Martes, 18 de Enero de 2022

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Héctor Abad Faciolince: "No le daría la mano a quienes mataron a mi padre, pero sí me sentaría con ellos"

Aimar Bretos entrevista al escritor colombiano, autor de 'El olvido que seremos'; una novela sobre la vida y asesinato de Héctor Abad Gómez, su padre

"Ya somos el olvido que seremos, el polvo elemental que nos ignora y que fue el rojo Adán y que es ahora todos los hombres y que no veremos, ya somos en la tumba las dos fechas del principio y el término. La caja, la obscena corrupción y la mortaja, los ritos de la muerte, y las endechas. No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre, pienso, con esperanza, en aquel hombre que no sabrá que fui sobre la Tierra, bajo el indiferente azul del cielo esta meditación es un consuelo", este es el poema que llevaba Héctor Abad Gómez en el bolsillo cuando le acribillaron el 25 de agosto de 1987. Hoy, el día en el que cumpliría 100 años, Aimar Bretos entrevista a Héctor Abad Faciolince, su hijo y autor de 'El olvido que seremos', la novela sobre la vida y el asesinato de su padre.

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"A mi padre lo mataron por defender cosas muy elementales. Cosas que a uno le parecerían normales, pero sonaban muy subversivas en la Colombia de 1987. Incluso para algunos en la Colombia de hoy. Era una persona sencilla. Un médico salubrista que vacunaba, que nos enseñaba a lavarnos las manos. Llevaba una vida bonita cuando hacía algo público, pero también familiar", explica Faciolince.

En la novela, el escritor colombiano habla sobre el asesinato de su padre y la identidad de sus verdugos: "No sabemos los nombres de las personas que dieron la orden de matarle. Eran una mezcla entre grupos paramilitares, personas de la inteligencia del Estado y algunos políticos que temían las denuncias y las cosas por las que mi papá luchaba". De hecho, como él mismo cuenta, fue un sobrino suyo el que por casualidad escuchó la confesión del asesinato a manos de un grupo de paramiltares.

"Mi mamá siempre nos decía: "A Héctor no le van a hacer nada. Todo el mundo lo respeta y lo quiere mucho. Por eso, nunca lo escondimos, ni lo sacamos a otra ciudad y otro país. A finales de los '80, la vida en Colombia se volvió irrespirable para los activistas de derechos humanos", explica. "Yo cuando llegué a los 28 años a España sentía una enorme soledad, vendieron el auto de mi papá y con eso pude pagar el viaje. Aquí comenzó otra vez la vida, para mi hija sobre todo, para enseñarle que la vida es bellísima, alegre y que no iba a ser un padre rencoroso, destrozado, apabullado, sino que iba a ser feliz y optimista", señala. 

"No guardo rencor, creo que soy la persona menos rencorosa, mi venganza fue siempre simbólica, con las palabras. A mí no me interesa que metan en la cárcel ya a los autores. A mí me interesaba mostrar una vida bonita, digna y mostrar un asesinato injusto. Y ahora ya estoy tranquilo", sentencia.

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