Domingo, 13 de Junio de 2021

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Exceso de convicciones

Dosifiqué los capítulos de sus seis temporadas con lentitud, como si intentara retener a un amigo que se marcha a vivir a otro país. Sin embargo, alguien a quien se la recomendé me dijo: "No me gusta"

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Empecé a verla en diciembre y terminé hace pocos días. Dosifiqué los capítulos de sus seis temporadas con lentitud, como si intentara retener a un amigo que se marcha a vivir a otro país. Sin embargo, alguien a quien se la recomendé me dijo: "No me gusta. No aguanto el hecho de que pase de todo pero nunca pase nada". Eso era, justamente, lo que me volvía loca: ese carácter frígido, impávido ante el riesgo. Hay series que son como capillas, lindas pero discretas; otras que son como iglesias románicas, pulidas e irreprochables; y otras, como esta, que son catedrales desbordadas, lugares en los que pululan dios y el diablo, divinidades confundidas. Se llama The Americans, ganó muchos premios y ya es vieja (la primera temporada se emitió en 2013), pero llegar tarde no me preocupa: siento interés por lo que perdura sin marcar tendencia, lo que queda en la banquina. Transcurre durante la Guerra Fría y está protagonizada por un matrimonio de espías de la KGB que viven en Estados Unidos. El matrimonio es una fachada a la que le ponen, literalmente, el cuerpo: para que sea verosímil incluso engendran hijos. Convencidos de que la madre Rusia está por encima de cualquier cosa –sobre todo, de ellos mismos-, asesinan, dejan un rastro de huérfanos, inducen a un adolescente al suicidio, planifican el encarcelamiento de por vida de una chica de 18 años para extorsionar a su padre que trabaja en la CIA, se fingen cuidadores de una mujer con cáncer terminal para espiar a su marido y, cuando no la necesitan más, colaboran con su muerte de manera asquerosa. Pero a lo largo de meses sólo quise las cosas les salieran bien: que pudieran matar y extorsionar sin que nadie los descubriera. Porque no es una serie de espías sino una historia acerca de la convicción, de sus daños colaterales y de cómo, en su nombre, podemos volvernos seres monstruosos. Leí que se hizo con un presupuesto bajísimo y que, a medida que avanzaba, perdía audiencia a raudales. No sé cómo lograron llevarla hasta su final perfecto. Quizás los productores compartían con los protagonistas la convicción de que hay cosas más grandes que uno mismo. Cuando terminó me sentí abandonada. Como si una señal de alarma –algo que alerta que la vocación es sólo un exceso de convicciones, que toda vocación se cobra un precio- se hubiera apagado para siempre.

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