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'El profesor de persa', palabras frente a la barbarie

El actor argentino Nahuel Pérez Biscayart, conocido por '120 pulsaciones por minuto', protagoniza este drama clásico en el que interpreta a un joven judío que se hizo pasar por persa para sobrevivir en un campo de concentración

Nahuel Pérez Biscayart, en 'El profesor de persa'

Nahuel Pérez Biscayart, en 'El profesor de persa' / AVALON

De pequeñas historias surgen grandes relatos. El llamado cine del Holocausto, fuente inagotable de retratos de la barbarie, lo ha explorado desde múltiples vías. Hay clásicos como La lista de Schindler o La vida es bella y propuestas más radicales, como El hijo de Saúl. El director de origen ucraniano Vadim Perelman bebe del academicismo de las primeras.

Basado en un breve relato titulado Invención del lenguaje (de Wolfang Kholhaasse), El profesor de persa explota la tensión y el suspense con la historia de un joven judío que se hace pasar por persa en un campo de concentración. Ese joven impostor es Nahuel Pérez Biscayart, actor argentino que se rifa el cine europeo tras su trabajo en 120 pulsaciones por minuto. Habla francés, inglés, y en la película lo hace en alemán y en un idioma inventado para seguir con vida. "El personaje está constantemente en tensión y miedo, me parecía una energía interesante de explorar, nunca había actuado en una peli de suspense o terror que pudiera parecerse a eso. Y si bien no es de terror, había una tensión constante que me interesaba explorar, ver cómo actuar el miedo y esa tensión que produce el riesgo de morir", explica en conversación con El Cine en la SER.

Su salvación pasa por enseñar farsi a un oficial del campo que sueña con montar un restaurante en Irán. El alemán Lars Eidinger interpreta a ese gerifalte nazi que sospecha que es víctima de un engaño. Esas dudas se irán despejando gracias al talento y la astucia del joven Gilles, que mientras cocina o completa el libro de registro va memorizando las palabras que se ha ido inventando. Y de entre la oscuridad de la violencia emerge una fábula sobre el poder del lenguaje y la comunicación. "La película propone que a través de un idioma inventado -que también podríamos trasladar al arte, a la cultura, a la poesía, al amor…- dos personajes cuyo vínculo es improbable, a priori imposible, se vuelva posible. Todo en el marco de un personaje que hace todo por sobrevivir y que no lo descubran, no es un intercambio franco, hay intereses detrás, pero, sin embargo, ese idioma abre lugares entre estos dos personajes", añade.

El director de ‘Casa de Arena y Niebla’ humaniza al oficial germano sin mirar para otro lado, muestras las atrocidades y no justifica su comportamiento, e inexplicablemente surgen momentos cómicos, no buscados según los protagonistas, que aligeran la intensidad dramática. "Es muy loco. De hecho, lo descubrimos en la Berlinale cuando mostramos la película por primera vez. La gente se estaba riendo de algunas situaciones, lo que uno hubiera pensado que era imposible. Holocausto, Segunda Guerra Mundial, nazismo, prisioneros, muerte… uno hubiera pensado que aquí no hay lugar para la risa. No sabría decirte si es humor, no lo abordamos desde ese punto, tiene que ver con que la situación es tan tensa y tan fuerte y que hay una parte del público pensando en ese idiota que se está comiendo esa gran mentira, una especie de placer de ver a ese nazi embaucado por este joven astuto".

El resultado es un drama clásico que se apoya en la cuidada recreación de los campos de concentración y en las interpretaciones de sus protagonistas. La imponente presencia física de Lars Eidinger contrasta con la fragilidad y el ingenio de Biscayart, que cree que este tipo de historias siguen dialogando con nuestro presente. "Estamos a un dedo de volver a acometer atrocidades que parecían de otra época, superadas, que ya habían sido digeridas, transformadas y evolucionadas en otra cosa. Estamos muy lejos de haber alcanzado la emancipación, no estaremos en un periodo colonial, pero sí en un periodo neocolonial en el cual los capitales se mueven libremente por todo el mundo pero los cuerpos y las personas están totalmente condenadas a sus espacios. Y los que osan escaparse, lo hacen a costa de vivir epopeyas trágicas que frecuentan situaciones de miedo y muerte constantes", concluye el joven actor. El -falso- profesor de persa es un homenaje a las víctimas y una reivindicación de la memoria histórica en tiempos de zozobra y ultraderecha.

Entrevista completa a Nahuel P. Biscayart

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¿Qué desafío te planteaba como actor este proyecto? Además de los idiomas, pero en eso ya eres experto...

Los idiomas son algo muy central en la película. Hubo varias cosas que me atraparon. El hecho de que Lars (Eidinger) actuara en la película me inspiró porque lo había visto en ‘Hamlet’ en Berlín y me había hecho conectar con algo del teatro que había perdido. Su presencia, su actuación, había sido muy inspiradora y me daban ganas de encontrarme con esa mirada, con esa persona, en escena. Por otro lado, el guion. Si bien cambió bastante con el montaje, hay secuencias que no están, el guion era aún más clásico, más hollywoodiense podríamos decir, el suspense estaba sostenido constantemente, un guion muy compacto, muy hecho para que el público se sintiera constantemente atrapado. Y la verdad es que yo no suelo actuar en películas cuyos guiones son así. Hubo algo de eso que me produjo curiosidad, cómo poder habitar un guion que me parecía tan hermético, y además saber que Lars podía actuar en la película, me parecía un combo muy interesante. Cuando lo vi en teatro, paró la función y de repente le habló a tres chicos que estaban en el público y se armó una obra muy interesante. Sabía que iba a trabajar con un actor que tenía mucha porosidad y mucha capacidad de generar presente. Y eso, en contraposición con este guion tan hermético, me parecía un buen desafío. El personaje está constantemente en tensión y miedo, me parecía una energía interesante de explorar, nunca había actuado en una peli de suspense o terror que pudiera parecerse a eso. Y si bien no es de terror, había una tensión constante que me interesaba explorar, ver cómo actuar el miedo y esa tensión que produce el riesgo de morir.

¿Te ha servido tus experiencias previas? En tu primera película en Francia, Au fond des bois, también te enfrentabas a un lenguaje nuevo y Stefan Zweig es uno de los cronistas del auge del nazismo

Todo sirve, todo suma. De manera inconsciente, todo vive en un uno y va abriéndose paso. En ‘Au fond des bois’ precisamente trabajé con un idioma inventado para la película, una mezcla de provenzal, latín e italiano, aprender idiomas inventados, así se ha hecho el cine europeo -risas-, tienes razón, no lo había pensado. Hay inspiración, claro, lo bueno en este caso es que tuvimos un lingüista que trabajó de forma cercana con el director y el idioma que inventaron no es un simple invento de sonidos, hay una lógica detrás. Fue incluso divertido, en mitad del rodaje, empezar a decir frases de ese idioma inventado. Hicimos nuestro propio esperanto y, por momentos, decíamos: esto está mal dicho, debería ser así, empezamos a pensar con las lógicas gramaticales de ese idioma. Cuando tuvimos que hacer las escenas en falso farsi, me encantó encontrarme actuando en una zonalidad completamente inventada.

La película es una reivindicación del lenguaje, de la palabra, ya sea inventada, como herramienta de acercamiento

Sí, pensar también que siempre hay un lugar de contacto, que todo lo que nos divide es mucho más falso, más artificial, que lo que nos conecta. Artificial quiero decir impuesto, arbitrario, que por supuesto siempre parte del miedo y la ignorancia hacia el otro. La película propone que a través de un idioma inventado -que también podríamos trasladar al arte, a la cultura, a la poesía, al amor…- dos personajes cuyo vínculo es improbable, a priori imposible, se vuelva posible. Todo en el marco de un personaje que hace todo por sobrevivir y que no lo descubran, no es un intercambio franco, hay intereses detrás, pero, sin embargo, ese idioma abre lugares entre estos dos personajes.

Y la importancia de la memoria histórica, ¿está en riesgo ante el contexto político actual y los movimientos ultraderechistas?

Estás hablando con un argentino. Memoria, dignidad y justicia. No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Y claro que sí, estamos a un dedo de volver a acometer atrocidades que parecían de otra época, superadas, que ya habían sido digeridas, transformadas y evolucionadas en otra cosa. Desde lo más mainstream, que llega a todas las pantallas del mundo, como el intento de golpe de Estado en el Capitolio al golpe de Estado en Bolivia al MAS, y tantas aberraciones, el trabajo forzado de los uigur en China, por ejemplo. Estamos muy lejos de haber alcanzado la emancipación, no estaremos en un periodo colonial, pero sí en un periodo neocolonial en el cual los capitales se mueven libremente por todo el mundo pero los cuerpos y las personas están totalmente condenadas a sus espacios. Y los que osan escaparse, lo hacen a costa de vivir epopeyas trágicas que frecuentan situaciones de miedo y muerte constantes.

El personaje es un impostor que lucha por sobrevivir, ¿provoca también esa sensación el oficio de actor?

Siento eso constantemente y creo que no soy el único. Supongo que en el mundo profesional nos pasa bastante eso. Piensas que un día se van a dar cuenta y se va a acabar esto, se van a dar cuenta de que soy un impostor, que no lo merezco, no tengo aptitudes, que parece que lo hago pero no… Todos esos temores y paranoias que nos agarran con uno mismo. Salvo las grandes diferencias, porque la vida del personaje de la película depende de su actuación, actuar tiene mucho de sobrevivir en contextos imaginados, ajenos a uno, en los que tienes que ser lo más creíble posible y tiene que desdibujarse y desaparecer en ese contexto para que nadie nos pongan en cuestionamiento. Sobre todo cuando uno actúa en otros idiomas, como es mi caso. Hay mucho de eso presente.

Hay algo en la película que provoca momentos de humor o comicidad entre tanta tensión, ¿eso estaba en ese guion tan compacto del que me hablabas?

Es muy loco eso que dices. De hecho, lo descubrimos en la Berlinale cuando mostramos la película por primera vez. La gente se estaba riendo de algunas situaciones, lo que uno hubiera pensado que era imposible. Holocausto, Segunda Guerra Mundial, nazismo, prisioneros, muerte… uno hubiera pensado que aquí no hay lugar para la risa. No sabría decirte si es humor, no lo abordamos desde ese punto, tiene que ver con que la situación es tan tensa y tan fuerte y que hay una parte del público pensando en ese idiota que se está comiendo esa gran mentira, una especie de placer de ver a ese nazi embaucado por este joven astuto. Hay algo de placer en eso, en ese iluso que quería creer y ahí se arman esos momentos de risa, de escape. Eso tiene que ver con una conexión, con momentos que se han generado en la película en los cuales la tensión es tan palpable que el público reacciona así.

Estás trabajando con el director español Isaki Lacuesta en un nuevo proyecto, 'Un año, una noche', una historia sobre los atentados de París. Setenta años después es otro tipo de extremismo el que amenaza Europa

Es una película inspirada en una obra de Ramón González, un superviviente de los atentados de Bataclan en París. No es una peli de acción, ni puramente política, cuenta más la historia de esta pareja que sobrevive y cómo es su proceso posterior, la resaca de este evento trágico, cómo se reencuentran con la vida, cómo el amor quizás los puede hacer reconectar, salvar de lo vivido. Tiene que ver con lo que comentabas antes, con los extremismos, con la radicalización. Hay un momento que me gusta bastante en ‘El profesor de persa’ cuando el personaje de Lars dice por qué se unió al partido nazi. Y cuenta que estaba caminando por la calle y vio a unos jóvenes con botas, bien vestidos, fumando cigarrillos de manera muy chula y se inscribió. Uno quizás a veces sobreestima las decisiones personales a la hora de enrolarse en partidos o diferentes movimientos ideológicos, quizás el puntapié es más ingenuo y luego se confirma. Como la radicalización de muchos jóvenes en Europa que acaban combatiendo para Daésh en un inicio sin saber muy bien por qué, no sé, la necesidad de pertenecer a algo, darle un sentido a la vida, de encontrarse con otros aunque sea en un marco ideológico terrorífico. Siempre hay puntos en común, somos la misma especie con las mismas atrocidades en diferentes tiempos históricos.

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