Viernes, 03 de Diciembre de 2021

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Auguste Mariette o el rescate de Egipto

François Auguste Ferdinand Mariette había venido al mundo el 11 de febrero de 1821 y era el hombre que necesitaba desde hace años la egiptología: una persona que acabara con todos los saqueos de antigüedades y que hiciera comprender a los propios egipcios el valor incalculable de su patrimonio cultural, importante no solo para ellos, sino para el resto de la humanidad

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Hijo de François Paulin Mariette, jefe de la oficina de la marina de su ciudad natal, Boulgne-sur-Mer, y de Eugénie Sophie Mélanie Delobeau, el pequeño François fue un alumno excelente desde los primeros cursos en la escuela. Sin embargo, los numerosos premios recibidos en sus años de estudio, realizados en el prestigioso Colegio de Boulogne, de poco le sirvieron cuando su padre enviudó.

Una simple coincidencia hizo que Mariette tuviera que clasificar toda la documentación recogida durante años sobre el antiguo Egipto, por uno de sus primos, recientemente fallecido. Éste no era otro que Nestor l'Hôte, la mano derecha de Champollion en su viaje al Valle del Nilo entre los años 1828 y 1829. Junto al hombre que hizo hablar a los jeroglíficos, l'Hôte aprendió el lenguaje de los egipcios a la vez que desempeñó un importante papel diplomático en el propio Egipto hasta su muerte.

El sueño de Egipto

El 2 de octubre de 1850, ocho años después de que por sus manos pasaran los manuscritos de su primo Nestor l'Hôte, Mariette deja momentáneamente en París a su familia para alcanzar el más grande de los sueños de cualquier egiptólogo, visitar Egipto.

Algo indescriptible embargó el espíritu de Mariette cuando ascendió a la ciudadela de El Cairo. “La calma era extraordinaria —explica el arqueólogo—. Ante mí, se extendía la ciudad. Una niebla densa y pesada parecía haber caído sobre ella, anegando todas las casas hasta por encima de los tejados. Emergían de este mar profundo tres cientos minaretes como mástiles de una flota sumergida. Muy lejos, hacia el sur, se divisaban los bosques de datileras que hundían sus raíces en los muros desplomados de Menfis. Al oeste, cubiertas por el polvo de oro y fuego del sol poniente, se erguían las pirámides. El espectáculo era grandioso, me embargaba, me absorbía con una violencia casi dolorosa. Que me perdonen estos detalles, acaso demasiado íntimos; si los destaco es porque aquel momento fue decisivo. Ante mis ojos se hallaban Gizeh, Abusir, Sakkara, Dashur, Mir-Rahineh. El sueño de toda mi vida estaba cuerpo. Allí, al alcance de la mano, tenía todo un mundo de tumbas, de estelas, de inscripciones, de estatuas. ¿Qué más se puede decir?

Después comenzarían los éxitos como arqueólogo. El descubrimiento del Serapeum, el escriba sentado hoy en el Louvre y la creación del Servicio de Antigüedades. Descubre su vida en el cronovisor de esta semana en SER Historia.

 

 

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