Martes, 11 de Mayo de 2021

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Lentes antiguas. Tecnología óptica

Si partimos de la base de que lentes, anteojos, gafas y telescopios son considerados inventos recientes, partimos entonces de una base errónea

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Recordemos, para empezar, que el científico griego Ptolomeo (100-170 d.C.) realizó en su libro La Óptica un detallado estudio sobre las propiedades de las lentes y los espejos, tanto convexos como cóncavos, adelantándose con mucho a los estudios de los científicos renacentistas.

La época tolemaica supuso un impulso y un claro desarrollo de todas estas técnicas. Además, hay que aplicar el sentido común. Si estas culturas conocían el uso de las lentes –como así fue- era lógico que conocieran alguna especie de catalejo o rudimentario telescopio para ver las cosas que tenían en la lejanía, pues era tan fácil como colocar dos lentes convexas -de cristal o de vidrio- dentro de un tubo y luego regular la distancia entre ellas para conseguir el enfoque adecuado.

Cientos de lentes antiguas inexplicablemente han sobrevivido a siglos de saqueos, guerras y barbaries. Algunas egipcias, micénicas o troyanas nos han llegado en perfectas condiciones, lo suficiente para saber que en épocas anteriores a Cristo se conocía el pulido de lentes de cuarzo y que se usaban tanto para ver de cerca como para ver a distancia. De hecho, ese conocimiento sirvió para que las primeras gafas se desarrollaran a finales del siglo XIII en Italia y de ahí, con el invento de la imprenta, pasaran al resto de Europa.

Los chinos del siglo IV a.C. poseían catálogos de manchas solares, conocían los ciclos de máxima activad solar que se producen cada once años y describieron 284 constelaciones. Salvo que tuvieran ciencia infusa, lo más lógico es pensar que se ayudaron de observatorios astronómicos y de instrumentos ópticos para tener todos esos conocimientos, al igual que pasó con los mayas.

Hay que esperar hasta 1609 para que alguien sea capaz de perfeccionar el telescopio del holandés Hans Lippeshey, utilizando dos lentes simples, una plana convexa y una bicóncava, colocándolas en los extremos de un tubo de plomo. Galileo fue el primer hombre –dicen- que vio los anillos de Saturno y las lunas de Júpiter ayudado por su pequeño telescopio. Y Lippeshey tampoco fue el primero. Se habla del catalán Joan Roget, pero ya se conocían excelentes lentes de cristal de roca desde hacía varios siglos.

Una pista nos la proporciona la denominada “lente de Layard” -o “lente de Nínive- con forma oval que se adapta perfectamente a la cuenca del ojo humano como si de un cristal de gafa se tratara. Lo inquietante de esa lente, que se conserva actualmente en el Departamento de Antigüedades de Asia Occidental del Museo Británico, es que data nada menos que del siglo VII a.C. Los historiadores prudentes y convencionales aún no admiten que se pudieran fabricar -y menos usar- este tipo de sofisticada tecnología utilizando una pieza de cuarzo hace 2700 años. Lo curioso, además, es que la lente de Layard tiene estrías regulares de 45º que recorren el borde, estrías que fueron realizadas para permitir que esa lente estuviera montada, lo más firmemente posible, en una banda metálica que la rodeaba, vamos, en una montura de oro o similar.

En ocasiones hay que admitir que no somos los primeros en muchos inventos tecnológicos. 

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