Domingo, 16 de Enero de 2022

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Homenaje a todos los Pepes de tu vida

"Así que a mí me gusta mucho este nombre que no suplanta al nombre real del que viene, José, sino que lo ensancha"

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Al decir Pepe, en la memoria se activan una serie de rostros. Gente que he conocido con ese nombre (o que no he conocido), pero que me importa. Mi padre se llama Pepe. A un poeta al que admiro le llamamos Pepe (Caballero Bonald). Un actor deslumbrante es Pepe (Isbert) y otro gran actor es Pepe (Sacristán). Y así voy sumando seres alrededor de un nombre que tiene algo de rato con compañeros de colegio. Pepe. Es más, si alguien me cae muy bien, aunque se llame Alfredo, Óscar o Emilio, a mí a veces me dan ganas de llamarle Pepe, porque parece que así somos más amigos. O que podríamos llegar a serlo. Yo creo que algunos nombres prefiguran un carácter, una actitud ante el mundo, una manera de estar con los otros, y hasta de comprenderlos. No es lo mismo llamarse Cayetano en Madrid que en un pueblo de Murcia. No es igual que te hayan puesto un sonoro Borja en San Sebastián que en Lebrija, provincia de Sevilla. Llamarse Pelayo o Jacobo te exigen empezar una Guerra o llegar a Papa. Pero nada como abrazar a alguien mirándole a los ojos diciendo a compás: "Encantado, soy Pepe". A mí algo así me da confianza. Estoy casi convencido, por otra parte, de que los perros que se llaman Pepe son más listos.

Claro, con este asunto de hoy en El Faro descubro una vez más cuántas cosas desconozco y sin embargo son de uso corriente en mi vida, como lo es llamar Pepe a quien se dice Pepe. Tampoco sabía que este nombre podría venir del latín, de las siglas de "Pater Putativus" (padre putativo). De ahí que las dos primeras letras de esas dos palabras den lo de P.P. Aunque alguien podría decirnos ahora que también son las siglas del Partido Popular. El de la gaviota. Aunque a mí jamás se me ocurriría llamar a una gaviota Pepe. Qué culpa tendrá en este caso la gaviota.

El Pepe más lejano que he conocido era camarero en una tabernita flamenca muy animada, Casa NaNa de Tokio, tan pequeña que ocho personas bastan para poner el cartel de aforo completo. Este Pepe de detrás de la barra era japonés, y cuando le pedías una copa de manzanilla La Cigarrera decía en español: "¡Diiigooooo!", a la manera de algunos tabancos de Andalucía. Por supuesto, aquel hombre no se llamaba Pepe, pero lo parecía. Y es que tú puedes llamar Joaquín a un Juanjo. También Martín a un Mateo. Pero no puedes llamar Pepe a nadie que no se llame Pepe o que no lo merezca. Así que a mí me gusta mucho este nombre que no suplanta al nombre real del que viene, José, sino que lo ensancha. Antes te hablaba de Caballero Bonald. A él le llamamos Pepe y su mujer se llama Pepa. Durante un viaje a Colombia, el poeta enfermó y no había manera de encontrar un teléfono para llamar a su casa de Madrid y tranquilizar a la familia. El único modo de comunicarse a larga distancia era utilizar el telegrama. Y para ahorrar palabras e ir al grano escribió: "Pepa, Pepe, Pupa". Es extraordinario.

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