendo testigo de los estragos que está causando el COVID en la selva amazónica Él es el fundador de Hogar Nazaret, un proyecto para "rescatar niños" del 'infierno' que viven allí

Aquí, en España, en Europa, tenemos la garantía de que, en caso de contagiarnos, nuestro sistema sanitario va a tratarnos con todo lo que la ciencia tiene a disposición ahora mismo. ¿Pero cómo se vive sin esa garantía? ¿Cómo se vive esta pandemia en lugares en los que no hay un respirador a cientos de kilómetros a la redonda? ¿Ni una UCI? Por ejemplo, en la selva peruana.

Allí, en coronavirus sí ha entrado, pero las PCR no. Y hay una persona, un español, Ignacio María Doñoro que está siendo testigo de los estragos que está causando el COVID allí en la selva. Él es el fundador de Hogar Nazaret, un proyecto para "rescatar niños". Rescatarlos de los entornos más horribles que podemos imaginar; incluso, rescatarlos del tráfico de menores. Ignacio María Doñoro, en 'Hora 25'. 

Algunos titulares de la entrevista a Ignacio María Doñoro

Una pandemia en el tercer mundo no tiene nada que ver con el primer mundo. Me dedico a rescatar niños de la muerte, del horror, del infierno. Yo era un tío muy normal. Fui a El Salvador con mucho dinero y me hablaron de niños a los que descuartizaban para traficar con órganos.

Comprobé que era cierto. Con un grandísimo peligro descubrí que mi vida podía tener sentido salvando la vida a niños. Pregunté cuánto costaba y me dijeron que eran 26 dólares lo que costaba la vida de un ser humano. Me hice pasar por traficante de órganos, lo metí en la camioneta y lo llevé a un hospital. 

El niño pensó que lo iba a matar. Que íbamos a un hospital para matarlo. El médico le dijo que se quitara la camisa, pero empezó a temblar. Aquel niño que se llama Manuel me miró y vi la mirada de Dios. En aquel monte había más niños que salvar. 

Un día me encontré con la ministra de Defensa, Carme Chacón y cuando me vio me empezó a contar su vida. Era muy chiquitita y llevaba un chaquetón militar. 

Ella fue la que me tiró a la piscina directamente. 

Todo lo que les ha pasado a estos niños les sirve como resiliencia para la vida. 

A las cuatro de la mañana me dieron una paliza tremenda y cuando pude hablar con mi familia, mi hermano me vio que sollozaba. Él me dijo que sacara la parte positiva. Todo lo que nos ha ocurrido es para que seamos mejores personas. 

Los casos de niños que tenemos son extremos, con heridas purulentas, desfigurados físicamente, con parásitos, con trozos de carne muerta colgando. Pero son las heridas del corazón las que no se pueden curar. 

Cuando estás con un niño en el hospital y te dicen que va a morir no eres feliz, pero yo lo hago por amor. Por amor a Dios. Normalmente estos niños cuando están curados les da vergüenza lo que les ha sucedido. Manuel me escribió una carta de cariño. 

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