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'Hora 25' entra en la cárcel de Ocaña II para hablar con dos presos con problemas de salud mental

Prácticamente todos los presos de Ocaña II que tienen problemas de salud mental, luchan además contra su adicción a las drogas. En el último año han creado 'Sin prejuicios', una revista en la que cuentan sus experiencias, miedos, retos e ilusiones

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Madrid

Francisco y Richi son presos de la cárcel de Ocaña II. Durante un rato les han permitido salir de su rutina para charlar con un equipo de Hora 25 en la sala de informática de la prisión. Los dos tienen problemas de salud mental que se han visto multiplicados porque durante años han sido, además, adictos a las drogas.

Francisco

“Me he pegado 22 años consumiendo cocaína. Abusaba de mi padre, la persona que yo más quería, porque le pedía dinero para drogas constantemente. Mi madre me echó de casa. Me dejó una nota en la que me decía que no quería ver cómo me mataba. Me vi durmiendo en la calle y pensé: prefiero entrar en la cárcel antes que vivir entre cartones.

Yo sabía que algo me pasaba, pero no quería decirlo porque he estado nueve veces en un psiquiátrico antes de entrar en la cárcel. Siempre le echaba las culpas a la droga, pero llegué a un punto en el que, sin consumir droga, me entraban las mismas paranoias. Ahí me di cuenta de que tenía un problema.

Como tengo esquizofrenia paranoide, cada vez que consumía droga me ponía loco perdido. Veía cosas y escuchaba voces que no eran reales. Veía bichos en la cama. Veía la tele y pensaba que había cámaras que me estaban grabando. Las cámaras no existían, pero yo las veía.

Gracias al PAIEM, el Programa de Salud Mental de Ocaña II, llevo cuatro años sin consumir. Si tomo droga, yo no soy yo. Soy capaz de matar a una persona. Me transformo en un demonio. Lo he pasado fatal y no quiero vivir eso más. 

Estando en la cárcel me han vuelto a ofrecer droga, pero a mi ya no me interesa. Me sienta mal. Ni tengo ganas, ni puedo perder lo que he conseguido. Mi familia me ha dado un voto de confianza. Mi madre dice que ahora sí soy su hijo. Si uno tiene una enfermedad y no lo asume, tiene un grave problema. Pero si además consumes droga, tienes dos. Tienes que pedir ayuda”.

Richi

“Yo estuve enganchado a la cocaína y mi madre pedía préstamos para que yo no fuera a robar, pero tres mil euros de cocaína a mí me duran un asalto. Llegó un punto en que me dijo: “Elige, la droga o la casa”. Y yo elegí la droga. Cogí mis cosas, me fui y me busqué la ruina. Y aquí estoy, pagando cárcel.

No recuerdo ni cuándo entré aquí. Venía con la cabeza un poco ida y se me fue más. Me creía que era el más chulo del patio. Pesaba 50 kilos y me creía Sansón. Estaba en mi realidad virtual porque lo que vivía no era cierto. Creía que me reía del resto y eran ellos los que se reían de mí. Yo no me daba cuenta de que estaba mal, tenía un brote psicótico. Algunos funcionarios se pensaban que me lo estaba inventando todo, pero la psicóloga me ayudó. Creyó en mí y poco a poco me fui recuperando.

Una vez que salí de permiso tuve una recaída. Me vi con dinero de más, estaba en mi barrio y dije, ¿por qué no? Después me arrepentí y lo pasé muy mal. Estaba avergonzado porque sentía que me había engañado a mí mismo. Porque si yo quiero salir y recuperarme, este no es el camino”.

Sin prejuicios

Francisco y Richi son dos de los 30 internos de la cárcel que participan en el Programa de Salud Mental que durante un año ha preparado ‘Sin Prejuicios’, una revista hecha por presos y por algunos funcionarios de la cárcel y psicólogos como Elena, que ha sido la encargada de coordinar y dirigir el trabajo. “El 80% de las personas que están en el PAIEM no habían sido diagnosticadas de sus problemas de salud mental antes de entrar en la cárcel. Aquí les evaluamos y vemos que el comportamiento raro que tienen responde a un problema de salud mental y a unas carencias. El 99% por ciento de los casos que tenemos son personas con patología dual: el problema de salud mental (que puede ser un trastorno bipolar, esquizofrenia o cualquier experiencia psicótica) y una adicción a las drogas. El consumo de sustancias enmaraña el problema de salud mental. En la calle van a sitios donde se trata la drogodependencia, pero como nadie les diagnostica el problema de salud mental que tienen, no se recuperan”, señala.

Cuando llegan a la cárcel, los funcionarios son el primer filtro para detectar un comportamiento raro. Funcionarios como Javier: “Somos los primeros que les vemos cuando se levantan y los últimos que les vemos cuando se acuestan. La detección de un problema de salud mental empieza, por ejemplo, si vemos que la celda en la que están acumula mucha suciedad o está muy desordenada. O si vemos que están teniendo comportamientos extraños, como apartarse de los demás, no hablar con la gente o ponerse capuchas. Ahí comienza la primera detección y después lo ponemos en manos de los psicólogos.

Elena reconoce que cuando personas como Francisco o Richi han tenido experiencias psicóticas y traumáticas, es difícil que confíen en los profesionales de la cárcel. “En la terapia intentamos crear un clima de confianza, de aceptación, sin juicios. Un clima en el que noten que se les escucha y que el cambio es posible. Eso se consigue con muchas sesiones, pero si cuando salen de aquí no tienen apoyos -que no los tienen- es muy fácil que tengan una recaída en drogas o en brotes psicóticos. El fallo forma parte de esto, hace avanzar. Pero si tuvieran apoyo fuera, la recaída sería menor”.

Hay presos que, al volver de un permiso al centro, dan positivo en el control de drogas. En ese momento es fundamental el apoyo de los funcionarios como Javier: “Cuando pasa eso, nos sentimos decepcionados, en cierto modo es como si nos pasara a nosotros. A veces les decimos: “¿Otra vez? No me lo puedo creer, con lo que has sufrido para salir de aquí”. Pero siempre insistimos en que un escalón para abajo no significa tirarse por la escalera. Hay que retomar el camino y seguir subiendo”.

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