Sábado, 16 de Octubre de 2021

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El pasado oscuro de Canadá: "Lo que hicieron fue un genocidio"

Hablamos con una superviviente del internamiento al que el Estado canadiense sometía a los indígenas para asimilarlos a la cultura dominante

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El hallazgo de 1.100 tumbas de menores en Canadá ha sacado a la luz las prácticas que implementaba el Gobierno durante los siglos XIX y XX para adaptar a los indígenas a la cultura blanca.

Los niños y niñas que han pasado por los internados obligatorios administrados por el Gobierno y las autoridades religiosas se cuentan por cientos de miles. Fueron al menos 150.000 entre 1863 y 1996, cuando se cerró el último de estos centros.

Los separaban de sus familias e internaban en centros en los que los moldeaban para cambiar su cultura indígena y, en la mayoría de los casos, sufrían maltrato y abusos físicos y sexuales. Se estima que murieron al menos 4.000 menores.

Geraldine frente al internado para niños indígenas al que fue forzada a asistir / Geraldine

Geraldine fue una de esas niñas despojadas de su identidad y sumergidas en la soledad y la tristeza de una habitación en la que pasó nueve años entre palizas hasta el punto de perder su idioma por completo para solo poder hablar inglés.

De esos años recuerda que siempre estaban vigilados, no les dejaban hablar y tenían que confesarse a diario. “Sabíamos que había niños muriendo. Muchos desaparecían y nunca volvían”. Tardó años en ser capaz de hablar de su experiencia para convertirse en la voz de las víctimas de lo que considera un genocidio.

¿En qué consistían estas residencias a las que el gobierno mandaba a los niños indígenas. ¿Qué pasó durante esos años?

El gobierno federal de Canadá implementó por todo el país estas residencias escolares para internar allí a los niños indígenas. Hubo entre 130 y 250 escuelas de ese tipo, muchas gestionadas por la iglesia. El objetivo era asimilar a las personas indígenas a la cultura dominante, matar al “indígena” que había en el niño, eliminar esa cultura indígena. Para conseguirlo, lo primero que hacían era separarlos de su comunidad, de su familia… Y quitándoles su idioma.

Era obligatorio hablar inglés y no sabíamos inglés. Yo cuando entré hablaba sodo, mi lengua. No tenía ni idea de inglés. Así que esa era su intención, eliminar la cultura indígena, quitándonos nuestros idiomas y rompiendo la conexión con nuestras familias.

Internado para indígenas en Canadá / Canada's National Center for Truth and Reconciliation

¿Y cómo funcionaba, cómo os obligaban a asistir? Porque he leído que se presentaban un día con una furgoneta y os recogían.

Sí, era obligatorio asistir. Si no lo hacíamos, amenazaban a nuestros padres con mandarlos a la cárcel. No tenían otra opción. Había algunos que conseguían escapar, se escondían durante días para que cuando vinieran, no les encontraran. Esos tuvieron suerte… No tuvieron que ir. Venían siempre a principios de septiembre, todos los años, para recoger a los niños.

¿Y recuerdas ese momento, recuerdas ese primer día?

Sí, claro. Era 1962, yo tenía 5 años. Un cura vino acompañado de la policía, se reunieron con mi madre y con mi abuela, porque mi padre no estaba en casa, estaba trabajando. Vinieron y mis hermanos y yo nos tuvimos que ir con ellos. Fue la primera vez que me montaba en un coche. No tenía ni idea de a dónde iba. Recuerdo llegar a la residencia y ver a mujeres vestidas de negro y blanco. Eran las monjas. En ese momento nos separaron. Los curas se llevaron a mi hermano, con los chicos. Y las monjas a mi hermana y a mi, con las chicas. Fue muy traumático. Estaba subiendo las escaleras y oía a niños llorar y gritar. Nunca había escuchado algo así, así que fue muy duro.

Le preguntaba a mi hermana mayor, en mi idioma, que qué estaba pasando, que dónde estábamos. Y ella solo me contestaba: shhhhh. Y yo seguía hablando en mi idioma… Y ella me decía que me callara. Entonces una monja vino y me dijo que parara de hablar, que estuviera callada. Yo le dije algo. Y me dio una bofetada en la boca. Ahí empecé a llorar y entendí por qué los niños estaban llorando y gritando.

Tenía el pelo muy largo y me lo cortaron. Nos quitaron la ropa y nos dieron a todos una especie de uniforme. Íbamos todos igual vestidos. Y allí, en ese dormitorio donde nos metieron, pase los primeros seis años.

Estuve, en total, 9. Me pegaban tan fuerte en la cabeza que perdí parte de mi capacidad auditiva. Ahora estoy un poco sorda, tengo que llevar un aparato. Todo por hablar mi lengua. Puedo decir que aprendí inglés a base de golpes. Ahora ya solo puedo hablar inglés, perdí mi idioma.

¿Qué recuerdas de esos nueve años?

Lo que recuerdo es la soledad. La soledad y la tristeza. Recuerdo llorar sin parar, recuerdo querer ir continuamente a mi casa. Eso era en todo lo que pensaba.

¿Y podías, podías ir a casa algunos días o cómo funcionaba?

Estábamos en el internado 10 meses al año, de septiembre a junio. Había algunos niños que podían ir a casa algunos días porque vivían cerca, pero la mayoría no, a la mayoría nos alejaban mucho de nuestra comunidad precisamente por eso. Yo iba en julio y en agosto. Solo podía verlos durante esos meses. Los padres, las familias, también sufrían… No había niños a los que cuidar. Fue una inmensa pérdida. Las comunidades estaban en silencio, sin ruidos de niños, sin risas…

Y eso es lo que recuerdo, esa soledad. Todo lo que recibía en el internado era odio. Me llamaban “india sucia”. Me llamaban pecadora, decían que iba a ir al infierno por ser una india. Y cuando escuchas eso, siendo una niña, eso te lo llevas, se queda en ti. Cuando salí de allí estuve muchos años avergonzada por ser una india, me inyectaron esa verguenza, y tardé mucho en reconectar con mi identidad.

Spanish Indian Residential School, Ontario, Canada, 1960 / Shingwauk Residential Schools Centre

Geraldine tardó años en poder contar lo que había vivido. Era incapaz de contárselo a sus hijos, a sus amigos. Durante años y años no habló del tema. Le habían hecho creer que era una india sucia, que tenía que avergonzarse de lo que era. Y cuando era solo una niña, así que creció con ello y no era capaz de contar lo que había vivido. Lo hizo en 2010. Hace 11 años.

Y ahora es una de las voces clave, una de las voces de los supervivientes que puede contar lo que pasó esos años. Es el testimonio de esa etapa de la historia de Canadá.

En 2008 el gobierno puso en marcha una comisión para investigar lo que había pasado en las residencias, la comisión de la verdad y la reconciliación. Entrevistaron a los supervivientes, incluida Geraldine. Y después de eso, después de esa entrevista, empezó a contar su historia.

“Quiero que la sociedad canadiense nos apoye, quiero que caminen con nosotros. Esto no puede estar más tiempo escondido. Es real, es la verdad, y la sociedad tiene que acompañarnos y encontrarla”, dice.

“Cuando vi que había otras personas compartiendo sus historias, sentí que yo también debía hacerlo. Pero me costó, no pude empezar a compartir mi historia así como así. Fue muy duro. Cuando conseguí contarlo, tuve incluso un infarto. Me afectó físicamente. Ahora puedo hacerlo, ahora puedo compartir lo que pasó, porque lo necesito, necesito contar la verdad. La intención del gobierno era eliminarnos, pero no lo han conseguido. Sigo aquí y ahora estoy orgullosa de ser una mujer indígena. Tengo una voz y puedo contar lo que pasó. El mundo necesita escucharlo”.

La comisión tardó 7 años en terminar sus trabajos. En 2015, en sus conclusiones, concluyeron que lo había pasado era un genocidio cultural. Aunque muchos creen que a eso le sobra lo de cultural, que lo que ocurrió fue, sin más, un genocidio.

Geraldine, tú sufrías esos abusos continuamente, pero te imaginabas que había niños muriendo?

Esos abusos fueron muy traumáticos. Abusos sexuales, emocionales, psicológicos, espirituales. Y también médicos, porque experimentaban con nosotros. Sabíamos que había niños muriendo. Muchos desaparecían y nunca volvían. Era como si se hubieran esfumado. Estaban allí un día y al día siguiente no sabíamos nada de ellos. No sabemos si los llevaron a otro lugar o los enterraron ahí mismo. Es muy muy triste, es un horror. Lo que hicieron fue cometer un genocidio.

¿Y si un niño moría, nadie avisaba a su familia, a sus padres? Simplemente lo enterraban y ya está. ¿Cómo funcionaba?

Mira, una vez, me pegaron con una especie de raqueta de tenis. Me pegaron en el culo una y otra vez… Y al final las nalgas se me quedaron en carne viva. Terminé en el hospital, estuve alrededor de un mes, y nadie avisó a mis padres. Había niños que se rompían la pierna, el brazo… Y tampoco avisaban a sus familiares. O al revés. Si perdíamos un familiar mientras estábamos allí, tampoco nos decían nada.

Mi abuela murió y no me lo dijeron hasta que volví a casa en verano. Llegué con ganas de verla, súper feliz, y ya no estaba allí. Mis padres me contaron que había muerto. Eso es lo que hacían. También tenía dos hermanos pequeños, que murieron, uno por una neumonía y otro en un accidente, y tampoco me avisaron. Nos enterábamos cuando volvíamos a casa.

He leído que había niños que intentaban escapar y que luego los castigaban…

Sí… Yo lo intenté una vez. Éramos ocho y decidimos escapar. Salir corriendo. Estaba haciéndose de noche. Sonó la campana, teníamos que entrar en la escuela, pero decidimos salir corriendo. Salimos a la carretera y andamos durante horas. Durante toda la noche. Pero nos encontraron y nos llevaron de vuelta. Y, sí… nos castigaron. Nos metieron a todos en una habitación, y con una correa nos azotaron a todos. Una y otra vez… Nunca más lo volvimos a intentar. Me pegaron tantas veces y tan fuerte, en mi pequeño cuerpecito, que no se me ocurrió volver a pasar por eso. Pero esa noche… Esa noche fui libre. Estuvimos ahí andando, viendo las estrellas, la luna… Y me sentí libre, por una sola noche, fuera de ese lugar.

Bishop Horden Memorial School, ONtario, Canadá, 1950 / Shingwauk Residential Schools Centre

Y y cuando estabas allí, podías hablar con tus compañeros? con tus amigos? No sé, igual por la noche, cuando ya estabáis en el cuarto, comentabais lo que estaba pasando, lo que estabais sufriendo?

No… No nos permitían hablar los unos con los otros. No podíamos. Ni siquiera podía hablar con mi hermano o con mi hermana. Si hablábamos, tenía que ser en secreto, a un lado, donde no pudieran vernos. Pero si nos veían, nos castigaban, con correazos. Eran muy controladores. Siempre estaban vigilando y teníamos que seguir todas las normas.

Era como ir andando de puntillas por un camino de minas. Siempre con miedo a hacer algo mal. Recuerdo por ejemplo que nos obligaban a confesarnos con los curas. Teníamos que ir todos los días. Y, claro, yo terminaba inventándome los pecados, porque no sabía qué decir. Y también por eso, por inventármelos, me castigaban.

Y todo esto sin poder decírselo a tus padres. Tenía que ser muy duro ir allí todos los veranos y no contar que os estaban torturando.

Algunos de los supervivientes se lo contaron a sus familias… y consiguieron no volver. Los escondieron. En nuestro caso… nosotros, cuando se lo contamos a nuestros padres, ya éramos adolescentes. Habíamos pasado allí 9 años. Y ese año, cuando llegó septiembre, cuando nos iban a recoger, nos escondieron en el bosque. Estuvimos dos días ahí escondidos y no nos encontraron. Ese día nos libramos.

En mayo una de las comunidades indígenas empezó a usar una técnica nueva, un radar, para buscar posibles tumbas de niños. Tumbas sin marcar, sin localizar, cerca de las escuelas. Primero encontraron 215 tumbas, probablemente de niños, un mes después 751, más tarde 182. Ya son más de 1.100 las tumbas que han encontrado, aunque la Comisión que lo investigó calcula que al menos 4 mil niños murieron en esos centros.

Me imagino, Geraldine, que escuchar estos hallazgos habrá abierto muchas heridas, habrá despertado el trauma.

Yo he ido donde esos 215 niños fueron encontrados, también donde encontraron a los 700. Es muy duro, te rompe el corazón. Hace unos días fui a la mi internado, era la primera vez que veía el lugar donde estaban esas camas en las que dormí durante tantos años. Me rompí. Todo esto es durísimo, el país entero está de luto. Pero por suerte la verdad está saliendo a la luz.

Hay mucho movimiento reclamando al gobierno de Trudeau que indemnice a las familias, que apoye la búsqueda de estos niños. Hace poco anunció un importante desembolso de dinero para hacerlo… Pero qué pasa con la iglesia católica? Porque aún no han pedido perdón. Tu le has escrito incluso una carta al Papa, verdad?

Sí, le escribí en 2016. Queríamos que se disculpara por lo que pasó en las residencias, porque la iglesia católica nunca lo ha admitido. Así que si se disculparan, sería una forma de admitirlo, de asumir esa responsabilidad, pero no lo han hecho. Todo es por el dinero. Si lo admiten y se disculpan, tendrán que indemnizar a los supervivientes, tendrán que perder dinero. Pero a nosotros no nos importa el dinero, lo que queremos es una disculpa.

Tuvieron una oportunidad en 2015, cuando la comisión publicó sus conclusiones, y otra oportunidad en mayo, cuando encontraron esas 200 tumbas. Pero no lo hacen. Nunca recibimos una respuesta del Papa y sé que los líderes indígenas tienen previsto viajar a Roma, a verse con él y pedirle que venga a Canada, a pedir perdón.

Decías que la verdad está saliendo a la luz. Ese era uno de los objetivos de la comisión, encontrar la verdad, el otro era la reconciliación. ¿Crees que es posible después de todo esto.

Lo que creo es que reconciliación es como… una palabra rota. No podemos lograr la reconciliación sin la verdad. Y seguimos en ello, seguimos intentando encontrar esa verdad. Así que va a costar esa reconciliación, porque aún nos queda un largo camino. Tenemos que poner nombre a todos esos niños, tenemos que saber quiénes eran, y eso va a tener un impacto muy importante en las comunidades indígenas de Canadá. Ahora mismo lo que necesitamos es apoyo.

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