Miércoles, 27 de Enero de 2021

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Un populista, nacionalista, demagogo tóxico y peligroso

Donald Trump pasará a la historia añadiendo a su currículum el calificativo de golpista como en la peor de las repúblicas bananeras

Cadena SER

Desde poco después de las dos de la madrugada la democracia vuelve a funcionar en Estados Unidos. Nunca estuvo tan en peligro como anoche con el asalto al Capitolio que supuso la culminación de cuatro años de populismo nacionalista y fascista, cuatro años de mentiras, de hechos alternativos, de una estrategia pirómana que anoche demostró que puede arrastrar a una de las democracias más consolidadas del mundo a un terreno de destrucción con consecuencias muy peligrosas.

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Lo que pasó anoche tiene un responsable, Donald Trump, alguien que lleva cuatro años jugando con las reglas básicas de la democracia. Y tiene unos cómplices evidentes, todos aquellos miembros del Partido Republicano que no supieron o no quisieron pararle. El resultado, el altísimo grado de polarización de la sociedad norteamericana, completamente partida en dos.

Si durante los cuatro años que dura un mandato cuestionas insistentemente los mecanismos democráticos mediante técnicas populistas, nacionalistas y fascistas, y si durante meses, los que llevamos desde las elecciones, cuestionas el resultado, hablando de fraude, y te niegas a reconocer la victoria de tu adversario, regla número uno en cualquier proceso democrático, es evidente cuál es tu objetivo, y este objetivo se tradujo ayer en al asalto al Capitolio, la residencia de la soberanía popular.

Esto es lo que ha estado haciendo Donald Trump. Lo que pasó ayer no es el resultado de su arenga puntual ante los manifestantes, que también, es el resultado de cuatro años erosionando la democracia en ese país, sin que nadie, en su partido, le parara los pies. Afortunadamente quien se los ha parado es la propia democracia, que sigue funcionando, y la reanudación del pleno que debe confirmar a Joe Biden como nuevo presidente de Estados Unidos, es la prueba de ello.

Cuando todo esto pase, Donald Trump seguirá siendo un populista, nacionalista, un demagogo tóxico y peligroso, pero, afortunadamente, ya no tendrá poder. Pasará a la historia añadiendo a su currículum el calificativo de golpista como en la peor de las repúblicas bananeras.

Aunque, mientras él ya sea historia, ese país debe dedicarse a la reconstrucción, que no va a ser fácil. En esa reconstrucción debería jugar un papel destacado el Partido Republicano que desde hoy debería romper ya todos los amarres con Trump.

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