, 03 de de 2021

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'Lolita', una obra maestra maldita

Una novela provocadora, pero leerla es una gran experiencia estética e intelectual

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Vladimir Nabokov es uno de los más extraordinarios escritores del siglo XX. Nació en San Petersburgo, Rusia, en 1899 y murió en Suiza en 1977. Es el autor de 'La defensa', 'Risa en la oscuridad', 'Pnin', 'Pálido fuego', 'Habla, memoria' o 'Ada o el ardor'.

'Lolita' se publicó en 1955. Es un libro provocador, por el tema, pero leerlo es una gran experiencia estética e intelectual. Mario Vargas Llosa ha dicho de ella que está entre las más sutiles y complejas obras literarias de nuestro tiempo. Es una novela que tiene muchos planos, que está llena de claves intelectuales, de humor, que cuenta un Estados Unidos sorprendente, que penetra como pocas en la personalidad de un monstruo, pero es muchas cosas más.

Nabokov publicó en 1956 una suerte de epílogo a 'Lolita' (Acerca de un libro titulado 'Lolita') del que queremos extraer unos fragmentos. "El primer débil latido de Lolita vibró en mí a fines de 1939 o principios de 1940, en París. Hacia 1949, en Ithaca, en el estado de Nueva York, el latido –que nunca había cesado del todo– empezó a importunarme otra vez.

Combinación e inspiración se unieron con renovada energía y me indujeron a un nuevo tratamiento del tema, esta vez en inglés. La nínfula, ahora con una gota de sangre irlandesa, era, en lo esencial, la misma chiquilla. Pero en todo lo demás la historia era nueva y había desarrollado en secreto las garras y las alas de una novela. El libro avanzaba lentamente, con muchas interrupciones y digresiones. Debía inventar a Norteamérica; obtener los ingredientes locales que me permitieran agregar una pizca de 'realidad' (palabra que no significa nada sin comillas) corriente, un proceso mucho más difícil que en Europa, durante mi juventud, cuando la retentiva y la receptividad estaban en su apogeo.

"Los lectores esperaban una sucesión de escenas eróticas cada vez más fuertes"

Algunas técnicas al comienzo de 'Lolita' (el diario de Humbert, por ejemplo) hicieron pensar a mis primeros lectores que sería un libro obsceno. Esperaban esa sucesión de escenas eróticas cada vez más fuertes; cuando estas se detuvieron, también se detuvieron los lectores, aburridos, y abandonaron el libro. Sospecho que este es uno de los motivos por los cuales en ninguna de las cuatro empresas editoras leyeron el original hasta el fin. No me importó que lo consideraran o no pornográfico. Su negativa a comprar el libro no se basaba en mi tratamiento del tema, sino en el tema mismo.

Hay gentes sencillas que declararán sin sentido a Lolita porque no les enseña nada. No soy lector ni autor de novelas didácticas, y 'Lolita' carece de pretensiones moralizantes. Para mí, una obra de ficción solo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré, lisa y llanamente, placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ánimo en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma.

Todo lo demás es hojarasca temática o lo que algunos llaman la 'Literatura de Ideas', que a menudo no es más que hojarasca temática solidificada en inmensos bloques de yeso cuidadosamente transmitidos de época en época, hasta que al fin aparece alguien con un martillo y le hace una buena raja a Balzac, a Gorki, a Mann.

La acusación que más le dolió a Nabokov 

Otro reparo, hecho a 'Lolita' por algunos lectores, es el de ser antinorteamericana. Esto me duele considerablemente más que la idiota acusación de inmoralidad. Consideraciones de profundidad y perspectiva (el césped de un jardín en una urbanización residencial suburbana, una pradera montañesa) me llevaron a fraguar cierto número de ambientes norteamericanos. Necesitaba un medio estimulante. Nada es más estimulante que la vulgaridad filistea.

Pero, con respecto a esta vulgaridad, no hay diferencia entre las maneras paleárticas y las neárticas. Cualquier proletario de Chicago puede ser tan burgués (en el sentido flaubertiano) como un duque. Escogí los moteles norteamericanos, en lugar de los hoteles suizos o las posadas inglesas, solo porque trato de ser un escritor norteamericano y aspiro a los mismos derechos de que gozan otros escritores norteamericanos. Por otro lado, mi personaje, Humbert, es un extranjero anarquista, y hay muchas cosas, además de las nínfulas, con respecto a las cuales no estoy de acuerdo con él. Y todos mis lectores rusos saben que mis viejos mundos –el ruso, el inglés, el germano, el francés– son tan fantásticos y personales como el nuevo.

Los puntos secretos por los que se urdió 'Lolita'

Cuando pienso en 'Lolita', siempre parezco escoger, para mi especial deleite, imágenes como la del señor Taxistovich, o la de la lista de alumnas de Ramsdale, o la de Charlotte diciendo "Sumergible", o la de Lolita avanzando a cámara lenta hacia los regalos de Humbert, o la de las fotografías que decoraban la estilizada buhardilla de Gaston Godin, o la del barbero de Kasbeam (que me costó un mes de trabajo), o la de Lolita jugando al tenis, o la del hospital de Elphinstone, o la de la pálida, embarazada, amada, irrecuperable Dolly Schiller muriéndose en Gray Star (la ciudad capital del libro), o la de los sonidos procedentes de la ciudad situada en el fondo del valle, que ascendían hasta la carretera de montaña en que me hallaba.

Esos son los nervios de la novela. Esos son los puntos secretos, las coordenadas subliminales mediante las cuales se urdió el libro, aunque comprendo muy bien que leerán distraídamente esas escenas o las pasarán por alto quienes empiecen la lectura de este libro pensando que se trata de algo en la línea de Fanny Hill, o recuerdos de una mujer del partido, o Los amores de Milord Grosvit.

Es muy cierto que mi novela contiene varias alusiones a las necesidades fisiológicas de un pervertido. Pero, después de todo, no somos niños, ni delincuentes juveniles analfabetos, ni alumnos de escuelas públicas inglesas que, tras una noche de juegos homosexuales, deben soportar la paradoja de leer a los clásicos en versiones expurgadas".

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