Martes, 11 de Mayo de 2021

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¿De qué se ríen?

"Es sólo un esbozo de sonrisa a veces forzada cuya función parece ser, más que la de expresar nada, la de evitar cualquier sombra de expresión"

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Hay varias maneras de valorar la calidad de un actor. Una es analizar su actuación por la forma en la que interpreta cuando habla, en el momento en que dice sus diálogos. Otra es valorar cómo escucha. Aunque resulte paradójico, es ahí donde suele demostrarse verdaderamente el gran talento. Cualquier actor con medianas cualidades es capaz, a base de paciencia y estudio, de resultar expresivo recitando su parlamento, pero cuando llega la hora de escuchar y reaccionar al diálogo del otro desde el silencio, la cosa se complica. Si el gesto es muy contenido, la expresión puede quedarse corta, resultar demasiado neutra. Una cara de palo que no dice nada.

Si se gesticula demasiado, lo que intenta ser interpretación se convierte en una mueca y puede llegar a resultar ridículo. Últimamente algunos de nuestros políticos están viviendo ese problema. Por alguna razón que se me escapa varios de ellos han decidido que la mejor forma de afrontar el momento del contraplano en la tribuna del congreso o en un debate es sonreír. Siempre y en todo momento. Mientas el oponente político desgrana sus críticas y argumentos, el político en cuestión esboza una sonrisa permanente que a veces no se sabe muy bien si quiere ser cínica o intenta expresar que las razones del contrario se la traen al pairo.

“Dientes, dientes, que eso es lo que les jode”, decía una famosa tonadillera. Pero esto no llega ni a eso. Es sólo un esbozo de sonrisa a veces forzada cuya función parece ser, más que la de expresar nada, la de evitar cualquier sombra de expresión. Mientras la boca se mantiene en ese rictus constante, evitamos el riesgo de permitir que nuestros enemigos adviertan cualquier reacción ante sus palabras, al tiempo que nos proporciona un aire despreocupado frente a la crítica y optimista respecto al futuro.

Demuestra nuestro buen humor y falta de complejos. El problema viene, como con todos los recursos de la interpretación por eficaces que nos parezcan, cuando se reiteran demasiado y se convierten en una mueca que ya no sabemos adaptar a las distintas situaciones. Si la discusión se centra, por ejemplo, en un número de muertos por la pandemia que superan con mucho la media nacional, o en la realidad de las colas del hambre, el contraplano de esa sonrisa perenne resulta cuando menos contraproducente e incluso ridículo. El espectador termina entonces por hacerse la pregunta: con las ucis a punto del colapso y la economía por los suelos, ¿por qué están tan contentos? ¿De qué se ríen?

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