Miércoles, 01 de Diciembre de 2021

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El mapa

"Pensé que el único mapa que debería tener ahora es el que no tengo: un mapa que me lleve hasta él. Al encuentro del que fue el primero en gritar mi nombre"

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Aprendí a leer mapas cuando era muy chica, en una época en la que aprendí muchas otras cosas: a fabricar silbatos con semillas de damasco, a ensillar un caballo. También adquirí conocimientos tristes o inútiles que eran como súperpoderes que mantenía en reserva: sabía, por ejemplo, que no debía comer hígado de perro si me perdía en la nieve, pero nunca me perdí en la nieve ni tuve un perro; sabía que los tajos indispensables que hay que hacer en el cuero para despellejar un conejo eran cuatro, pero nunca tuve que despellejar un conejo.

Era una época melancólica y venturosa, nada apocada. Estaba llena de vitalidad e infancia. Conocí el grito espeluznante que puede emitir una persona cuando la aguja de una máquina de coser le atraviesa un dedo o cuando se entera de que su nieto de cinco años acaba de ahogarse en un lago porque las dos cosas le sucedieron a mi abuela; vi cuánta sangre puede salir de la nariz de una persona cuando resbala en el borde de una piscina y la cabeza de su hijo pequeño, que llevaba en brazos, le destroza el tabique nasal porque eso le pasó a mi madre. Era el mejor y el peor de los tiempos: todo estaba encendido o a punto de arder o debía ser apagado con violencia. Aprendí a mentir. A obedecer manteniendo mi ira en los rescoldos. A pensar en sirenas.

En esos años mi padre me enseñó a leer mapas: a calcular distancias, a diferenciar el canto de las rutas del bramido de las autopistas. Los desplegábamos y recorríamos las vértebras de los Andes, el aullido blanco de la Patagonia. El mapa era una máquina perfecta, una bestia noble dispuesta a hacer su trabajo, un anticipo adusto de lo que iba a pasar después: la incomodidad de la tierra, el mordiscón del mar, el cielo chirriante de calor. Ayer hablé por teléfono con mi padre. Me contó que lo habían invitado a un viaje pero que lo había rechazado. “No tengo ganas –me dijo-. Ya está. Hasta acá llegué. Estoy como ese personaje que repetía: “Preferiría no hacerlo”. ¿Cómo se llamaba?”. “Bartleby”, le dije, y no dije nada más.

Hay unos versos de Matthew Dickman que dicen: “sólo nosotros acá parados, juntos, preguntándonos (…) qué era lo que amábamos, qué lo que nos amaba/, quién fue el primero en gritar nuestros nombres”. Tengo decenas de mapas: mapas de países que conozco, de países a los que nunca iré, de países que ya no existen. Pero ayer, al terminar la conversación con el hombre que me mostró París, que se arrastró conmigo a lo largo de veranos de fuego por todas las provincias argentinas, que me vio borracha en una playa de Tánger, pensé que el único mapa que debería tener ahora es el que no tengo: un mapa que me lleve hasta él. Al encuentro del que fue el primero en gritar mi nombre.

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