, 02 de de 2021

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Los finales

Hace poco vi una película danesa. El título se tradujo como Otra ronda, pero la traducción literal sería Borracho

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A veces me preguntan: “¿Podría contarnos cómo se logra un buen final en un texto?”. ¿Qué respuesta se puede dar a eso? ¿Esperan una fórmula, algo como “Mezcle dos sustantivos, use oraciones subordinadas y no olvide algunos puntos suspensivos, que siempre quedan bien”? Cuando la poeta Ada Limón lee en voz alta, con cadencia maravillosa, la línea final del poema The end of poetry que, traducida al español, dice “Te estoy pidiendo que me toques”, el poema se vuelve más grande con ese verso en el que alguien potente pero derrotado da una orden bajo la forma de un ruego. Los finales son importantes, y sospecho que los realmente buenos se escriben en trance. Hace poco vi una película danesa. El título se tradujo como Otra ronda, pero la traducción literal sería Borracho. Su director, Thomas Vitenberg, es el mismo de La celebración. El protagonista, Madd Mikelssen, un actor más grande que la vida. La película es menor. Cuenta la historia de cuatro profesores de colegio secundario aturdidos por una insatisfacción en la que se amalgaman un poquito de matrimonio tedioso, un poquito de alumnos desatentos, un poquito de crisis de mediana edad. Los cuatro trazan un plan: mantenerse todo el día algo borrachos para ver si logran recuperar el entusiasmo. El plan es más bien zonzo, a la película le falta descaro, pero tiene un final portentoso: los amigos beben y bailan en un muelle, rodeados de alumnos que acaban de egresar, mientras suena una versión jubilosa de What a life, de Scarlet pleasure, y Madd Mikelssen, después de beber un par de tragos, empieza a danzar como si volara, fluido, atolondrado, encarnando una felicidad delirante e insana, pura y sin futuro, aniquiladora. Mirando esa escena sentí que todo tenía sentido: mi vida, lo que hago, estar en este lugar incierto del sur. Días después comenté la película con un amigo, que también la había visto, y me dijo algo estupendo: “Cuando llegué a ese final maravilloso me dio mucha pena que la película no me hubiera gustado más porque, si me hubiera gustado, con un final así yo me vuelvo loco”. Desde entonces, cada tanto, vuelvo a ver la escena. Esos dos o tres minutos que abren los corrales de todos mis caballos, limpian mi patio de hojas secas, me dejan iridiscente, amplia y peligrosa, y me susurran las mentiras que quiero escuchar.

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