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Volver al pueblo por la pandemia

Con la crisis sanitaria empiezan a ser muchos los que deciden dejar la ciudad y buscar un pueblo para vivir y trabajar. En este regreso a la naturaleza, a la tranquilidad, a una vida donde las relaciones sean más humanas, descubrimos la historia de Gabriela y de Montse, dos mujeres que han decidido cambiar radicalmente su vida en los últimos meses

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Madrid

Pasó de viajar como azafata por todas las capitales de Europa y de servir copas en un bar nocturno en Castelldefells, a despachar comestibles y hacer fotocopias en un pequeño pueblo de poco más de 150 habitantes. Gabriela Calvar decidió hacer un cambio de vida radical cuando acabó el confinamiento. En la ciudad estaba a punto de vencerle su contrato de alquiler de 900 euros al mes. Madre soltera, los horarios escalonados para llevar a sus dos hijos al colegio le hacían la vida cada vez más complicada. El bar de copas que regentaba cerró. Los vuelos que hacía como azafata dejaron de despegar. Entonces, se le metió una idea fija en la cabeza: “Quiero una casa en un pueblo”.

Y lo encontró en Gósol, un pequeño municipio del prepirineo catalán al que a duras penas Gabriela sabía situar en el mapa. Como ella, con la pandemia del coronavirus empiezan a ser muchos los que deciden dejar la ciudad y buscan un pueblo para ir a vivir, para reconectar con la naturaleza y escapar del virus. En Gósol, sin ir más lejos, el alcalde Lluís Campmajó cuenta que en el último año ha aumentado un 20% su población. “Necesitaba irme de la ciudad. Saltar de un barco que se estaba hundiendo", explica Gabriela.

De azafata de avión, al colmado del pueblo

De cámara de televisión a panadera

Hasta hace muy poco, Montse vivía en Sabadell (Barcelona) y trabajaba como operadora de cámara en programas de televisión. Pasó por Aragón TV, por la productora Mediapro, por 8TV... hasta que cayó en que aquello no era lo suyo: “No me gustaban los empujones en las ruedas de prensa, estaba harta de quedar bien con periodistas, con productores. Yo quería hacer un trabajo artesanal, manual, controlar todo el proceso. Mi padre me dijo que yo tenía que estudiar un oficio, y la panadería lo es”.

Así es como Montse comenzó a soñar con convertirse un día en la panadera de un pueblo. Y lo consiguió a finales de diciembre, cuando después de realizar muchas búsquedas en Google se enteró de que en un pequeño municipio al sur de Lleida, en Bovera, le ofrecían rehabilitar un horno de pan que llevaba en desuso más de 20 años.

&quot;Soñaba con ser la panadera de un pueblo&quot;

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