Miércoles, 21 de Abril de 2021

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Un mal día lo tiene cualquiera

Un éxodo casi obligado

Con la independencia de Kenia, los ciudadanos de origen indio y de origen europeo debían adquirir la nacionalidad keniana y renunciar a la británica. La hostilidad de las autoridades hacia quienes no accedieron fue en aumento

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Para una gran mayoría de los habitantes de Kenia, librarse del dominio británico en 1963 fue un motivo de gran alegría. Por desgracia, muchas de las promesas de la independencia no llegarían a florecer, en algunos casos por interferencia de esos mismos países que antes habían explotado colonialmente a los kenianos. Pero en Kenia hubo también un colectivo que fue víctima de unas circunstancias que no había escogido. Kenia se había librado de formar parte del Imperio Británico, pero incluso antes de que este existiese, en las costas de Kenia había una presencia considerable de indios. Muchos de ellos se habían desplazado hasta el continente africano para facilitar el comercio con el subcontinente indio, pero se habían acabado instalando en otros negocios. Al llegar la independencia, muchos de los comercios de las ciudades kenianas estaban en manos de indios.

El problema para estos indios fue que, al llegar la independencia, los nuevos dirigentes del país les pusieron en una difícil tesitura: tanto los 180.000 kenianos de origen indio como los 42.000 de origen europeo debían entregar su pasaporte británico y adquirir la nacionalidad keniana. Entre los dos grupos, sólo 20.000 lo hicieron. El 4 de febrero de 1968, y viendo que la hostilidad de las autoridades y la población en general iba en aumento, se aceleró un éxodo hacia el Reino Unido que ya había empezado antes. A partir de este momento, muchos abandonaron el país para sobrevivir, puesto que el Estado decretó que sus negocios serían expropiados y entregados a población verdaderamente keniana. Su llegada al Reino Unido tampoco fue un sueño dorado. Los británicos habían estado muy satisfechos con lo de tener un imperio, pero a algunos lo de tener a gente del otro lado del mundo como vecinos, les hizo darse cuenta de su racismo interior. Lo cierto es que, igual que hicieron en Kenia, trajeron mucha riqueza tanto económica como cultural o culinaria a su nuevo país de acogida.

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