Lunes, 12 de Abril de 2021

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Opinión

Casi no quedan gorriones

Nadie sabe muy bien por qué sucede. Dicen que los echamos de nuestro lado con tanto ruido y tantas luces, pero también creen que los envenenamos con la contaminación, aunque tal vez pudiera ser que estén muriendo a causa de alguna malaria de los pájaros

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Barcelona era una ciudad de palomas, o eso pensábamos cuando íbamos a la plaza de Catalunya para hacer aquel turismo de billete de autobús y de bolsa de garrapiñadas que practicaba la gente que soñaba con ver mundo; pero luego sabíamos que Barcelona y todas las ciudades del universo, de nuestro universo, el de los coches recién lavados, resplandecientes junto a la acera en las calles de tierra, y los postes de la luz, su madera vieja en pie como el tótem de una tribu irreivindicable, y las mesas de los bares al aire libre con familias comiendo caracoles, que todas las ciudades del planeta, por encima de las palomas, pertenecían a los gorriones. Hoy se celebra el día mundial del gorrión. Fue idea de unos científicos de la India, que quieren avisarnos de que los gorriones están despareciendo. Nadie sabe muy bien por qué sucede. Dicen que los echamos de nuestro lado con tanto ruido y tantas luces, pero también creen que los envenenamos con la contaminación, aunque tal vez pudiera ser que estén muriendo a causa de alguna malaria de los pájaros. Gustavo Adolfo Bécquer dejó a su muerte por tuberculosis, que fue otra pandemia, un cuaderno de rayas lleno de anotaciones y de poemas, y lo tituló Libro de los gorriones. A Bécquer y a Machado les unen Sevilla y el cielo azul de las golondrinas que vuelven, pero en Machado iba a ser cielo de un exilio aún más oscuro que las golondrinas, porque ya no volvería, y también les une Soria, el lugar donde viven la canciones de Gabinete Caligari, y en cuyo camino se encuentran de nuevo Bécquer y Machado. Otro poeta, León Felipe, dijo que su vida era como la de una piedra pequeña, una piedra ligera. Cuando se acaben los gorriones sólo quedarán piedras. Y tendremos que buscarlos en las canciones de Edith Piaf, y en los pasodobles de Gabinete.

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