Lunes, 30 de Noviembre de 2020

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Podcast especial Miguel Hernández | La sombra vencida

El proceso vuelve a empezar. La muerte acecha. El futuro lo van a decidir unos jueces con lenguaje militar y las decisiones que podrían haber cambiado la historia, llegan tarde

Todo el Consejo de guerra, cuya vista es el 17 de enero de 1940, se resume en un folio. Ahí se lee que el fiscal pide la pena de muerte como autor de un delito de adhesión a la rebelión militar. En cambio, el defensor propone que la pena sea rebajada en un grado. Pero, se añade una frase al final: “Oído el procesado, manifestó lo siguiente: “Nada””.

“Va asumiendo que su vida al final va a ser eso”, explica José Luis Ferris. De esta manera, al día siguiente, el presidente del Consejo de guerra, tres vocales y el vocal ponente firman la sentencia de Miguel Hernández.

El auditor que se ocupa de que las sentencia se cumplan añade a la sentencia que condenaba al poeta a muerte: “Quedando en suspenso la ejecución de la condena hasta tanto se reciba el enterado de su Excelencia el Jefe del Estado”.

Y ahora, ¿qué hará Franco?

Aquellos que se atrevieron, pudiendo haberlo perdido todo por buscar una solución, llegaron a hablar con el ministro Sánchez Mazas o con el general Varela, “para que estos se reunieran con el general Franco para que no se repitiera el caso de García Lorca y convencerle de que Miguel Hernández era un poeta que no se merecía estar en la cárcel”, tal y como señala Ferris.

Franco aseguró que si estaba en la cárcel “era porque se lo había merecido”, pero finalmente decidió conmutarle la pena de muerte por la de 30 años y un día, que era la inferior.

Sánchez Mazas, el hombre instruido y culto que le plantó cara al dictador, contestó a Franco ante sus dudas sobre lo bueno que era Miguel Hernández como poeta: “Sí, es un gran poeta. Me puede hablar de todas las estrategias militares, pero no me puede hablar de si un poeta es bueno o no”.

La condena se hubiera extinguido el 3 de mayo de 1969, cuando el poeta hubiera tenido 59 años. Demasiado futuro para un poeta que ingresó en la cárcel de Palencia, entre el frío y el hambre. “Lo pasó mal. En Palencia parece ser que tuvo afecciones muy serias que se pudieron juntar con esos toques de salud que no iban muy bien”, señala Ferris.

Después de Palencia, llegarían las cárceles de Yeserías y Ocañas. Al fin, y enfermo, Alicante, donde los suyos podrían visitarle. No así su padre, que nunca lo hizo.

“El Cancionero es un testamento que nos deja Miguel Hernández de todos esos años que tuvo que vivir después de la guerra”, explica la catedrática Carmen Alemany.

Rebaja de pena que llega tarde

La familia pidió el traslado al sanatorio antituberculoso de Valencia, pero llegó demasiado tarde ya. “La tortura real del ambiente, de la situación y que estar con ellos significaba renunciar a su pensamiento, quizá, le desgastó muchísimo”, comenta el poeta y biógrafo José Luis Ferris.

En 1943, la Comisión de Examen de Penas del Ministerio del Ejército rebajó la pena y esta quedó en 20 años. De esta manera, acabaría en 1959. Esa rebaja se autorizó en el año 1944. Entonces, el poeta, ya llevaba 2 años muerto. Un error que ocurría con frecuencia.

Pero antes, accedió a casarse con con su mujer por la Iglesia. Se casó en la enfermería de prisión y después de la boda llegó el permiso para que lo llevasen a Valencia, al sanatorio, pero ya era tarde. Otra vez

Muerto el poeta, se archiva la causa. “La critica ha consensuado que el último poema que él escribió fue Eterna sombra”, finaliza Carmen Alemany.

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