Sábado, 27 de Febrero de 2021

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La culpa es de las cosas

"Este procedimiento de castigar a las cosas en lugar de a las personas, sin duda puede ser criticado, pero hubiera resultado también útil en casos recientes, ahorrándonos costosos procesos judiciales, como por ejemplo el de ese Master fantasma de la Universidad Juan Carlos I"

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Eran los años 90, el entonces Rey Juan Carlos visitaba un cuartel del ejército cuando tuvo la mala fortuna de tropezar con un adoquín. La cosa no fue grave pero, una vez terminada la visita, cuenta la leyenda que el adoquín fue “arrestado” como responsable del incidente. Puede parecer surrealista, pero esto de arrestar cosas era una práctica bastante habitual en el ejército según lo que nos cuentan muchos de los que vivieron “la mili”.

Si un soldado aparecía muerto de frio en una garita durante una guardia, la garita quedaba “arrestada” y no se podía utilizar en las siguientes guardias. Si un recluta se quitaba la vida con un Cetme, el fusil quedaba encerrado en una de las dependencias del cuartel y así sucesivamente.

Incluso los coches que se utilizaron durante el golpe de estado del 23 F sufrieron las consecuencias de ese comportamiento indigno y quedaron aparcados “sine die”. Y como todo vuelve, parece que esta práctica regresa en nuestros días, aunque ahora en el mundo de la política: Un edificio acaba de ser declarado culpable de todos los pecados. El malvado inmueble se dejó reformar con unos fondos de procedencia mas que dudosa y por tanto debe ser abandonado a su suerte.

Ni una palabra respecto a quien habitaron sus pasillos y tomaron las decisiones. ¿Para qué? El pasado no son las personas, sino esa moqueta fraudulenta, esas ventanas de climalit que quitarán mucho el frio, pero dejan entrar por las rendijas toda la corrupción que anda por ahí, por la calle, llevando a sus propietarios a la perdición.

Total, ¡Será por edificios! No, no hace falta hablar de nada mas. Y sobre todo de nadie mas. Especialmente de “esa persona a la que usted se refiere”, que es un delincuente culpable de convencer a un montón de gente para pagarle un montón de dinero y quedárselo todo sin que nadie se entere de nada.

¿Por qué? Por culpa de la reforma, claro, de ese aislamiento térmico, que no deja escuchar nada de lo que pasa en los despachos, y tú puedes estar pared con pared con un constructor contando billetes y no te enteras. Es lo mejor: Casa nueva y a empezar de cero. Un color de pintura distinto en los despachos, unas sillas baratitas y a centrarnos en otra cosa, que hay muchos temas.

Este procedimiento de castigar a las cosas en lugar de a las personas, sin duda puede ser criticado, pero hubiera resultado también útil en casos recientes, ahorrándonos costosos procesos judiciales, como por ejemplo el de ese Master fantasma de la Universidad Juan Carlos I.

En lugar de perder el tiempo en dilucidar si determinada persona hizo o no hizo algunos trabajos, o se presentó o no ante un tribunal, ¿por qué no ahorrarnos el problema y condenar al sistema informático por alterarse a si mismo e inventarse un certificado?

Sí, no lo vamos a negar, el resultado sería un absurdo, pero no mucho mas que aquel al que ha llegado la justicia condenando al que ha confesado y dejando libre de culpa a quien exhibía con orgullo un papel firmado por un tribunal inexistente.

Además hay otra ventaja: Si en el futuro aparecen mas masters fantasma, ya sabremos quien es el culpable: Ese maldito disco duro.

¿La solución?: A martillazos.

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