, 29 de de 2021

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Ser vecino de una macrogranja: mal olor, agua contaminada y tomates mustios

Contaminación de aguas, emisiones de gases de efecto invernadero, deforestación para pastos, problemas para los vecinos. La llamada ganadería industrial tiene cada vez más presencia en España. Según datos de Greenpeace, el 75% de las explotaciones ganaderas de nuestro país son de este tipo

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Cruzando la nacional 630 se encuentra Santovenia del Esla. Un pequeño municipio de Zamora que tiene 273 habitantes censados. "Vais a llegar con mucha niebla. Parece esto The Walking Death", nos explica una vecina del pueblo por teléfono antes de indicarnos donde se encuentra el bar del pueblo donde nos espera. Es Sonsoles, concejala en el Ayuntamiento y miembro de Pueblos Vivos, que forma parte de la Plataforma STOP Ganadería Industrial. Dentro del bar, el repiqueteo de vasos, platos y cucharas, y una televisión encendida, intentan camuflar cualquier conversación. Junto a Sonsoles nos esperan Alicia, otra concejala y miembro de Pueblos Vivos, y Manolo, un vecino de 72 años del pueblo que descansa en Santovenia dedicándose a su huerto desde su jubilación. "Aquí en un corro de nada hay más de 11.000 cerdos", explica. Él, junto a Sonsoles y Alicia son de las pocas personas en el pueblo que han levantado la voz contra las granjas industriales instaladas allí.

"Hay unas 10 o 12 consideradas familiares, en las que dentro de cada una puede que haya una media de 1.000 cerdos. Más otra de 50.000 pollos", cuenta Sonsoles. Esta es una práctica que se extiende por toda España. No solo afecta al medio ambiente, también a la vida cotidiana de los vecinos. El olor cuando corre el viento, insisten, es "insufrible". "Es olor químico. A azufre. A huevo podrido", expresa Sonsoles entre arcadas. "Huele como un cojón", define escatológicamente Manolo. Y huele mal, porque junto a estas naves que rodean el pueblo, se encuentran unas piscinas de excrementos en fermentación. Los conocidos como purines. "Dicen que es abono orgánico, pero en realidad es agua de limpiar las naves junto con los deshechos de los propios animales pero con la metabolización de los antibióticos. Y con eso riegan los campos", dice una de las concejalas.

Estos vertidos de purines afectan directamente al campo, flora y fauna. "Hay muchísimos animales que se guían por el olfato. Y la existencia de este tipo de naves provoca que haya ratas a lo bestia, que también transmiten enfermedades", expresa preocupada Alicia. Mientras, Manolo desde hace un tiempo tiene "los tomates mustios". "A mi los purines en la tierra me recuerdan al petróleo", le interrumpe Sonsoles. Pero el problema es mucho mayor porque también afecta a las personas. La OMS establece que a partir de 50 miligramos de nitratos por cada litro de agua esta deja de ser apta para consumo humano y animal. En el pueblo de al lado ya les han cortado el agua, dicen, porque superaban ese nivel. En Santovenia del Esla el agua del grifo está en 38 miligramos según las últimas mediciones realizadas por Greenpeace. Pero el agua de los pozos ya está completamente contaminada.

Muchos no son conscientes del agua que están bebiendo. "Cuando vinieron los de Greenpeace y preguntaron a la gente, los vecinos respondieron que llevaban toda la vida bebiendo ese agua. Les da igual", explica Sonsoles.

Casi nadie en Santovenia del Esla se moviliza ante todo esto que está ocurriendo. Y eso que, por lo que relatan las concejalas, no genera puestos de trabajo. "Los empleos que genera son nulos. Las granjas están mecanizadas y allí trabajan una o dos personas que vienen cada cierto tiempo a limpiar", niega Alicia.

Y todo esto no queda aquí. Hay una nueva granja en construcción. Más grande que las ya existentes. Albergará 4.000 cerdas madre que, según los cálculos de las concejalas, va a producir casi 100.000 cerdos al año y 7.000 metros cúbicos de purines, el equivalente a dos piscinas olímpicas. Y a los anteriores inconvenientes, se suma la sobreexplotación de los recursos que tiene el pueblo. "Esta macrogranja va a consumir en litros de agua más que consume todo el pueblo en un año".

En el exterior de las granjas ya construidas el mal olor se acentúa. En mitad de "un secarral de la España vacilada", como lo define Sonsoles, yace una gran nave. Desde fuera de la valla que separa el camino de tierra de la propiedad privada se pueden escuchar los chillidos de los cerdos que se encuentran dentro. Al fondo, una furgoneta. Son el dueño y un trabajador de la granja. La presencia de periodistas les incomoda y no quieren hablar. El ambiente entre los vecinos está muy crispado. Los vecinos en contra de las granjas industriales cuentan que han recibido amenazas en los últimos meses.

A Manolo le cortaron 32 árboles de su huerta y 5 depósitos de agua: "Encima la noche que se me casaba un hijo. A más joda", recuerda enfadado. Por su parte, Sonsoles, Alicia y otra concejala cuentan que recibieron una caja llena de huesos con el logotipo de una empresa cárnica.

Contaminación de aguas, emisiones de gases de efecto invernadero, deforestación para pastos, problemas para los vecinos. La llamada ganadería industrial tiene cada vez más presencia en España. Según datos de Greenpeace, el 75% de las explotaciones ganaderas de nuestro país son de este tipo.

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