Domingo, 17 de Enero de 2021

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Al otro lado

"Ahora, de cara a los próximos meses, me repito esa frase: "Ya vas a ver lo que pasa". Porque eso sembró mi padre en mí. No la esperanza sino la curiosidad. No la certidumbre sino la entereza para aguantar lo que suceda"

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Ya está: hemos llegado al año nuevo. Ahora habría que prescribirse un comportamiento irreprochable durante los próximos meses. O sea, hacer silencio o vivir borrachos para desinflamar esta inflación de angustia y desconcierto. El otro día pasaron en la tele la película Rapsodia bohemia, sobre la vida de Freddy Mercury. La había visto en un avión y no me gustó. Pero sí me gustó, entonces y ahora, la recreación del concierto que dio Queen en 1985 en el marco del Live Aid, un recital a beneficio para combatir el hambre en Etiopía. Me emociona la euforia tanática que sobrevolaba aquellos años, cuando recién comenzaba la epidemia de HIV y los cuerpos jóvenes caían despedazados por las pulmonías y el sarcoma de Kaposi. Durante un par de años, en mi adolescencia, fui fan secreta de Queen. Supongo que era la clase de punk aspiracional estúpida que escucha a los Pistols o a The clash con orgullo público y a Queen o Abba o los Bee Gees con bochorno privado. A mi padre no le gustaban Queen ni los Pistols ni The Clash. Para él, el rock y el pop eran cosas innecesarias. Había que tener vivencias como catedrales y entonces escuchaba a Wagner o a Beethoven. O me llevaba al cine. En la pequeña ciudad donde vivíamos pasaban, además de estrenos, películas viejas como Deliverance, o Los doce del patíbulo, o La pandilla salvaje, o Easy Rider. Mi padre las había visto en estreno cinco o diez o quince años antes, cuando yo ni siquiera era un proyecto, y hablaba de ellas con añoranza y admiración, narrando las escenas más épicas con maestría teatral, sin develar detalles clave de la trama porque, decía, “Ya vas a ver cuando la veas en el cine”. Así, cuando esas películas se ponían en cartel, yo corría a pedirle que fuéramos a verlas. Era una experiencia religiosa: tocar la llaga para comprobar que existe. Las películas solían ser brutales. Vi a individuos aplastados por árboles ahogarse al subir la marea, vi cowboys despellejados por apaches, apaches torturados por cowboys, prostitutas buenas como panes, padres psicóticos, invasiones de muertos vivos, robots matahombres descontrolados. Muchas veces, cuando la proyección ya llevaba un rato, mi padre me susurraba: “Ahora vas a ver lo que pasa”. Yo recibía esa frase como una promesa afrodisíaca. Era como si me dijera: “Si hasta ahora te gustó, lo que va a suceder te va a dejar sin habla”. Lo que sucedía siempre era espeluznante o fabuloso, emocionante o aterrador, inesperado. Y yo, gracias a la frase de mi padre, estaba preparada para todo. Ahora, de cara a los próximos meses, me repito esa frase: “Ya vas a ver lo que pasa”. Porque eso sembró mi padre en mí. No la esperanza sino la curiosidad. No la certidumbre sino la entereza para aguantar lo que suceda. Así que eso les deseo: curiosidad, entereza, y un 2021 libre de milagros que no existen.

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