Martes, 13 de Abril de 2021

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Una vida de perros (guía)

El proceso de preparación empieza antes incluso de nacer. Se selecciona genéticamente. Cuesta más que un coche y tiene lista de espera de hasta tres años. Esto es lo que Juanjo Millás y Paqui Ramos se encontraron en el centro de adiestramiento de la ONCE

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Es un sol. El edificio en el que cuidan y preparan a estos animales tiene esa forma. Un cuerpo central redondo del que salen varios rayos que son los módulos en los que se encuentra el hospital, las perreras, el área de partos y el laboratorio de cría. Éste es el principio del viaje, el laboratorio en el que Simón Martín busca al perro perfecto física, conductual y genéticamente. Los labradores son los mejores, aunque se está experimentando con cruces de otras razas que mejoren ciertos aspectos. Por ejemplo, el caniche. Su pelo apenas se cae y es perfecto para usuarios con alergias.

“Cuando nacen son como esponjas y todo lo que absorban en sus primeros días de vida marcará su futuro. Por eso les tenemos entre algodones Mónica es la responsable del centro y, con todas las precauciones, nos permite asomarnos a una de las habitaciones en las que 8 cachorros se pelean por ser los primeros en llegar a la teta de su madre. Nadie más que sus cuidadores pueden entrar y tocarlos.

A los dos meses, cuando ya están suficientemente maduros, se entregan a una familia que voluntariamente decide hacerse cargo del perro durante algo más de un año. La ONCE se encarga de su manutención, de las revisiones y de darles las pautas para que vayan aprendiendo y no cojan los vicios de un perro normal: no comen nada más que pienso, no pueden subirse a la cama o jugar de cualquier manera. Están continuamente bajo supervisión. Se trata de que alcancen su madurez y que se vayan acostumbrando a vida en la calle. Les llevan al cine, a la bolera, a la biblioteca.

Adaptación del "usuario" Juanjo Millás a Urma, la perra guía / Jaime Mulas

Después de este periodo con la familia de acogida toca volver al centro para su adiestramiento. “Por la mañana trabajan en un circuito, después comen y por la tarde juegan” con sus juguetes y con Minimiau, el gato que campa a sus anchas para que los perros se acostumbren a su presencia y, en el futuro, no pierdan los papeles cuando vayan con su dueño y algún gato se cruce en su camino.

Pasada la instrucción toca adaptarse al usuario. Antes de la pandemia, la persona ciega pasaba dos semanas en una residencia del centro. Tiempo necesario para conseguir una conexión entre el animal y su futuro dueño. No cuenta María Jesús, la directora, que no siempre se consigue. “No siempre hay ese feeling. Y, al igual que no todos los perros consiguen ser guías, no todos los usuarios se acostumbran a ser guiados.

Alfredo es un usuario veterano. Este es su segundo perro y lleva ya con él diez años. Le costó adaptarse a ese ser vivo que la primera noche no le dejaba dormir con sus ronquidos. “Pero después no puedes ir a ningún sitio con él”.

Esta preparación y estilo de vida va encaminada a que sean perros tranquilos, obedientes (siempre y cuando no pongan en riesgo al usuario). Cuando los ves por la calle parece que van tristes o resignados, en realidad van concentrados. Ahí afuera hay muchos obstáculos y su trabajo es evitar que su compañero choque con ellos.

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