Miércoles, 12 de Mayo de 2021

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El paseo de Rosa y Javier un año después

El COVID parece haber dejado por el camino otras secuelas. Javier, con antecedentes epilépticos superados hace décadas, ha tenido tres ataques en los últimos meses. Arrastran problemas de memoria y concentración, pitidos en los oídos, erupciones anómalas en la piel y a Rosa le han diagnosticado fatiga crónica

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Hace un año y un día, 2 de mayo de 2020, era sábado. Lo recordarán porque después de un largo periodo de confinamiento, pudimos salir a pasear y hacer deporte.

Aquella mañana, Rosa Roma y Javier Regalado salieron a dar su primer paseo por las calles de Guadarrama. Caminaron despacio, disfrutando de la tibieza del sol. Javier estaba muy débil. Había ingresado en el Hospital de Torrelodones horas antes de que se declarara el estado de alarma. Durante las semanas que estuvo hospitalizado, el COVID le hizo envejecer quince años, perder más de 20 kilos y casi la vida.

Javier sostenía que había superó al virus gracias a Rosa, “mi ángel de la guarda”, que después de insistir a la doctora y al hospital, consiguió que la dejaran compartir habitación con él. Durante aquel paseo, Javier y Rosa vieron las primeras amapolas en un descampado que subía por la ladera. Del Paseo de los Tilos salía una calle corta, destino final de aquel primer paseo, porque allí estaba la casa que habían empezado a construir meses antes de que apareciera la pandemia.

Entraron en lo que iba a ser la cocina, todavía sin puerta, sin ventana, sin amueblar, con algunas baldosas. Y por un momento, se permitieron imaginar el futuro

Ha pasado un año. La casa se acabó de construir y Javier y Rosa viven en ella. En la cocina hay una mesa real y dos sillas en las que se sientan a desayunar cada mañana frente una ventana por la que ven vacas pastando. Las caras parecer felices, la vida les ha permitido cumplir con lo que soñaban, pero no todo ha salido como esperaban.

Javier sigue durmiendo mal. Cada noche toma dos pastillas que no le libran de las pesadillas. “Te has caído de la cama”, le dijo Rosa una madrugada al verlo en el suelo. “No, me he tirado de la cama. -respondió Javier- Estaba teniendo un sueño en el que el virus me estaba agarrando por detrás y no me soltaba. Tuve que reunir toda la fuerza de la que fui capaz para soltarme y tirarme de la cama".

Rosa sigue sin poder escapar del virus. Cayó en una espiral de miedo y angustia. “Yo veía que podía volver a pasar. Yo lloraba continuamente pensando que el bicho se iba a apoderar otra vez de nosotros. Se apoderó de mi vida de tal manera que no podía ver nada positivo”. Rosa acudió a consulta psiquiátrica, fue tratada con antidepresivos y ansiolíticos y sigue en terapia psicológica. Para comprender por lo que está pasando Rosa es necesario añadir algunas variantes, como trasladarnos a su lugar de trabajo.

Santa Rosa de Lima es una residencia para personas con discapacitad intelectual mayores de 45 años. Fueron los padres de Rosa quienes pusieron en pie el proyecto en 1970. Está el pueblo de Los Molinos, en la sierra de Guadarrama. Está concertada con la Comunidad de Madrid y tiene capacidad para 41 residentes.

Durante la pandemia murieron cinco. “Fue muy dramático. Entre otras cosas, porque uno de los fallecidos tuvo que estar tres días aquí en el centro. Por mucho que llamaban a las funerarias, no había suficientes medios y aquí no hay una sala adecuada para mantener un cadáver”

Casi el 90% de los residentes y más de la mitad de los trabajadores de la residencia se contagiaron. “Recuerdo la primera vez que un chico empezó a tener fiebre. El médico del centro se tiró todo el día para gestionar su ingreso en el hospital. Se fue de la residencia a las nueve de la noche y a las nueve de la mañana ya lo habían devuelto. En el hospital nos dijeron que no se podía quedar, que no tenían medios suficientes y que había que ir gestionando quién podía quedarse y quién no”. A partir de ese momento, no les dejaron ingresar a ningún enfermo más. Como compensación, les proporcionaron condensadores de oxígeno y medicación paliativa para los enfermos terminales.

En plena crecida de la pandemia, Rosa ingresó en el hospital de Torrejón de Ardoz para estar al lado de Javier. Antes autorizó por escrito a que sus hijos se pusieran al frente de la residencia. “A partir del 25 de marzo, mi hijo con 20 años y mi hija con 22 años, se quedaron con esto: una residencia con la mitad de los trabajadores de baja, treinta chicos ya infectados, su madre en el hospital y su medio padre muriéndose. A mi hijo David se le murió uno de los residentes y a mi hija Cristina, otro, en sus manos. Y eso me ha creado una culpabilidad tremenda a lo largo de todo este año. Aquí vino la Unidad Militar de Emergencia, vinieron los bomberos a descontaminar, esto era la guerra. Y yo los mandé aquí. Me he culpabilizado y, sobre todo, les he pedido perdón. Te sientes culpable porque yo siento que eso debería haberlo pasado yo, pero no podía”

El COVID parece haber dejado por el camino otras secuelas. Javier, con antecedentes epilépticos superados hace décadas, ha tenido tres ataques en los últimos meses. Arrastran problemas de memoria y concentración, pitidos en los oídos, erupciones anómalas en la piel y a Rosa le han diagnosticado fatiga crónica. Javier y Rosa salen a la calle. Es el final de la tarde, pero todavía queda una buena hora de luz y comienzan a desandar aquel primer paseo de hace un año.

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