Martes, 22 de Junio de 2021

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El peligro y la salvación

"El filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad que ha desarrollado fobia al dolor y que el imperativo "sé feliz" es el resultado de una exigencia de rendimiento ultracapitalista: los tristes no producen"

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El poeta español Miguel Hernández lo dijo en los años treinta, cuando escribió este verso: "Yo sé que ver y oír a un triste enfada". Ahora, casi un siglo después, no hay espacio para los que andan con el ánimo por el piso. La vida ideal es una pradera cubierta de colchonetas para hacer yoga, glaseada por una capa de bienestar megahormonado. Hay que estar bien, la felicidad no es búsqueda sino mandato y sentirse arrojado al vacío de la existencia es tan demodé como el exceso de spray para el pelo. En su último libro, La sociedad paliativa, el filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad que ha desarrollado fobia al dolor y que el imperativo "sé feliz" es el resultado de una exigencia de rendimiento ultracapitalista: los tristes no producen. "Nada debe doler –escribe Chul Han-. No sólo el arte, sino la propia vida tiene que poder subirse a Instagram, es decir, debe carecer de conflictos y contradicciones que pudieran ser dolorosos". Sin embargo, hay esperanzas: la artista serbia Marina Abramovic, un soldado de la performance que no ha hecho otra cosa que experimentar con el dolor, ganó este mes en España el premio Princesa de Asturias. En 2010, el MOMA realizó una retrospectiva donde Abramovic realizó una performance que consistió en permanecer 736 horas sentada, inmóvil, mirando a espectadores que se turnaban para estar frente a ella. Para entonces llevaba décadas explorando los extremos: en 1973 realizó la performance Ritmo 10 en la que clavaba rítmicamente un cuchillo en los espacios que quedaban entre los dedos de una de sus manos. No fue la única vez que hubo sangre y pedazos de Abramovic desparramados por ahí: en Ritmo 5 casi se quema viva; en Ritmo 2 tomó una pastilla para provocarse catatonia; en Ritmo 0 dispuso 72 objetos que los espectadores podían usar libremente sobre su cuerpo, entre los que había tijeras, un cuchillo, una pistola y una bala y la gente le arrancó la ropa, le hizo cortes en el cuello, le clavó espinas, y uno de los espectadores cargó la pistola y la apuntó a la cara. No sé nada de arte, así que no sé bien qué es lo que está haciendo Abramovic, o qué quiere decir, pero sé lo que produce verla: el espectáculo monumental de una vida viva, de alguien que encarna lo que dijo Hölderlin y que nuestra era parece haber olvidado: donde está el peligro está la salvación.

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