Lunes, 30 de Noviembre de 2020

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Carritos de bebés en las colas del hambre: la imagen del drama en el centro de Madrid

Muy cerca de la Castellana, se forma una larga cola con esos pequeños y esas madres y se ha pasado de repartir 400 ayudas diarias al inicio de la pandemia a 3.500 al día en las últimas semanas. "Estamos dando cerca de diez toneladas al día de comida"

Las colas del hambre, cada vez con más carritos de bebe

Las colas del hambre, cada vez con más carritos de bebe / Cadena SER

El griterío político de nuestra crispación diaria sepulta muchas veces una realidad de la que deberíamos ocuparnos con más frecuencia, sobre todo, para dejar en evidencia que las administraciones siguen sin resolverla. Al inicio de la pandemia hablamos mucho de las colas del hambre, pero, lejos de reducirse, se están multiplicando por todo el territorio nacional. Solo Cruz Roja está repartiendo alimentos para casi tres millones de personas en nuestro país o Cáritas Madrid que ha visto cómo se ha disparado de nuevo la petición de ayuda desde el mes de septiembre.

A medida que uno se acerca a esta larga fila llama la atención la cantidad de carritos de bebé y de pequeños de corta edad que esperan más o menos pacientemente a qué les llegue su turno. En esa cola, muy cerca de la Castellana, con esos pequeños y esas madres se ha pasado de repartir 400 ayudas diarias al inicio de la pandemia a 3.500 al día en las últimas semanas.

Entre conversaciones sobre los pequeños, con paraguas y esperando a que no vuelva a llover intensamente, encontramos a madres y niños de muy corta edad. Los más habituales saludan por su nombre a los voluntarios que les llenan los carritos de la compra, pero también los bajos de sus carritos de bebé.

Varias semanas lleva haciendo esta cola Brenda, española, madre joven y sin ingresos. Llega desde Alcorcón a este local ubicado en los bajos de una parroquia, pero de una fundación privada. Está a pocos metros de la Castellana o del Santiago Bernabéu, aunque pertenece al distrito de Tetuán.

Con dos niñas muy pequeñas la pandemia dejó a ambos miembros de la pareja sin trabajo y no han recibido ayudas públicas de ningún tipo. Por ello, lamenta que haya buena parte de la clase política y de la propia sociedad que “no es consciente de la grave situación” de familias como la suya.

Su pareja acaba de conseguir trabajo, lleva 4 días repartiendo paquetes de uno de los gigantes del comercio electrónico y esperan que empiecen a ver una ventana de esperanza en casa.

A otra joven de 26 años, que lleva 9 en España, la despidieron del hotel en el que trabajaba como limpiadora justo en marzo, estaba embarazada y ahora tiene un bebé de dos meses que alimenta con la ayuda de esta fundación que también proporciona los pañales.

El ritmo es frenético. Solo en una mañana los voluntarios reparten hasta 3.500 lotes de comida, pañales y otros productos básicos. La cifra no para de crecer porque cada día llega gente nueva.

La despensa solidaria a la que cada día acuden cientos de personas / N. CASTELLANO

Loren no tiene ni 20 años, lleva solo 2 días acudiendo a esta particular cola de carritos de bebé. A Katherine, que también es nueva, la encontramos con el bebé en brazos y unas bolsas que le acaban de entregar. “Es la segunda o tercera vez que pido ayuda”, explica Katherine.

La pandemia ha dejado en el abismo a familias que llevaban muchos años en España y que han agotado sus ahorros pasado el verano. Con 41 años y tres hijos, esta mujer y su marido fueron despedidos al decretarse el confinamiento y ahora no consigue ya ni trabajos precarios.

"Estamos dando cerca de diez toneladas al día de alimentación"

Conrado Jiménez, el presiente y fundador de la Fundación Madrina alerta del deterioro acelerado de la situación económica que está castigando especialmente a los más pequeños. “En este momento estamos dando cerca de 10 toneladas al día de alimentación”, explica Conrado. Fundación Madrina lleva 20 años asistiendo a madres con hijos pequeños pero el nivel de riesgo alimentario que están viendo no tiene “precedentes”.

Los perfiles que atienden han ido cambiando desde el inicio de la pandemia, ahora llegan más los desempleados recientes que ya se han quedado sin nada. “Ahora hay mucha familia española y mucha familia que está en la hostelería”, señala Conrado, quien incide en que el gran problema que ven ahora es el del “alojamiento”

Entre esta larga cola de madres no solo vienen a por comida, cada vez más piden ayuda para pagar las precarias habitaciones o pisos de alquiler en los que viven y temen ser expulsados. Ante esta situación, denuncia que la ayudas, incluido el tan anunciado ingreso mínimo vital no está funcionando. 

Lamenta que esta situación de tantos miles de familias haya desaparecido de la agenda mediática y sobre todo de la de las administraciones. Jiménez asegura que “nunca había visto unos perfiles tan jóvenes” que necesitan comida, madres menores o que acaban de cumplir la mayoría de edad son cada vez más habituales.

Pasar de donar a recibir alimentos para poder subsistir

Gabriela, una madre que se acerca ya a la edad de jubilación, de lo que se solía definir como clase media-alta, ahora se ve en la necesidad de recibir alimentos de la despensa solidaria del barrio. De nuevo las redes ciudadanas que evidencian que el Ayuntamiento de Madrid en este caso no responde. Es abogada, sigue viviendo en una zona de las más ricas de Madrid, paradójicamente rodeada de los restaurantes de moda, y ha pasado de ser de las que donaban a otros a recibir alimentos para poder subsistir.

Es toda una superviviente, primero de la crisis de 2007-2008, aguantó con su empresa hasta 2011 y acabó en el paro con 53 años. Desde entonces no ha conseguido ni un solo contrato salvo para colaboraciones puntuales. Tiene un hijo de 18 años que estudia arquitectura. Dice que vive en la “supervivencia pura” gracias a sus hermanos y a los amigos, pero que la irrupción de la crisis del coronavirus lo ha complicado todo aún más. “No podía pagar el alquiler y no tenía ninguna moneda”, señala.

Además de derecho acabó otras carreras como psicología y tiene distintos másteres. Ahora, además de voluntaria del grupo vecinal que apoya a los que ahora han caído en el abismo ella también recibe esa ayuda.

También ha pasado de dar apoyo emocional de sus amigas y vecinas, muchas de ellas, afirma “empastilladas hasta los tuétanos”, a verse en una profunda depresión y ahora en esta situación.

Esta española de 62 años consigue a duras penas sacar adelante el piso en el que vive, en el que llama la atención su entrada y escalera para el servicio, como en los pisos más antiguos de las familias más acomodadas de esa zona. Gabriela ha llegado a imaginarse la escena de su desahucio. “Debo tres meses de alquiler. La casera está todos los días llamándome por teléfono”, añade Gabriela, quien critica que las “administraciones no ayudan de ninguna manera”. “No entienden las necesidades de la gente”, continúa. 

“Muchísimos amigos desaparecidos cuando caí en el bajón”

La única ayuda pública que ha recibido en todo este tiempo fueron dos compras de comida que le financió, solo en esas dos ocasiones, el ayuntamiento de Madrid. Por eso también empezó a colaborar con la red ciudadana que está haciendo lo que las administraciones deberían poner en práctica.

Ella ha recibido ya varias negativas a su petición de ayuda, también como abogada ayuda presentando recursos a vecinos que reciben negativas similares sobre todo a la ley del ingreso mínimo vital, que califica como maravillosa en el texto, pero de pésima en la práctica. “No podemos más”, sigue Gabriela.

Ella dice que es un perfil de familia vulnerable que nadie quiere ver, pero advierte, todos podemos caer. “Muchísimos amigos desaparecidos cuando caí en el bajón”, explica. Advierte de que tomemos nota, porque “este injusto sistema económico” deja en la estacada a cualquiera.

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