Miércoles, 12 de Mayo de 2021

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José Zorrilla y sus fantasmas

Para conocer la personalidad de José Zorrilla hay que saber cuáles fueron algunos factores que marcaron y, de alguna manera, condicionaron su vida y su obra.

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Uno importante fue la tensa relación que mantuvo con su padre exageradamente disciplinario que siempre le regañaba, hiciese lo que hiciese: "Mi padre no había estimado en nada mis versos: ni mi conducta, cuya clave él sólo tenía".

De manera directa, fue el rigor de su padre el que animó a Pepe (como así era llamado) a tomar una de las decisiones más importantes de su vida. Como no le gustaba la carrera de Derecho que le habían impuesto (al igual que le pasó a Julio Verne), su padre le obligó a ir a Lerma (Burgos) a cavar viñas, pero cuando se dirigía allí, robó la yegua de su primo y huyó a Madrid para malvivir de sus poemas y de lo que surgiera. Al año siguiente, en 1837, aprovecha la oportunidad que le brinda el destino de recitar unos versos suyos ante el sepulcro de Larra, muerto por suicido el 13 de febrero.

José Zorrilla Moral, en su autobiografía titulada Recuerdos del tiempo viejo (1880), se hace la siguiente pregunta: “¿Por qué siendo desde chico muy cobarde no hay en mis escritos más que muertos y desastres, fantasmas y aparecidos, conjuros y evocaciones, que más parecen mis libros tratados de cabalística y demonología que trabajos de hombre social y de buen cristiano?” Pocos saben que el autor de Don Juan Tenorio tuvo varias experiencias de fantasmogénesis cuando era niño, experiencias que le sirvieron para alimentar su fantasía y ambientar alguno de sus numerosos relatos sobrenaturales. Él mismo señaló sus defectos y virtudes en el logro del éxito obtenido: “He aprendido desde joven una cosa muy difícil de poner en práctica: el arte de hablar mucho sin decir nada, que es en lo que consiste generalmente mi poesía lírica…”.

Tuvo una de estas extrañas experiencias infantiles (que relata en sus memorias) en una habitación de la casa de Valladolid que la familia Zorrilla tan solo usaba para guardar muebles viejos. Resulta que estaba jugando con su caballo de cartón, recorriendo pasillos, cuando entró en ese cuarto y allí se le apareció, en forma de espectro, su abuela paterna (llamada Nicolasa Caballero) sentada en un sillón y vestida con una ancha falda verde y con puños de encaje. Tocó sus manos y le acarició el pelo largo y ensortijado que tenía a sus seis añitos: “con afable pero melancólica sonrisa me hacía señas con la mano para que me acercase a ella (...) y me dijo con una voz que no sabré explicar dónde me resonaba, si en el corazón, en el cerebro o en el oído: “Yo soy tu abuelita; quiéreme mucho, hijo mío, y Dios te iluminará”.

Algunas de sus obras de teatro tuvieron una génesis singular como “El alcalde Ronquillo” o “El puñal del godo”, escrita por apuesta en un tiempo récord de 24 horas en el año 1842. El argumento lo buscó en La Historia de España, del Padre Mariana, metiendo en el tocho tres tarjetas por tres páginas distintas. Una vez hecho esto, Zorrilla eligió al azar el episodio de la muerte de don Rodrigo en tierras de Portugal. Las prisas del empresario y la imposibilidad de disponer de actrices, que se negaban a estudiar su papel en tres días, le obligaron a suprimir de su obra todo papel femenino. Para Zorrilla eso no era ningún inconveniente. Tenía recursos e imaginación para todo.

 

 

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