A vivir que son dos díasLa píldora de Enric González
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Boris

"Cuando aún no se hablaba de "fake news", Boris las producía con una eficacia industrial (...) Sus colegas le despreciaban y a la vez le temían, porque las crónicas de Boris tenían un éxito tremendo en Gran Bretaña"

Boris

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Madrid

El 19 de agosto de 1991, la vieja guardia soviética organizó un golpe de estado contra Mijaíl Gorbachov. La cosa falló y acabó subiendo al poder Boris Yeltsin. El caso es que era agosto, el corresponsal de El País en Bruselas estaba de vacaciones y me enviaron a mí para que contara qué hacía la Comisión Europea en aquellos días turbulentos.

Recuerdo poco de mis viajes a Bruselas ese verano, entre agosto y septiembre. Pero, por lo que ocurrió en los años siguientes, no olvido que conocí a un joven periodista británico muy rubio, muy culto y muy simpático. Sólo se enfadaba cuando le llamaban Alexander, su nombre real, en lugar de Boris, su segundo nombre.

Boris Johnson trabajaba como corresponsal del Daily Telegraph, el diario de la Inglaterra profunda y antieuropea, y ya se había ganado una fama importante como fabulador. Cuando aún no se hablaba de “fake news”, Boris las producía con una eficacia industrial. Anunció, por ejemplo, que iban a dinamitar por asbestosis la sede de la Comisión Europea. Describió al equipo de olfateadores que se aseguraban de que todo el estiércol europeo oliera igual de mal. Reveló que los eurócratas iban a imponer una curvatura máxima en los plátanos. Descubrió que los italianos pedían condones más pequeños porque no daban la talla. Todo en este plan.

Sus colegas le despreciaban y a la vez le temían, porque las crónicas de Boris tenían un éxito tremendo en Gran Bretaña.

Tomé alguna cerveza con él (creo que Boris prefería el vino), me reí bastante con él y eso fue casi todo.

En uno de mis regresos a Londres me encontré con Boris en el aeropuerto. Pasamos juntos el control de pasaportes y, por alguna razón, en la aduana le hicieron abrir la maleta. Me llamó la atención que llevara en ella un montón de trajes de raya diplomática, posiblemente confeccionados por un buen sastre. Para ser más preciso, no me llamaron la atención los trajes, sino el hecho de que los hubiera arrugado hasta formar con cada uno de ellos una especie de bola.

Inocente de mí, le comenté que los trajes iban a quedar hechos una ruina.

-Oh, no hay problema -me respondió. Para eso está el mayordomo, para plancharlos.

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