Lunes, 25 de Octubre de 2021

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El cara a cara de una víctima y un etarra según Icíar Bollaín: "No hay que hacer espectáculo del dolor"

La directora compone una drama contundente y sobrio sobre el encuentro de Maixabel Lasa con los miembros de ETA que asesinaron a su marido. Un ejercicio de memoria, diálogo y convivencia que protagonizan Blanca Portillo y Luis Tosar

Icíar Bollaín presenta en San Sebastián el drama 'Maixabel'

Icíar Bollaín presenta en San Sebastián el drama 'Maixabel' / Carlos Alvarez (Getty Images)

En el año 2000 ETA asesinó al político socialista Juan Mari Jáuregui. Dos tiros en la nuca mientras tomaba algo con un amigo en Tolosa. Once años después, su viuda, Maixabel Lasa, aceptó reunirse con dos de los tres terroristas que participaron en el atentado. El camino a ese encuentro, que se produjo por voluntad individual y en la intimidad, resuena ahora en pantalla como un victoria colectiva hacia la convivencia. Icíar Bollaín dirige este drama sobrio y contundente, presentado a concurso en el Festival de San Sebastián, que reivindica la palabra y la escucha. El diálogo como vía sanadora entre una mujer que decidió tener una voz propia como víctima y un etarra que se atrevió a romper con la violencia. Blanca Portillo y Luis Tosar ofrecen un recital interpretativo en una película conmovedora -de título, Maixabel- que ha recibido una gran ovación en el certamen.

¿Qué es lo primero que piensas cuando te llega este material, una historia real, tan tico y a la vez tan sensible y delicado?

Era una historia que había leído hace unos años en El País, unas entrevistas que habían hecho sobre las víctimas de estos encuentros. Me impactaron muchísimo, me dio mucho qué pensar, qué sentir, me impactó mucho la idea de que las víctimas quisieran sentarse delante de las personas que más daño le habían hecho probablemente en su vida. Y qué camino habían hecho esas personas antes de sentarse con las víctimas, de estar militando en ETA en un comando a pedir perdón. Cuando me lo propusieron los productores, me pareció una oportunidad. También tengo que reconocer que me asusté, es un tema complicado, muy delicado, hay mucho dolor, hay muchas personas que han sufrido mucho con esto y siguen sufriendo, y quieres acercarte a ello con mucho respeto. Pero a medida que nos acercamos Isa Campo -la guionista- y yo y conocimos a Maixabel y a otras víctimas, luego a la mediadora que puso en marcha estos encuentros, nos dimos cuenta de que era incluso más interesante y valioso contarlo de lo que habíamos pensado a priori.

¿Cuál fue tu sensación cuando conoces a Maixabel? Cuando te dejas cuenta de que tienes que contar esta historia

Maixabel es una persona tan fácil, tan accesible, tan diáfana… Es fácil hablar con ella, es fácil preguntarle y tiene las ideas clarísimas, es una mujer que lleva toda la vida en el trabajo de la convivencia y por la paz. No tiene miedo a decir las cosas claras, no lo ha tenido nunca, entonces, te reafirma en tu deseo de contar esta historia. Es una luz. Ha habido mucha gente que ha trabajado por la convivencia y por la paz, y lo han pagado además con la vida, pero Maixabel está aquí y nos atrevimos precisamente por cómo es ella.

¿Cuál era el riesgo, el reto, lo que más temías a la hora de plantear la historia? Esa fina línea de la que habláis siempre los directores…

Había muchas minas que pisar en esta historia. Hay una mina obvia que es hacer daño o no tratar esto con el respeto que merece. Luego estás representado la vida de personas reales, que se sientan cómodas, que sientan que las estás representando cómo son, eso también tiene mucho compromiso. Eso fue rodando y después, por ejemplo me dijo Alberto Iglesias con la música, que no había que recrearse en el dolor, no hacer de ello espectáculo. Hacerlo con mucha contención. La película es emotiva, es dura, te cuenta lo que te tiene que contar, pero no se recrea. Había muchos lugares por donde podías perder pie y hemos intentado no perderlo.

Hay una sensación de pudor en la cámara, de sobriedad, ¿cómo ha sido realizar eso con dos actores tan imponentes?

La sobriedad estaba en el guion. Isa Campo ha llevado el peso de la escritura del guion y ella tiene una forma de escribir muy sobria. Había hasta una cierta sequedad en los diálogos, pero las cosas caen como piedras, se dice lo que se tiene que decir. Cuando nos pusimos a hablar con Javier Agirre, que es el director de fotografía y con el que hice toda la puesta en escena, también había una voluntad de austeridad. Hay cosas que luego se han elegido en montaje. Por ejemplo, cuando Maixabel recibe la noticia en el hospital de que ha llegado con vida pero no han podido salvarlo, está rodado en plano corto pero al final lo dejo en un plano largo porque me parece que comunica más, esa soledad en un momento terrible, el mundo se te cae, han matado a tu marido. Es todo el rato ir buscando con todos los artistas esa sobriedad, también con Luis y con Blanca. Es tan poderoso, tiene tanta contundencia lo que estás contando, que no hace falta subrayarlo.

¿Hubo ensayos?

Luis y Blanca no se conocían. Y entonces ella propuso usar ese elemento de sorpresa y nervios, de ponerse cara a cara, para la escena del encuentro. A Luis le pareció muy buena idea, a mi fantástico. Todo el equipo de producción se puso al servicio de que Luis y Blanca no se encontraran. Tuve que ensayar por separado con cada uno, con Luis haciendo de Maixabel y con Blanca haciendo de Ibon. Siempre trabajo en ensayos y más con este guión, había mucho de lo que hablar, cada frase tiene mucho contenido detrás, tiene mucha intrahistoria todo lo que se está contando. Con los actores que son de aquí, la mayoría, hay muchas cosas que no tienes ni que contar pero con otros, sí. Había que contextualizar todo lo que pasa en la película.

En la película se remarca que la iniciativa de Maixabel es individual, que ella no juzga pero que tampoco quiere que la juzguen. Diez años después, en pantalla, en un cine lleno de gente, resuena como una victoria colectiva

Yo creo que por eso tenían valor los encuentros. Son individuales y personales y están allí en representación de sí mismos, no es un debate, son dos personas que se sientan a hablar y a escucharse, pero lo que se dicen, si se comparte, tiene una fuerza enorme. La idea de que Maixabel sea capaz de dar una segunda oportunidad, yo mismo no sé si sería capaz de hacerlo. Me parece muy difícil. Por el otro lado, lo que dicen estos hombres es tan contundente, tan demoledor con la violencia, tan deslegitimador de la violencia que vale la pena que lo escuchemos todos. Ese ejercicio de autocrítica que hacen estos dos exmiembros de la banda que hablan con Maixabel vale la pena escucharlo. Cualquiera que tenga la mínima tentación de repetir la violencia o valorarla como positiva, yo no tengo ninguna duda, pero creo que que la película comunica eso. Y por otra parte, hay algo muy constructivo en lo que hacen en el reconocimiento del dolor causado, en la asunción de la culpa, no se justifican, en reconocer el dolor al otro. Y Maixabel en sentarse a escuchar. Eso mira hacia a la convivencia, es lo que está pasando aquí, hay que vivir todos juntos.

Y viendo el contexto actual, hace diez años era revolucionario pero hoy lo sigue siendo. En un clima de crispación política y odio, reivindicar la palabra y la escucha, el diálogo, ¿es un acto revolucionario en el cine?

Cuando la hacíamos, yo pensaba que tenía valor en sí misma por lo que cuenta, y porque estos encuentros tienen una dimensión universal también. El arrepentimiento y el perdón son cosas universales, no solo nos atañen a nosotros. Y como ya tenía bastante con el tema que tenía y ya tenía miedo a hacerlo mal y abrir heridas, a perjudicar de alguna manera a las víctimas que ya tienen bastante, no pensé en esa dimensión. Pero ahora que me lo preguntáis, que la película ya está hecha y que creo que hemos conseguido comunicar bien lo que queríamos, ahora es cuando veo eso. Es verdad. Es un momento estupendo para decir: qué tal si escuchamos un poquito más.

¿Crees que de algún modo se ha politizado y mediatizado a las víctimas como un conjunto difuso y despersonalizado? Como si no cada uno no tuviera su historia y viviera su camino de víctima

Esto es una cosa que dice mucho Maixabel. Cada víctima es diferente. Les une el dolor, les une la pérdida, pero luego son cada una diferente. Tiene diferente sensibilidades, ideologías y obviamente cada una tiene una vivencia. Pienso que por eso era importante hablar de los encuentros, porque el objetivo principal era reparar a las víctimas.

¿Cuál era el campo de minas con el personaje de Luis Tosar? En el cine es horrible cuando se ‘habla’ de humanizar a un personaje. Todos son humanos, sus actos y comportamientos ya son otra cosa. Su personaje está lleno de matices en su progresión dramática

Hay un temor ya a priori en una película que es dar voz a esa parte. Hay un cierto tabú a hablar de ese mundo. Me parecía que valía mucho la pena porque no conocemos esa disidencia, esas voces discordantes que el Gobierno socialista intentó usar para romper el discurso monolítico de ETA. Por eso se creó la vía Nanclares. Es un discurso interesantísimo porque es demoledor con ETA y deslegitimador. Pero claro tienes que darle espacio y voz, esta gente no ha tenido cara hasta ahora, han sido terroristas asesinos sin más. Siempre piensas que hay gente lo puede malinterpretar y ese era el miedo. Lo que hemos intentado es estar cerca de los personajes, conocerlos bien y hablar con ellos de su verdad. Dese ahí era más difícil equivocarse.

¿Eso también lo da el tiempo?

Es mucho más fácil ahora. Hace diez o quince años estaba todo en carne viva. Ahora para las víctimas igual, siguen con el mismo dolor, pero no está ahí constantemente. ETA no mata. Es más fácil hablar de todo eso con cierta distancia. Lo notas también en la gente, en los actores, en el equipo. En el País Vasco se habla, y antes no se hablaba o se hacía con eufemismos, muy pocas personas hablaban de una forma directa. Había miedo. Y además notas que hay mucha más predisposición, los propios del equipo vasco me decían, es importante hablar de esto, cenémoos que hablar de esto.

¿Se te ha quitado ya ese miedo?

Se me ha ido porque las reacciones son positivas, incluso de las víctimas, por ejemplo la viuda de Oleaga. Lo que más me importa es que se sientan bien. Como víctima si está viendo algo que te atañe tan directamente, y reacciones así, pues me deja tranquila. Habrá otra gente que no querrá acercarse a la película y lo comprendo por completo y lo respeto.

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