Viernes, 16 de Abril de 2021

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'Frankenstein' o la amarga soledad

Una novela maravillosa, romántica y muy profunda. Descubrir a los verdaderos personajes, tan transformados por el cine, es una experiencia extraordinaria

Mary Wollstonecraft Shelley nació en Londres en 1797 y murió en 1851. Se crió en el seno de una familia acomodada e intelectual. Su madre, Mary Wollstonecraft, fue una de las primeras activistas feministas mientras que su padre, William Godwin, fue uno de los principales filósofos que teorizaron sobre el movimiento anarquista político.

Con apenas 14 años, conoció al joven poeta Percy Shelley y huyó con él a Francia. Convivieron por algún tiempo y cuando se suicidó la primera esposa del poeta, se casaron. El matrimonio, que duró ocho años, vivió en distintos países y formó parte del círculo de poetas románticos que frecuentaba lord Byron.

Hay que reconocer la fascinante figura femenina que está detrás de la obra, y que solo en los últimos tiempos está empezando a ser reconocida por su verdadera valía literaria. A los 21 años, Mary Shelley publicó su primera novela, 'Frankenstein o el moderno Prometeo', en 1818, que obtuvo un gran éxito. También es autora de las novelas 'Lodore', 'Falkner y la futurista' o 'El último hombre', de 1826, que escenifica, nada menos, que el fin de la civilización en el siglo XXI.

'Frankenstein o el moderno prometeo' es una novela maravillosa, romántica y muy profunda. Descubrir a los verdaderos personajes, tan transformados por el cine, es una experiencia extraordinaria. Escrita hace más de 200 años, al leerla hoy, uno de se da cuenta por qué se ha convertido en un clásico.

La semilla que dio origen a 'Frankenstein'

Una noche de 1816 los escritores Lord Byron, John Polidori, John Keats, Percy B. Shelley, Claire Clermont y Mary Shelley se reunieron en torno a una chimenea en Villa Diodati en el Lago Lemán y jugaron a idear historias de terror. Las cenizas del volcán Tabora, en la actual Indonesia, habían oscurecido el cielo europeo y provocado un acusado descenso de la temperatura. Eso sembró la semilla que, dos años después, fructificaría en la novela gótica 'Frankenstein o el moderno Prometeo'. Byron dejó comenzada una que luego continuaría su médico personal John Polidori, bajo el título de 'El vampiro', que más tarde inspiraría a Bram Stoker su 'Drácula'.

Como señala Herme Cerezo, si nos aproximamos a la lectura de 'Frankenstein o el moderno Prometeo', enseguida nos daremos cuenta de que la novela, aunque sin duda pertenece al género fantástico, tiene poco que ver con ese terror que tantas veces nos han comentado o hemos contemplado en el cine y en la pequeña pantalla sobre el monstruo de Víctor Frankenstein, a la vez que descubrimos la sensación trágica y amarga de la soledad de un individuo, único en su especie, el rechazo que su presencia inspira en los seres humanos y también su desdichado destino.

Como señala Alfonso Gutiérrez Caro, 'Frankenstein' es una oda a la inquietud humana, a su afán de conocimiento y superación, de rebasar los propios límites biológicos y jugar a ser Dios. En ella se advierte de los peligros que conlleva superar ciertos límites, del tormento y el dolor que acuden a la vida de quien osa trastocar las sagradas leyes naturales, tanto para el creador como para el creado. La novela está impregnada de esa curiosidad científica propia de la época, ya que fue escrita pocas décadas después de la irrupción de la Ilustración, fenómeno cultural que daba todo el protagonismo a la razón y a la ciencia, alejándose de los siglos "oscuros" del Medievo en los que la única medida tomada era la divina.

Como relata Joaquín Armada, Mary Shelley perdió a su hija Mary Jane dos semanas después de nacer. Poco después Mary anotó en su diario: "He soñado que mi pequeña niñita volvía a la vida; que solamente se había quedado fría y cuando la acunábamos junto al fuego, revivía".

Una noche, después de una conversación sobre los experimentos del doctor Darwin para "resucitar" materia muerta con electricidad, soñó a Frankenstein. "Abrí mis ojos con terror. La idea había tomado posesión de mi mente de tal forma que el miedo recorría mi cuerpo como un escalofrío y quise cambiar la fantasmal imagen de mi fantasía por la realidad que me rodeaba (...) Lo que me ha aterrorizado a mí aterrorizará a otros".

Un relato que advierte sobre los peligros de una curiosidad científica sin control

Frankenstein no es una obra anticientífica, sino un relato que nos advierte sobre los peligros de una curiosidad científica sin control. Una historia de ciencia y terror que plantea preguntas que investigadores y ciudadanos siempre tendrán que responder: ¿Quién decide qué debe investigarse? ¿Qué límites éticos pueden traspasarse, cuándo, cómo y por qué? Las advertencias de la novela sobre la responsabilidad de los científicos son, tal vez, hoy más vigentes que hace dos siglos.

Mary Shelley subtituló su novela 'El moderno Prometeo', un mito que, junto con Satán de Milton, resultaba muy atrayente para el espíritu romántico como icono de la rebelión contra las tiranías humana y divina. Según la teogonía, Prometeo fue el titán que creó al primer hombre y a la primera mujer con arcilla y robó el fuego de los cielos para entregárselo a su creación. Para Mary Shelley, Prometeo es el doctor Frankenstein. El empleo del fuego, que el monstruo necesita para calentarse y preparar su comida, es un arte que se aprende y que, como todo lo que pertenece al ámbito de lo humano, el monstruo adquiere con sufrimiento.

En el folclore europeo, desde el Polifemo de Ulises hasta el gigante de Grimm, el monstruo es una criatura que actúa por instinto y no reflexiona, un bruto al que fácilmente se engaña y cuyas proporciones no le otorgan las cualidades exquisitas de otras bestias de gran tamaño. El monstruo de Frankenstein es el paradigma de este exceso: no solo sus miembros son enormes y su cuerpo es el de un gigante, sino que él mismo es el resultado de haber magnificado los poderes creativos del ser humano, el producto de una imaginación que se expande más allá de sus fronteras y de los límites sociales, y se adentra en los confines de lo que siempre ha estado y estará prohibido.

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