Martes, 13 de Abril de 2021

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Luces de colores

"Uno de ellos saca su teléfono con un tema de reguetón y se pone a bailar bajo las luces de colores de la ambulancia, que lo iluminan como en una discoteca"

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Desde un balcón de Malasaña hemos visto de todo en los últimos meses: ligues a distancia, trabajados a fuego lento, de ventana a ventana durante el confinamiento, hare krishnas danzando y cantando por las calles, incluso gente esquiando después de la gran nevada. Últimamente lo que más se ve desde ese balcón es gente disfrutando de las terrazas. Disfrutando de ellas o haciendo cola religiosamente para conseguir una de las codiciadas mesas.

El sonido de las voces llena el aire y por un momento todo parece haber vuelto a la normalidad, pero no a la nueva, sino a la de antes. Gente contándole su vida a otra gente, compartiendo una copa o un plato de cualquier comida del mundo. De Grecia a Chile, pasando por Italia o Pekín sin salir de la misma calle.

Muy temprano para aprovechar el tiempo, los restaurantes sacan sus platos a las aceras y los olores se mezclan ahora con las voces hasta que, de pronto, un nuevo sonido viene a sumarse al ruido de la calle en medio de la noche. Es el SAMUR. Una ambulancia que irrumpe en medio del bullicio. Sus sirenas con luces de colores dan un falso aire festivo a la calle.

La gente desde las mesas de las terrazas mira a la ambulancia pasar y por un momento las conversaciones cesan mientras las miradas se concentran en el vehículo que avanza despacio, como si todos esperaran ver dónde ha caído la mala suerte esta vez. La ambulancia se detiene frente a un portal y los sanitarios comienzan su labor de forma que, en pocos minutos, la camilla vuelve a entrar en el vehículo con un cuerpo cuyo rostro apenas ha habido ocasión de distinguir. No parece muy mayor.

Un grupo de amigos de fiesta pasan al lado. Uno de ellos saca su teléfono con un tema de reguetón y se pone a bailar bajo las luces de colores de la ambulancia, que lo iluminan como en una discoteca. Otro de los del grupo le agarra el brazo y le pide que lo deje. El del teléfono no quiere parar. Debe estar muy bebido y le parece gracioso. Los otros se lo llevan como pueden.

En el balcón de enfrente un hombre en bata de unos 70 años lo observa todo. Todavía no le ha llegado la llamada para vacunarse y mientras la ambulancia arranca, mira con preocupación ese territorio hostil que para él es todavía la calle. El sonido de la sirena se va perdiendo a lo lejos de forma que no ha pasado un minuto y todo queda olvidado. El rumor de las voces vuelve a elevarse aún más que antes. La gente mira sus teléfonos. Hay el tiempo justo para pedir una última copa.

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