Jueves, 17 de Junio de 2021

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'El jugador', la pasión torturante de Dostoyevski

Una novela de una intensidad extraordinaria, agotadora y apasionante

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Fiódor Dostoyevski nació en Moscú en 1821 y murió en San Petersburgo el 9 de febrero de 1881, hace 140 años. Es uno de los principales escritores de la Rusia zarista, cuya literatura explora la psicología humana en el complejo contexto político, social y espiritual de la sociedad rusa del siglo XIX. Es considerado uno de los grandes escritores de Occidente y de la literatura universal. Autor de 'Los hermanos Karamazov', 'Crimen y castigo', 'El idiota' o 'Los demonios'.

'El jugador' está escrita como si fuera un diario, se preocupa más por esbozar sensaciones que por escribir un relato fluido y bien trabado. Nunca sabemos lo que pasa en realidad, solo lo que ve y siente el protagonista. Es una novela de una intensidad extraordinaria, agotadora y apasionante.

La pasión por el juego atormentó a Dostoyevski el resto de su vida

A finales de agosto de 1863, Fiódor Dostoyevski, en viaje por la Europa Occidental, se detuvo cuatro días en Wiesbaden con objeto de probar fortuna en la ruleta. Ganó al principio unos 10.000 francos y, según confesión propia, hubiera debido contentarse con esa ganancia y alejarse cuanto antes de la ciudad. Pero una tentación irresistible le arrastró de nuevo al casino y a la pérdida de la mitad de lo ganado el día anterior. Así empezó la pasión por el juego que había de atormentarle el resto de su vida.

Además, tuvo una pasión torturante: la que sintió por Apolinaria (Polina) Prokófievna Súslova, su compañera de viaje en tal ocasión. Fue una excursión de dos meses, jalonada por arrebatos de sensualidad, fases de hastío, humillaciones, reproches, rupturas y reconciliaciones. A decir verdad, resulta difícil deslindar lo que hubo de amor y odio en ambas pasiones. Dostoyevski habla indistintamente de la "poesía del juego" y el "infierno de la ruleta", y, a juzgar por testimonio escrito de ambas partes, la pareja protagonizó alternativamente la poesía y el infierno del amor. La pasión amorosa y la pasión por el juego se dan en forma complementaria en Dostoyevski durante ese verano. Cuando una flaquea, se robustece la otra.

Tres años después de su viaje con Polina Súslova, y como eco de la honda huella que dejó en su espíritu, Dostoyevski dictaba en algo menos de un mes la novela 'El jugador'. La taquígrafa, Anna Grigórievna Snítkina, joven de 20 años, fue la primera en oír de labios del propio escritor la historia –sin duda metamorfoseada, pero auténtica en lo sustancial– de sus borrascosos amores con Polina.

Y ello no deja de tener interés, ya que breves meses después Anna había de convertirse en la segunda esposa del novelista. La novela tiene no solo una base autobiográfica, confesional, sino también un propósito terapéutico. El hecho de que la novela fuera dictada contribuye asimismo a reforzar el carácter nervioso, entrecortado, de una fábula en que lo vivo es por lo menos tan importante como lo pintado.

El novelista quiere purgar, poniéndolos de manifiesto, los humores nocivos que en su organismo había engendrado el devaneo con Polina. Palpitante todavía estaba el recuerdo de una aventura que, lejos de refinarle y ennoblecerle, le había envilecido. Y viva, como llaga enconada, seguía la memoria de la degradación aneja a su pasión por el juego.

La xenofobia de Ivánovich y Dostoyevski

En Alekséi Ivánovich, el "jugador" que relata en primera persona un capítulo de su vida, Dostoyevski se propone retratar a un cierto tipo de "ruso en el extranjero", desarraigado, trashumante, insatisfecho, que detesta a la "Europa culta" (aunque solo un poco más de lo que detesta a su país natal), pero sin poder alejarse de ella, prendido en la malla de un maléfico hechizo, víctima de la desidia, pregonero de la propia bajeza.

La xenofobia de Alekséi Ivánovich, que es en gran medida la del propio Dostoyevski, se refleja en su caracterización de franceses, alemanes y polacos. Los franceses (Des Grieux, mademoiselle Blanche) rigen sus acciones por el cálculo, el cinismo y la rapacidad, rasgos disimulados apenas por la elegancia de modales y una cortesía fría y estudiada.

Los alemanes son toscos, vulgares o de una laboriosidad mezquina y cruel. Los polacos son serviles, rastreros y ladrones. Pero de esta visión despectiva tampoco se escapan los rusos, a quienes por codicia o vanidad vemos despilfarrar en las "ciudades de la ruleta" los caudales procedentes del sistema feudal de su país de origen. La única excepción parecen ser los ingleses, cuyo tacto y generosidad Alekséi Ivánovich hace destacar en sus impresiones del excéntrico míster Astley.

Este artículo contiene fragmentos de la nota preliminar de Juan López-Morillas en la edición de Alianza Editorial

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