Jueves, 17 de Junio de 2021

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Tras la pista de un disparo en 'Y eso fue lo que pasó'

Una novela triste, intensa, hipnótica y durísima desde la primera frase

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Natalia Ginzburg nació en Palermo en 1916 y murió en Roma en 1991. Es una de las voces más singulares de la literatura italiana del siglo XX. Comprometida, combativa, inteligente y brillante. Ha publicado novelas, como 'Léxico familiar', teatro como 'Me casé por alegría', y ensayos como el maravilloso 'Las pequeñas virtudes'.

'Y eso fue lo que pasó' se publicó en 1947, cuando Natalia Ginzburg volvió a Turín después del asesinato de su marido en 1944. Es una disección del alma humana que, a pesar de saber que tiene la batalla perdida, siempre lucha por dar con el sentido. Es una novela triste y muy intensa, hipnótica, durísima desde la primera frase.

Como escribe Italo Calvino: "Natalia Ginzburg es también una mujer fuerte. Quiero decir una escritora fuerte, y se trata de una condena que pesa sobre sus libros, como también la resignación a un peso que no se aligera con ese lenguaje suyo tan piadoso, o emotivo, o evasivo. Ni siquiera hay en ella una pizca del femenino abandono a las sensaciones, ese intermitente juego de la memoria que le es tan propio a Virginia Woolf y a tantas otras escritoras y poetas. Natalia Ginzburg cree en las cosas, en los pocos objetos que consigue arrancarle al vacío del universo: bigotes, botones. Cree en sus sentimientos, en sus gestos, dóciles o desesperados".

"Le pegué un tiro entre los ojos"

Como señala la propia autora, "el disparo nació por casualidad. Deseaba escribir, encontré un disparo y le seguí la pista. Pero el disparo no responde a una necesidad real de la historia. La historia sucede a disgusto y en otro lugar. El disparo era, precisamente, un propósito. Habría sido justo que esa mujer no hubiese disparado, sino que simplemente hubiese imaginado que disparaba. Cuando la escribí tenía la mente confusa y enredada en la oscuridad, por esa razón lo que aún está vivo en esta historia, y como es lógico en esa mujer, es precisamente la oscuridad, la confusión y el enredo".

Como nos cuenta la autora: "Esta historia de 'Y eso fue lo que pasó' la escribí casi íntegra en la oficina de la editorial en la que trabajaba entonces. Era poco después de la guerra y había estufas de terracota que lo ahumaban todo porque los radiadores habían sido destruidos durante la guerra y todavía no había habido tiempo para reponerlos. Esta historia está llena de humo, de lluvia y de niebla. No sé qué otra cosa había flotando en mi cabeza aparte del humo y la lluvia. A veces nos vemos inclinados a escribir no solo libros que nos gustan mucho, sino también otros que no nos gustan en absoluto. Son esos los que acaban llevándonos por calles oscuras, los que nos hacen tocar acordes secretos, colmándonos de lágrimas y conmociones a veces innobles y vulgares, pero esas conmociones y esas lágrimas, que surgen de nosotros a pesar de que nuestra mente es hostil a ellas, son las que nos dan el impulso de la escritura".

"La novela que yo escribí era una novela sin puntos ni comas. No tenía ganas de ponérselas. Las comas son como los pasos. Los pasos producen cansancio, y yo no tenía ganas de cansarme, me sentía sin fuerzas y no quería caminar, sino sentarme y recostarme. Por eso escribí 'Y eso fue lo que pasó', una novela casi sin comas, aunque luego acabé poniéndole algunas y cansándome también un poco, con el cansancio que lleva componer la arquitectura de una historia aunque sea leve, porque mientras escribía también pensé que no se puede hacer nada en la vida sin algo de cansancio. Durante la escritura nunca me preocupó saber si la mujer que escribía era o no era yo misma, porque en aquel momento era demasiado infeliz y dejaba a mi infelicidad que se alimentara donde quisiera".

La infelicidad de Natalia Ginzburg

"Algunas personas, cuando han leído esta historia, me han llegado a decir: 'Si hubieses sido más feliz, habrías escrito una historia más bella'. Yo nunca decía nada porque me parecía que tenían razón. Es cierto que tenían razón, pero era más cierto aún que no se trataba de que yo estuviese intentando ser menos infeliz escribiendo aquella historia, sino sencillamente intentaba llegar a escribir algo a pesar de mi infelicidad y sin haberme curado, escribir sin dejar que mi infelicidad enturbiara e hiciera enfermar las cosas que escribía. Aunque para llegar a ese punto es necesario que la infelicidad no sea en nosotros una pregunta lacrimosa y llena de ansiedad, sino una conciencia absoluta, inexorable y mortal".

Como señala Carlos Javier González Serrano, Ginzburg no solo se plantean interrogantes humanamente imposibles de resolver (el sentido, la libertad, la imposibilidad de dar con la felicidad, etc.), sino que también, con enorme fuerza descriptiva, casi dolorosa, pero también redentora, describe los avatares concretos que nos esperan a la vuelta de cada esquina: el amor, la desidia, el deseo, la sexualidad, el encuentro con el otro (incomprensible, inaccesible, hermético), la amistad… pero sobre todo el miedo, el terror que causa la temible certeza de que el fin siempre está cerca. Un fin que nada tiene que ver con la muerte, o no solo con ella, sino también y sobre todo con la necesidad de imprimir nuestro sello en el mundo, de ser quienes somos hasta las últimas consecuencias.

Como nos cuenta Manuel Bartolomé, Natalia Ginzburg creció rodeada de hermanos bastante mayores que ella y cuando era pequeña siempre la mandaban callar, por lo que tuvo que acostumbrarse a decir las cosas deprisa y con pocas palabras para captar la atención. Este rasgo contagió su escritura. Y es que un punto fuerte de la novela es su estilo. La narración está compuesta por frases muy cortas y apenas hay comas y otros signos de puntuación. El testimonio de la protagonista se presenta más desnudo y crudo gracias al ritmo de la narración. De hecho, la propia autora reconoce que planteó la novela a modo prácticamente de un ejercicio de estilo. Redactó la frase antes citada y después se dejó llevar para comprobar cuál era el rastro de ese disparo.

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