Martes, 13 de Abril de 2021

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Mucha alma

"No sé por qué soy mala a veces. Quizás porque nuestra necesidad de consuelo es insaciable y el mundo se empeña, una y otra vez, en arreglarnos con migajas"

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Era sábado. Un peso colgaba del cielo, algo grave y dañino como un moretón. El hombre con quien vivo y yo caminábamos por Palermo, un barrio de Buenos Aires. Llegamos a una galería en la que funcionan una casa de decoración y un café. Entramos. En el café había un hombre sentado, haciendo un boceto. Me dijo “La estoy dibujando a usted”. Me asombró, porque yo no llevaba allí más de treinta segundos. Le dije “Bueno”, sin ganas. El sujeto tenía una media de cada color, un pantalón con manchas de pintura. Había algo en su atuendo que resultaba irritante, un afán por dar con el personaje bohemio. Con voz engolada, que nada tenía que ver con su aspecto, me dijo: “Le aviso porque algunos se enojan”. Le pregunté: “¿Porque los dibuja?”. “No, porque les dibujo el alma”. Sentí la embestida de una cólera que conozco y le dije: “Antes va a tener que encontrarla”. Entonces el tipo me preguntó si el hombre que estaba conmigo era mi pareja. Respondí, con tono intencionadamente desaprensivo: “¿Él? Sí”. Me dijo: “Bueno, ¿ve? Entonces usted tiene alma, porque si no estaría sola. Seguramente debe ser un alma hermosa, se lo veo en los ojos, ¿verdad que sí, caballero?”. El hombre con quien vivo lo miró enviando mensajes mudos, como quien quiere advertir “Mejor cállese”. Porque me conoce. Porque yo, dentro de mí, ardía con esa ira injusta que pueden despertar una frase o un gesto de personas a las que jamás hemos visto antes. Sin conocerlo, sin saber de sus pesares ni de sus carencias, me enfurecía ese hombre con su filosofía barata, su tenderete para vender optimismo, su discurso para hacer sentir bien a las personas. Me quedé quieta, drenando esa violencia muda, arbitraria. No sé por qué soy mala a veces. Quizás porque nuestra necesidad de consuelo es insaciable y el mundo se empeña, una y otra vez, en arreglarnos con migajas. O quizás porque sé que esas migajas son, para muchos, suficientes. Y que a mí nunca me bastan.

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