Lunes, 14 de Junio de 2021

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El fenómeno de los castratis

"Allí por donde pasaba, su arte era saludado como un milagro", escribe en su diario Charles Burney, que conoce a uno de los más célebres castrati del siglo XVIII, Farinelli, cuando el artista ya estaba retirado en Bolonia y se hace eco de su famoso duelo de resistencia con un trompetista

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Burney lo cuenta así: "Al principio resultó amistoso y simple­mente entretenido, pero el público empezó a tomar partido; después de hacer un crescendo y diminuen­do en una nota, donde ambos trataban de demostrar la potencia de sus pulmones y competir entre sí, los dos al unísono hacían el crescendo y un trino en ter­ceras que se prolongaba tanto que ambos parecían exhaustos. Mientras tanto, el público aguardaba, expectante. El trompetista, totalmente agotado, se rindió, suponiendo que su antagonista estaría tan fatigado como él; pero Farinelli, con una sonrisa que demostraba que había estado jugando como un gato con un ratón, siguió cantando sin interrupción, con renovado vigor".

Y concluía Burney: "En la voz de Farinelli había potencia, dulzura y ritmo, y en su estilo, ternura, gracia y velocidad. Poderes irresistibles que deben haber subyugado a los oyen­tes, ya fueran cultos o ignorantes, amigos o enemigos". Esa era la fama de los castrati, cuya voz seguía siendo la de un niño, aunque con la potencia de un varón. Farinelli pasó 22 años de su vida en España para actuar ante la reina Isabel de Farnesio haciendo prodigios vocales y se quedó en la corte para aliviar a Felipe V de su depresión nerviosa a quien le cantó cada noche, durante 10 años, las mismas cuatro arias.

A diferencia de los eunucos, los castrati tenían fama de ser grandes amantes pues conservaban el miembro viril, si bien tenían suprimida la secreción de la hormona de la testosterona y también de los espermatozoides. Hubo algunos que “dieron la nota” como el italiano Gaetano Majorano, llamado Caffarelli, quien estuvo a punto de ser asesinado en Roma por un marido celoso. Otro castrato, Gasparo Pacchierotti, se enamoró perdidamente de la marquesa de Santa Marca y casi muere en manos de su amante. O el caso más sorprendente de todos, Tenducci, que se casó y tuvo dos hijos propios porque al parecer nació con tres testículos y de niño tan sólo le habían inhabilitado dos. En su 'Historia de los castrati', Patrick Barbier escribe que en el XVIII "se los vinculaba con la figura tradicional del ángel músico y encarnaban a la vez (por su música, mucho más que por sus actos) la pureza y la virginidad". Una cosa era su voz y otra su vida privada.

Con el fin del Barroco y la incorporación de las mujeres a la escena musical, las voces de los castrati desaparecieron de los escenarios. La despedida de Giambattista Velluti en 1830 supuso el fin de los cantantes castrados de la ópera, aunque en el Vaticano y otras iglesias siguieron actuando hasta su prohibición definitiva en 1902. La última excepción la representó Alessandro Moreschi que pudo demostrar que le había sido practicada la operación para curarle una hernia inguinal y es el único castrato a quien hoy podemos escuchar en una grabación de principios del siglo XX.

 

 

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