Martes, 20 de Abril de 2021

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"Los cadáveres se nos amontonaban": el testimonio de la crueldad de lo ocurrido en las residencias de ancianos

Hoy se cumple un año del primer fallecimiento por COVID de una anciana que vivía en una residencia

Hoy se cumple un año del primer fallecimiento por COVID de una anciana que vivía en una residencia. En este caso, era el inicio de la pandemia, a ella sí la llegaron a trasladar al Hospital. De hecho murió en el Gregorio Marañón. No ocurrió lo mismo con las decenas y decenas que fallecieron después, al menos en la Comunidad de Madrid. En la SER, hemos hablado con la médica de una residencia de ancianos. Nos ha pedido que le distorsionemos la voz, porque no son muchos en el sector y tiene miedo a represalias.

Soy médico de una residencia y quiero contar mi experiencia de cómo fueron los primeros momentos del COVID en mi centro. Creo que es la peor experiencia laboral que he vivido en mi vida. Los pacientes empezaban a ponerse de repente malitos, pero malitos, malitos malitos, se desaturaban rápidamente y no sabíamos por qué, pero se morían. En los primeros momentos alguien empezó a decir que había que utilizar mascarillas, por lo menos para protegernos un poco, pero desde la administración de la residencia nos dijeron que no, que no y que no. Que no nos podíamos poner mascarillas porque íbamos a asustar a los pacientes. De hecho si a alguien se le ocurría ponérsela, alguna auxiliar, alguna enfermera se le ocurría desobedecer, había que llamarles la atención inmediatamente. Con lo cual, todos entrábamos a las habitaciones a pecho descubierto a auscultar, a hacer los aseos, a coger las vías... Todo sin ningún tipo de protección.

La ayuda que tuvimos de nuestro hospital de referencia fue nefasta, fue nula, fue horrible. Cada vez que llamábamos, porque no sabíamos qué tratamiento aplicar, qué poner a los residentes que estaban enfermos, nos hacían un tercer grado para darnos algún tipo de medicación. Claro que nosotros podíamos acceder a medicamentos utilizando las recetas convencionales de farmacia, pero lo que dependía del hospital, pero no los medicamentos de uso hospitalario. Entonces teníamos que llamar al hospital y hablar con el geriatra correspondiente, decirle el nombre del paciente, todos sus síntomas y constantes...Te tirabas un montón de tiempo al teléfono en vez de estar tratando a tus ancianos. Ninguno queríamos llamar al hospital. Además, cuando ya era obvio que lo que tenían que hacer era derivarlo, si el paciente era dependiente, simplemente el hecho de que estuviera en silla de ruedas, aunque cognitivamente estuviera bien, eso ya era suficiente para que te dijeran que no. Entonces, claro, los estaban condenando porque ni nos daban a nosotros la única medicación que estaba resultando beneficiosa en aquel momento, la hidroxicloroquina, ni los trasladaban al hospital para tratarlos allí. A ver, entiendo que en los hospitales lo tenían muy difícil, pero lo nuestro, de verdad, creo que era peor.

Los residentes se nos morían. No teníamos oxígeno, porque nuestros centros no están medicalizados, se lo poníamos a través de balas de oxígeno, concentradores, que no eran suficientes para las desaturaciones que sufrían. Nos vimos obligadas a colocar juntos a dos pacientes, un ratito se lo poníamos a uno, le quitamos la mascarilla y se lo poníamos a otro.

Los pacientes morían solos, bueno con nuestra compañía, porque no estaba permitido que entraran los familiares. Los muertos se nos acumulaban. Yo he llegado a firmar hasta diez certificados de defunción en mi turno. Morían muchos y no todos tenían patologías previas que lo justificaran. Había mucha gente válida a la que todavía no le había llegado su momento. Y murieron. Pudimos derivar a muy pocos al hospital. Los primeros días, te diría que a ninguno. Después y a costa de ponernos muy, muy pesados conseguimos alguna derivación pero sólo de residentes válidos. Murieron muchos, muchísimos.

Las funerarias tampoco podían más y los cadáveres se nos amontonaban. Teníamos que comprar bolsas para meterlos y se nos acumulaban en las habitaciones, en la sala. Y veíamos las noticias y hablaban, como escandalizados con nosotros, que había un muerto en su cama, al lado de su compañero. Pero es que no daba tiempo, no daba tiempo a sacar los cadáveres, no había personal para trasladarlos, no había EPIS... Eran tantos y tantos, uno tras otro, que no dábamos abasto. Y, lo siento, pero allí no apareció nadie de Atención Primaria.

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