Domingo, 16 de Mayo de 2021

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REPORTAJE | GUERRA EN SIRIA

Hamza, el inventor que quiere cambiar la vida de otros niños refugiados

9 de cada 10 niños sirios, más de 6 millones de pequeños, necesitan ayuda humanitaria para sobrevivir dentro del territorio

Otros 2,5 millones de menores son hoy refugiados en los países vecinos

Al reto de darles cobijo o de alimentarles se une el de garantizar su educación para que no sea otra generación perdida

3,5 millones de niños sirios siguen sin poder ir a la escuela 10 años después del inicio del conflicto

Hamza, el inventor que quiere cambiar la vida de otros niños refugiados

Hamza, el inventor que quiere cambiar la vida de otros niños refugiados / N. Castellano / A. Zamarreño

A Hamza no hay barrera que le impida seguir su camino. Sobre la silla de ruedas de su padre, discapacitado como él, cruzó la frontera siria hacia Jordania donde lleva ya 9 años. Ahora con 14, y con su propia silla de ruedas, este adolescente que no tiene movilidad en ambas piernas desde su nacimiento, no para quieto ni un segundo y con los pocos medios que tiene en el campo de refugiados de Zaatari desmonta y rediseña todo tipo de juguetes y artilugios electrónicos. Es uno de los 43.000 niños sirios que habitan en el mayor campo en oriente próximo.

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El reto de mantener la educación formal para los millones de niños que han salido de Siria, más de 2,5 millones están en los países del entorno, es mayúsculo para los gobiernos de esos estados que muchas veces reciben apoyo de agencias como Unicef. Los pequeños escolarizados en centros formales se enfrentan ahora al cierre de muchos colegios por los efectos de la COVID-19, como está pasando en Jordania, que la semana pasada volvió a cerrar todos los colegios por el aumento de la incidencia del coronavirus. Esto también ha afectado a Hamza, en el campo de refugiados de Zaatri, donde solía acudir a una de las 13 escuelas que ha puesto en marcha Unicef, y que permiten que más de 20.000 niños puedan seguir recibiendo clases. Sólo en Jordania hay 323.000 menores sirios refugiados, la mayoría instalados en entornos urbanos.

Pero si para cualquier niño de la guerra, dentro de Siria o en el exilio, es complicado seguir con una educación más o menos formal, para los que tienen serios problemas de movilidad se complica aún más. "Me llamo Hamza, tengo 14 años, estoy en séptimo y adoro los inventos". Se presenta con una enorme sonrisa este futuro inventor que vive en una caseta prefabricada especial. Tiene agua corriente y el baño adaptado, además de rampas para acceder de manera segura a los distintos cuartos gracias al plan de Unicef para estas familias con necesidades especiales. Hamza, que no puede mover las piernas desde que nació, se mueve de manera segura por su casa en su silla de ruedas, fuera, donde la mayoría de los caminos son de tierra y piedras sufre mucho para hacer el mínimo recorrido, incluido el que le lleva al colegio.

"Llevo aquí más de 9 años, llegué con solo 5", explica. Zaatari es su hogar y a pesar de todas las dificultades de vivir en un sitio como este dice que piensa cumplir su sueño, que desde pequeño ha tenido claro que le encantan los ordenadores, desmontar los aparatos electrónicos o los coches de juguete, y reinventar su funcionamiento. Explica con un lenguaje propio de un chico mucho más mayor que todo está por hacer en el futuro y que el suyo pasa por "nuevos inventos que cambien el mundo, quiero hacer realmente algo impresionante y único" dice entusiasmado.

Detalla que su día a día no es fácil en el campo de refugiados porque no lo es moverse por aquí con una silla de ruedas. Que tiene muchos retos, pero sobre todos, ir al colegio, por las condiciones del camino, o ir al baño en la escuela "es horrible" para él porque no está acondicionado. Hamza agradece que Unicef le haya adaptado su cuarto y su baño a su silla de ruedas, y que eso le ha ayudado que ahora esté mucho mejor que cuando llegó hace 9 años.

Un lugar donde poder formarse adecuadamente, "Siria o donde sea"

Lo que tiene claro es que no puede dejar de ir al cole allá donde vaya, "por encima de volver a Siria o estar en Jordania lo que quiero es poder tener unos buenos estudios en tecnología. Me gustaría ir a donde sea, Canadá, Australia, Reino Unido o donde pueda estudiar tecnología avanzada", dice mirando a sus orgullosos padres.

Con la COVID-19 no puede ir al colegio presencialmente desde hace un año, intenta seguir un programa de educación online, pero no tiene tableta o un ordenador, solo a ratos lo puede hacer con el único teléfono móvil con internet en su casa prefabricada, el de su padre. "La mejor educación es la presencial, por mí iría mañana mismo al cole". Dice que tiene miedo de que el coronavirus le frene su aprendizaje como a otros niños en el campamento de refugiados. Es un ejemplo de como la vulnerabilidad de estas familias queda aun más expuesta ante el cierre de los colegios. No tener instrumentos tecnológicos para seguir las plataformas digitales o pagarse una cuenta de internet supone una auténtica brecha para los pequeños refugiados más pobres, como Hamza.

Hamza sueña cada noche con "inventar algo para las personas con discapacidad, algún robot, mejores sillas de ruedas, también algo para ayudar a los ciegos, a los niños refugiados o para la población en general", dice acompañado de su hermano pequeño Khaled, que no se separa de él. Su padre, también en silla de ruedas, se ríe a carcajadas y su madre, que acaba de traer el pan recién hecho, le guiña el ojo. Estamos en el patio de una caseta con chapas metálicas, donde llama la atención la impoluta y colorida cocina con todos los vasos y las teteras perfectamente alineados.

Hamza con su hermano Khaled, en el patio de la casa en la que vienen en el campo de refugiados de Zaatari. / N. Castellano / A. Zamarreño

El único recuerdo que le queda de Siria es que en frente de su casa "siempre había gallinas con sus polluelos", que era muy pequeño cuando tuvo que huir con su familia. Procede de Deraa, donde comenzaron precisamente hace 10 años las protestas contra el régimen, el germen de la guerra.

Nos muestra un coche de policía de juguete a pilas, al que le ha cambiado la electrónica y le ha añadido luces nuevas, dice que es solo una muestra de lo que capaz de hacer a pesar de no contar con material en el campo de refugiados. En un curso de Unicef le acaban de dar una medalla por ese invento. Ni la guerra ni sus problemas de movilidad parecen poner freno a este inventor que promete superar todas las barreras, incluida la de recibir una educación adecuada en un campo de refugiados.

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