Martes, 11 de Mayo de 2021

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Cosas que nos trajeron hasta acá

"Me parecía una buena idea volverme elegante, no tener siempre los pies fríos, no usar siempre jeans y botas viejas. Pero él me decía "Parecés un rifle" y a mí me gustaba eso, que me comparara con algo peligroso"

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Hoy salí a correr. Habían anunciado lluvia pero todo brillaba como si la tierra fuera una armadura y el reflejo del sol se estrellara contra el cielo. Siempre corro por calles llenas de talleres mecánicos de los que salen olores disciplinados y previsibles: pintura, nafta, neumáticos, olores plenos, hijos del trabajo. No sé por qué, mientras corría recordé la discoteca. Estaba en el centro de Buenos Aires y era horrible, pero íbamos porque el precio de la entrada incluía canilla libre de alcohol. Una noche fui con tres personas más. Cuando me acerqué a buscar cerveza a la barra, uno de los hombres del grupo vino conmigo. Yo lo conocía poco pero me gustaba. Tenía una sonrisa cínica aunque era una persona dulce, y esa ambigüedad interponía una prevención que me parecía saludable. Era muy hermoso, con un cuerpo bueno por naturaleza, sin gimnasio, bien ejecutado. Mientras estábamos en la fila me dijo: “Sos un tesoro con dueño”. Me di vuelta, espantada por la cursilería, y le dije: “Dueños tienen los autos”. Dejamos la fila y nos fuimos al baño de varones. Nos metimos en uno de los cubículos. Tenía una manera de besar excelente, con un punto de pudor y discreción, como si pidiera permiso. No había pasado mucho cuando nos golpearon la puerta: “Eh, que el baño no está para eso”, gritó alguien. Salimos. De todas maneras teníamos que volver. En la pista nos esperaban su novia y el tipo que había ido conmigo, que no recuerdo quién era. Después nos vimos muchas veces. Yo no estaba realmente interesada. Sólo quería llevar a cabo mi danza de la curiosidad, ver qué sucedía. Lo dejé de a poco, como quien se quita un gusto que sabe que no puede tener: el exceso de azúcar o de vino. Lo vi irse definitivamente una mañana de invierno. Lo acompañé hasta la avenida y, antes de subir a mi departamento, compré hamburguesas. No sé por qué recuerdo ese detalle absurdo. Su novia era una chica hermosa que usaba blusas de seda, tacos altos y collares. Yo a veces quería ser como ella. Me parecía una buena idea volverme elegante, no tener siempre los pies fríos, no usar siempre jeans y botas viejas. Pero él me decía “Parecés un rifle” y a mí me gustaba eso, que me comparara con algo peligroso. Hoy me acordé de estas cosas. No porque las extrañe, sino porque me trajeron hasta acá y me llevarán, todavía, a muchas partes.

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