Miércoles, 03 de Marzo de 2021

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Mitra, antecesor de Cristo

Cuando se analiza el nacimiento de Cristo y se le compara con el de otros dioses solares, surgen datos tan similares que al menos nos hacen sospechar en un origen común. Dentro de esta categoría de dioses-salvadores ocupa un lugar predominante Mitra, el redentor persa, uno de los principales dioses de la religión irania anterior a Zaratustra, considerado el mediador entre Dios y los hombres

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La doctrina de Mitra se considera una de las más importantes religiones mistéricas orientales que las legiones romanas difundieron en el siglo II d.C. por todo el Imperio a partir de los territorios limítrofes con Persia. En todas las provincias del antiguo reino se elevaron templos de Mitra. Sólo en Roma se han descubierto trece templos y su culto pervivió hasta el siglo IV d.C. Su base era la antigua creencia persa en la lucha de la luz contra la oscuridad, después sublimada y convertida en dualismo entre el bien y el mal.

La figura central de esta religión es Mitra, el victorioso dios del sol y de la luz, mantenedor de la armonía en el mundo, guardián de todas las criaturas y al que se rendía culto con el sacrificio de un toro. En la liturgia de Mitra hay consagraciones de diferentes grados de iniciación (siete, según San Jerónimo), oraciones, banquetes rituales y sacrificios que conducen gradualmente a una comunión con el dios. Los ritos se celebraban en una caverna natural o en una habitación subterránea, como siglos más tarde harían los cristianos en las catacumbas. Ciertamente, una de las ceremonias consistía en consagrar pan y agua, y no está de más recordar que sobre el altar siempre tenían una luz encendida. El mito cuenta que Mitra, a su pesar, tuvo que sacrificar a un fogoso toro y de la sangre surge después el mundo. Pero gracias al perro, que le lamió la herida, neutralizó los venenos malignos y el toro consiguió dar origen con su cuerpo a todas las plantas y hierbas salutíferas. De la médula surgió el trigo (que asomó por el rabo en forma de espiga), de la sangre, la vid y del semen todos los animales útiles.

Este ritual simbólico se realizaba siempre durante el equinoccio de primavera y, más allá de los velos del mito, en el mitraismo la muerte del toro es la alegoría de la creación y la renovación del año a través del sacrificio, donde Mitra y el toro llevan a cabo, en las funciones de sacrificador y sacrificado, su eterna obra. Estos ritos han sido perpetuados por sus discípulos, considerando a Mitra una especie de mesías que debía volver al mundo como juez de los hombres.

Hoy apenas somos conscientes de la importancia del mitraismo, pero fue tal que el historiador católico francés Ernest Renan escribió: "Si una enfermedad mortal hubiera detenido el cristianismo, Europa habría sido mitraíca". Constantino procuró deliberadamente que apenas hubiera distinciones entre el cristianismo, el mitraismo y el culto al Sol Invictus y que sus principales requisitos fueran convergentes más que divergentes. Así edificaba una iglesia cristiana en una parte de la ciudad y en otra erigía estatuas a la diosa madre Cibeles, a Mitra y al Sol Invictus, este último a su propia imagen y semejanza, con sus propios rasgos físicos. Este sincretismo que promovió el emperador sirvió para que el papa Liberio instituyera como fecha inmutable del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre por decreto y eso lo hizo en el 354, para erradicar estos cultos paganos. A partir de este año, las diferentes comunidades cristianas lo irán aceptando poco a poco.

 

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